OPINIÓN

Hace mucho tiempo que debería haber escrito un texto como este. De hecho, desde hace mucho tiempo solamente debería haber escrito textos como este, en esta línea. Muchos artistas, teóricos, comisarios, galeristas, directores de museos y políticos culturales me han echado en cara esa afición mía tan extraña de hablar de dinero, de lobbies en el mundo del arte, de esa disfunción entre el público y la institución. Se quejan con toda la razón de esa obsesión mía por criticar, por buscar el problema donde según ellos, no lo hay. Porque el arte, ellos me insisten, es un mundo de belleza y de una pureza conceptual que lo convierte en un lugar sin sexo ni traumas sociales, allí donde el dinero no significa nada. Efectivamente un sector que genera tanto glamour, que viene produciendo belleza desde el origen del hombre, no debe ser cuestionado como si fuera cualquier otro sector social. “En arte no se debe hablar de dinero”, me dijo hace poco un famoso artista que milita entre la fotografía y las nuevas tecnologías, “eso sólo sirve para que nos sintamos incómodos los artistas”, añadía. Me recordó las palabras de mi padre que, malentendido por una yo joven y díscola, insistía en que una señorita no debe, nunca, hablar de dinero (claro que él añadía, sin duda en un exceso de amor paterno: ni de sexo ni de religión ni de política). Los galeristas se me han quejado más de una vez de que en vez de hablar de las preciosidades que cuelgan en sus exposiciones me empeño en buscar el detalle innecesario, una crítica sin duda molesta: que si este artista hace lo que aquel otro ya hizo, que si sus vínculos con este o aquel otro sector facilita o perjudica… sin duda tienen razón, porque esa belleza de los paisajes, con esos cielos azules, deberían tranquilizarnos, hacernos olvidar los problemas de la realidad. Porque, según estos amigos que me aconsejan sin cesar con la mejor de las intenciones, el arte es un refugio para la calma, para la felicidad. No hay que mezclarlo con la vida real, llena de problemas, injusticias, prepotencia, miseria… aspectos todos ajenos a la creación, distribución y gestión de la cultura, y sobre todo de las artes plásticas. Es por eso por lo que sus representantes nunca aparecen protestando por nada (excepción obvia del iva cultural, que ya les vale) casi nunca y casi ninguno. Y cuando se les ha ido la mano con pequeñeces económicas (millones arriba, millones abajo) sin duda ha sido alguien que no es propiamente del sector, y ningún artista, ni comisario, ni catedrático ni director o exdirector de museos ha participado, vamos, nunca se enteraron. El dinero que les llegó en algún momento sin duda venía del cielo, como el maná, una lluvia providencial que viniendo desde arriba (seguramente de Dios) no se hubieran atrevido a rechazar. Hay que saber ser agradecidos y discretos, y, además, estaban todos preocupados por los fondos , seguramente azules, de tantos cuadros, fotografías y de todo, comprados con exceso de euros y de amor, porque el amor es casi como el azul: una bendición para el alma y para los ojos.

Es mejor hablar del azul, ese color que atraviesa la Historia del Arte con elegancia y distinción, brillante en los hábitos del Renacimiento, triunfal en los cielos del impresionismo, inmaterial en el simbolismo, límpido en la obra de Dalí. ¡Qué gran color! Un color que llega hasta hoy en los fondos de los cuadros de Barceló y en los penúltimos abstractos, en las fotografías de los más jóvenes. Y qué estupidez empeñarse en hablar de los problemas del mercado, de porqué los coleccionistas de hace unas décadas se han convertido en reventas a la baja de lo que les hizo ser considerados los mecenas del arte español, cuando podemos hablar del azul, que queda bien tanto en una instalación como en una fotografía, y ni decir de una pintura, sea abstracta o figurativa.

Desde joven, seguramente por un defecto de nacimiento, insisto en ir contracorriente, se llama complejo de salmón. Por eso he ejercido como crítica profesional, pero hoy, a las puertas de la 35 edición de ARCO, comprendo finalmente que es una actitud inútil y comprendo que mi padre solamente quería lo mejor para mí. Nunca fui una señorita, tal vez siempre fui simplemente una mujer. Un gran error, sin duda me hubiera ido mucho mejor haciéndoles caso a mi padre y a los grandes de un sector donde predomina el azul, un color ciertamente que vale para todo. Porque escribir hoy, 35 años después, nuevamente del mercado o de su inexistencia, recordar aquellos comentarios de muchos de los que hoy vienen gratis como invitados (y de otros que vinieron tantas veces como invitados a mesa puesta) que no veían razones para volver, es sin duda de muy mala educación. Y decir que 35 años después prácticamente nada ha cambiado, que estamos casi los mismos que entonces, y que sigue predominando el azul como color favorito en esta feria tan bien montada, con tanto gusto, con esa delicadeza para dejar claro que las publicaciones no somos nada ni nadie, dotándonos con esos stands cubistas imposibles…, vamos que no tengo palabras para disculparme de toda una vida buscando ese detalle molesto cuando podría haber escrito tantos bellos textos, poemas elegíacos, sobre el arte local, internacional y extraterrestre, elogios a todos y todas, porque hagan lo que hagan lo han hecho con amor. Y sólo hay algo más bello que el azul bien colocado, es sin duda el amor… el amor al arte.