En los años treinta Michael Friedsam, un generoso filántropo, donó su colección de obras de arte al neoyorquino Brooklyn Museum. Más de novecientas piezas que, por contrato y como parte de las condiciones para la donación, no podían separarse, ni venderse sin la aprobación de alguno de los herederos. Setenta años después el museo ha descubierto que más de doscientas piezas de este lote son falsas pero, al haber fallecido o encontrarse en paradero desconocido los herederos del donante, no pueden deshacerse de estas piezas ya que ni si quieras tras varios juicios han conseguido el permiso judicial necesario para poder contradecir los deseos de Friedsam.

Pero además, una vez se conoce que estas piezas no pueden exhibirse como parte de los fondos de la colección al no ser verdaderas, el museo deberá gastar cerca de 250.000 dólares en su catalogación y almacenamiento, además de los costes de los juicios y de la localización de algún heredero que de su permiso para que el centor pueda librarse de este lote de falsificaciones. Un costoso paso en falso que demuestra que nada es lo que parece, ni si quiera en las colecciones de los grandes museos.

Imagen: Vista del interior del Brooklyn Museum.