OPINIÓN

Es una cosa curiosa el tiempo, su paso y sus derivas. No voy a repetir esa obviedad de que el tiempo pasa más lento para el que espera y mucho más rápido para el que siempre llega tarde. Pero últimamente veo que hay cada vez más cosas que tienen mucho que ver con el tiempo, como la memoria y el olvido, como los recuerdos, como todas esas personas que vuelven sin que nada nos lo hiciera suponer, como, por ejemplo, aquellas cosas que siempre nos parecieron rompedoras y, de repente, son simplemente repetitivas. Pasa el tiempo y el reencuentro con personas que fueron amigas, incluso tal vez algo más y de las que guardamos un recuerdo nítido, nos deja claro que la memoria juega sucio y que nuestro recuerdo es solamente un punto ciego en el transcurso del tiempo. Aquellos jóvenes guapos son hoy gorditos vulgares de media edad, es decir, más cercanos a la vejez, y lo que es peor: a la mediocridad, más que a ningún otro sitio. Inaugura Jeff Koons en el Guggenheim de Bilbao, después de un (otro) éxito singular en Nueva York, y comprobamos, no sin cierta sorpresa, que su sonrisa eterna ya nos parece acartonada, que sus obras no nos resultan ya tan fácilmente defendibles, tan evidentemente brillantes como no hace mucho tiempo. La duda es si nos equivocamos entonces o si nos equivocamos ahora. Visitar museos puede servir para entender mejor ese velo que el tiempo teje y que a veces levanta, y con la que otras cubre obras de arte, personas, situaciones, puede ayudarnos a comprender por qué a veces su paso es más dulce y otras terriblemente cruel.
No hace mucho daba una charla sobre la obra de Cindy Sherman y, revisando su trayectoria, para mí esencial en el desarrollo de la fotografía actual, veía con claridad ese momento en el que la artista simplemente abandona, o tal vez cierra su imaginación; ese punto en el que su obra se cierra y ya no aporta nada más. Claro que hay muchos otros artistas que su obra nunca aportó ni aportará nada; sobre estos el tiempo no tiene nada que decir. Hay otros muchos, no sólo artistas sino cantantes, actores, escritores, que el olvido borró, desconocidos hoy, tanto tiempo después de su éxito, que de repente vuelven a asomarse por una rendija de ese manto con que el tiempo lo cubre todo, y nuevamente brillan y sorprenden a jóvenes y viejos con una obra, tal vez la de siempre, vigorosa y eterna. Incluso puede ser que nunca hayan triunfado realmente y un giro inesperado los ponga, en una vejez ya inevitable, en la primera fila del éxito. A veces esos artistas aún están vivos para ver la estupidez de los gustos, las tendencias y los olvidos, para morir una vez más con una sonrisa en la que nos están llamando a todos simplemente estúpidos, que nunca sabemos ver realmente nada. Este fin de semana una nueva alcaldesa ha sido nombrada en Madrid, una mujer que viene a cambiar la forma de gobernar y organizar una ciudad. El tiempo la recupera, porque ya la conocíamos hace mas de cuarenta años, cuando estuvo a punto de ser asesinada por la extrema derecha en su despacho de joven abogada laboralista de Madrid, junto a sus compañeros, muertos y perdidos para cualquier futuro. Ella vivió y hoy regresa de un tiempo de olvido para demostrarnos que no todo lo nuevo, no todo lo diferente, no todos los cambios vienen de un tiempo nuevo, que a veces parece que ese tiempo burlón conserva en una cápsula momentos, personas, acciones, que siempre serán nuevos, radiantes, ilusionantes.
La memoria no es simplemente selectiva, como un monstruo indefinido; a la memoria hay que alimentarla, ofrecerle sacrificios, para que no acabe con nosotros. Esa penúltima deriva del tiempo es la que nos hace ver, reconocer y disfrutar en los museos con aquellas obras que no aparecen en los libros de historia del arte, la que hace que recordemos a tantos artistas maravillosos que, aún recientes, su paso cerca de nosotros tantos han olvidado. Por eso no creo en la historia, porque la escribe gente sin memoria, o tal vez gente que murió de viejo antes de nacer; gente sin curiosidad, para las que el tiempo no es más que una línea infinita que se pierde en un pasado ya cerrado, cuando algunos sabemos que el tiempo no es más que un niño juguetón; a veces travieso, a veces cruel, que agita esa línea como si fuera una cuerda sobre la que saltar, que le hace nudos y los desata sin avisar, teniéndonos siempre a la espera de una nueva sorpresa, de una nueva celebración de la vida y, por qué no, de la muerte.