OPINIÓN

Desde el origen de las artes plásticas reconocidas como tales, el arquitecto es la figura central. El artista por excelencia, el artista perfecto, que domina la técnica, la exactitud del cálculo y los parámetros de la belleza. El arquitecto es el único artista cuyas obras están pensadas para que el hombre viva en ellas. Aunque habría que decir que esto es una idea ya caduca, pasada de moda, en un momento en el que el arquitecto ya no es un artista sino un mito y un ídolo social. Una especie de nuevo rico al que no le importa ni el hombre que habitará en su obra, ni la obra misma, ni el cliente que paga esa obra, sea este una ciudad, un estado, o un particular.


El diseño no tiene sentido si no sirve al fin esencial de su existencia. Igualmente la arquitectura que no sirve al fin para la que ha sido creada es un absoluto bluf. Si una tetera derrama el agua cada vez que la usamos, la tiramos, si una lámpara no esta pensada para que ilumine, no es una lámpara. Si una pelota para jugar al fútbol es cuadrada, aunque sea bellísima, no sirve. Y esto es lo que está pasando con gran parte de la arquitectura actual: no sirve. No sirve para lo que se pensó, sirve para que el arquitecto se convierta en millonario y para que su ego se convierta en ceguera y estupidez. Y esto sirve especialmente para la arquitectura de museos. El penúltimo ejemplo, la ampliación del Museo Amparo en Puebla, obra del arquitecto Enrique Norten, ya conocido y temido en México por la rehabilitación perpetrada en el Museo de El Chopo, en el DF, que ha mutilado y eliminado cualquier encanto al espacio. Como decía una artista mexicana, parece que a Norten no le interese ni el arte, ni la gente y realmente tampoco sus edificios.


El Museo Amparo hace actual aquella frase de Claude Levi-Strauss en su primer viaje a México en 1955: “Aquí todo parece que aún esta en construcción y ya es ruina” (adaptada por Caetano Veloso y posteriormente reutilizada por Cerith Wyn Evans). No se ha acabado la obra de ampliación de la primera etapa y ya todo empieza a parecer ruina, y sobre todo es un proyecto fallido porque no tiene en consideración que es un museo y antepone la idea del edificio como icono arquitectónico al proyecto museográfico. Primero él, después el mundo: el vientre insaciable del arquitecto. Un museo que se plantea que el vestíbulo de entrada sea mayor que el auditorio, mayor que las salas de exposiciones, mayor que la biblioteca (una especie de sala de colegio de primaria), está fallando desde el inicio, es decir desde la entrada, vamos, desde el vestíbulo de entrada al museo. Grandilocuencia de cristal y altura, y los techos de las salas bajos, su amplitud no está a la altura de las previsiones ni del presupuesto: cuatrocientos millones de pesos, 23 millones de euros, así por encima.


No puedo entender la ceguera de la Fundación Museo Amparo y de sus responsables, que ponen de sus bolsillos esa cantidad para que ya en la inauguración los propios invitados asistieran a la decadencia de un proyecto arquitectónico que seguramente se ha comido todo el dinero que debería ir a exposiciones, cursos, talleres, actividades, conferencia, documentación, creación de una biblioteca de arte actual a la altura de sus fondos prehispánicos y a la de una ciudad que cuenta con más de una decena de universidades implantadas en su territorio. No cabe duda que atraerá a los turistas, porque no hay tantas cosas que ver en una ciudad de estas características y porque un museo de arte actual hoy en día se ha convertido en una especie de shopping center en el que se puede comer, descansar sentado mientras se toma un refresco, ver un entorno maravilloso, comprar recuerdos y artesanía… y de paso ver alguna exposición de arte. Esto es lo que parece entender el señor Norten por museo, un Mall, un lugar donde la gente no va más que a pasar el rato. El desprecio que muestra por el arte, por el público y por la familia Espinosa, que paga sus seguramente altísimos emolumentos, es aún mayor que el vestíbulo de este museo que ha desperdiciado una oportunidad irrepetible. Como tantos otros en el mundo, porque ese nivel internacional sí que lo ha alcanzado con esta ampliación. Al menos en esta primera etapa.


Imagen: Cerith Wyn Evans. Aquí todo parece que aún esta en construcción y ya es ruina, instalación para la exposición Incidentes Incidentes de viaje espejo en Yucatán y otros lugares en el Museo Tamayo, julio de 2011.