La relación de la fotografía con la muerte es un tema recurrente en los tratados teóricos sobre fotografía. La memoria, el aura, la idea de parar el tiempo en un paréntesis entre la vida y la muerte creando una especie de “no lugar”, de territorio aislado, ajeno a los desmanes del tiempo. Sin embargo no es tanto lo que conocemos sobre los retratos de muertos, un subgénero muy extendido en el nacimiento de la fotografía, cuando se fotografiaba a los muertos, en ocasiones como si siguieran vivos, para tener un recuerdo de ellos para siempre, más allá de la desaparición de las personas. La obra El retrato y la muerte: La tradición de la fotografía post mortem en España es un estudio profundo y detallado de Virginia de la Cruz Lichet, que viene trabajando este tema desde su tesis doctoral. Se trata de un trabajo serio y documentado que no cae en la zona oscura del tema aunque alguno de los capítulos sea especialmente difícil como el de los retratos de niños muertos. Una forma de profundizar, sin miedo ni prejuicios, en el corazón de una de las zonas esenciales de la fotografía. (Temporae, Madrid, 2013)