Si hay algo que mueve ríos de tinta en el mundo del arte es el dinero. Bueno, en el mundo del arte y en el del corazón, que al parecer son dos territorios que tienen fronteras en común. La noticia, después de ARCO, para seguir alimentando la idea de que en el arte lo único que importa es el dinero, es la inminente subasta de un cuadro de Edvard Munch (1863-1944) que encabezará la subasta de primavera de Sotheby’s Nueva York sobre arte moderno e impresionista.


Se trata de una obra mítica, una de las pocas imágenes que todos, o casi, reconocen como uno de los iconos de la historia contemporánea, como el Guernica de Picasso. Como el Guernica de Picasso se trata de un cuadro que refleja el horror de la humanidad ante las guerras, ante el terror que el hombre practica sobre el hombre, El Grito (ca. 1893).


Es cierto que se trata de un tema que el artista repetiría varias veces y cuya versión más conocida está en la Galería Nacional de Noruega, pero también es cierto que es mucho más que un cuadro, de dimensiones pequeñas. Es un emblema, un símbolo, que ahora puede ser suyo siempre que tenga disponible algo más de ochenta millones de dólares que es el precio de salida que la casa de subastas le ha puesto. Nos parece un precio muy bajo que, seguramente subirá mucho hasta su remate final. Si nos retraemos hasta subastas anteriores veremos que un Joan Miró que salía en subasta por siete millones de euros llegó a alcanzar algo más de veinte millones de euros, y que la famosa figura de Henry Moore Reclining Figure llegaba hasta los casi 23 millones de euros.


Pero para hablar de récords hay que hablar de Paul Cézanne y Los jugadores de cartas, vendido en 2011 a la familia real de Catar por 250 millones de dólares. Hay cosas que no se pagan con dinero, pero 250 millones de dólares empieza a ser una cifra adecuada como para repensar qué cosas realmente no tienen precio, o al menos cual sería el precio de partida para vender a nuestras madres, hijos y, desde luego, cualquier cuadro de la historia del arte. Otros récords serían Number 5 (1948) de Jackson Pollock, vendido en 140 millones de dólares, o Woman III de Willem de Kooning vendido por 137 millones y medio de dólares a Steve Cohen. Los nombres de los compradores tienen también su punto, de la familia real de Catar hasta anónimos y ocultos, y los pocos que dan el nombre, como Cohen, es porque realmente ya lo han comprado casi todo y difícilmente pueden pasar desapercibidos.


El próximo mes de mayo se hablará de récords y de dinero entorno a El Grito, se hablará del precio del arte, pero sinceramente, ochenta millones nos parece un precio bajo por un grito tan desgarrador como el de Munch. Y, sobre todo, hay cosas que nos pertenecen a todos, como el dolor, el miedo, la muerte, y, también, la ilusión, la esperanza y el arte.

Imágenes: Edvard Munch. El grito, detalle, ca. 1893.