El pasado viernes se presentaba el Pabellón de España de la Bienal de Venecia en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Martí Manen, el comisario, describía con detalle el proyecto y las obras de los artistas. Los sujetos es una muestra colectiva con la participación de Cabello/Carceller, Pepo Salazar y Francesc Ruiz, y con Salvador Dalí como eje principal; no en vano la sala principal del pabellón estará pintada de rosa y se dedicará por entero al artista de Figueras. Su vertiente performativa y alejada del Dalí comercial es el punto de partida del proyecto español. Aprovechamos para charlar con el comisario.

Exit-Express.com: ¿Por qué has elegido al Dalí performativo?

Martí Manen: Para mí es un Dalí más interesante, más contemporáneo y porque la Bienal es el lugar adecuado para presentarlo. La Bienal es en sí performatividad, escena, y en esto Dalí es una máquina; sabe perfectamente cómo marcar los tonos, cómo trabajar y cómo llevar una situación a donde él quiere. Siempre jugaba con el gesto y utilizaba palabras que no son las habituales.

E.E.: ¿Es esta una faceta menos conocida de Dalí, o menos estudiada de forma crítica?

M.M.: Es una faceta más compleja. No es el Dalí de masas, y por eso te la juegas con una exposición como esta, porque no es lo que se espera y no va a generar un rendimiento económico; estamos hablando de performance, de documentación, no hay esta fascinación por el fetiche sino que es otra historia. Es un Dalí más oculto porque no es un Dalí de mercado; el otro va directo al merchandising, este no. A mí personalmente me apasiona por lo complejo y lo extraño, por lo que tiene de inadecuado.

E.E.: En tu proyecto Dalí es el eje que vincula a tres artistas, y a ti como comisario, que de otra forma probablemente no hubieran coincidido en una exposición, ¿se trata de un proyecto a cuatro, en el que tú juegas un papel activo más allá de ser simplemente el comisario?

M.M.: No es un proyecto en conjunto porque cada uno de ellos tiene su lenguaje propio y me interesaba que existiera un espacio de libertad para hacer lo que ellos quisieran. Sí que es un proyecto común porque hay un proceso de trabajo en común y porque hemos hablado del punto inicial, Dalí, y hay un posicionamiento curatorial muy fuerte. Sin embargo, consideraba un error tener a artistas en Venecia y decirles que tenían que trabajar juntos; un artista en Venecia quiere hacer su pieza. En cuanto a idea comisarial detrás hay también un deseo de replantear dinámicas de todo tipo: diálogo-tiempo en una exposición, tipología, e incluso sensaciones. En este proyecto parece que todo es amable, que la exposición lo es, pero una vez que entras te das cuenta de que no es así. Hay un momento de brusquedad que me interesa.

E.E.: ¿Cuánto tiempo llevas dándole vueltas a la idea del proyecto?

M.M.: Con Dalí empecé hace unos diez años aunque como en todo proceso, los tiempos son reservados. En el momento en que me proponen participar en la Bienal de Venecia pienso que es el lugar adecuado para Dalí. Es entonces cuando se deciden los tres artistas y empieza todo; esto es, más o menos, en abril del año pasado, cuando nos proponen que hagamos el proyecto. El 1 de septiembre se entrega, y lógicamente todo es muy intenso por la cuestión de tiempos.

E.E.: ¿Qué expectativas tienes como comisario en Venecia?

M.M.: Que se entienda la propuesta y que funcione, que genere lo que estamos buscando. En La Bienal son públicos muy extraños; la primera semana es público internacional de arte y es increíble. Todo el mundo está allí y está pasando todo en ese momento. Busco que la gente salga del Pabellón Español pensando “esto ha sido fuerte, aquí ha pasado algo, no sé exactamente el qué pero acaba de pasar algo muy fuerte”. Llevar a tres artistas participa un poco de esta idea, ya que hay tres tipos de lenguaje y tres tonos, con lo que no te va a gustar todo pero algo te provocará, te gustará.

E.E.: ¿Cuál es tu opinión de las bienales?

M.M.: Hay muchas variaciones sobre lo que es una bienal: hay bienales que son muy interesantes y hay bienales que son un desastre; hay muchísimas. Como idea de tiempo estaría bien, aunque es una ficción: la bienal funcionaría si tuvieras dos años para pensarla, y no es así. Venecia en concreto, como bienal, me sigue interesando porque está absolutamente fuera de lugar. Está denostada, anticuada pero está bien. Lo bueno de los pabellones es que conservan la esencia histórica de su origen, como el Pabellón alemán y su arquitectura nazi. El Pabellón español se construyó en los cincuenta, bajo el franquismo, pero ultramoderno; destruyeron uno anterior neoclásico para situar el actual. Pasear por la Bienal me gusta por esto, porque no esconde la Historia. En el resto de exposiciones e incluso bienales todo es presente, y sin embargo aquí te permite pensar qué ha habido aquí antes. Nos acordamos de la Bienal de Santiago Sierra y ya han pasado más de diez años; intentas pensar qué había hace diez años en cualquier galería o museo y es más difícil, tienes que buscar incluso para recordarlo. Esto esta bien para pensar que estamos trabajando en arte pero estamos generando también líneas que no se pierdan, no empezando siempre de cero, sin referentes.

E.E.: ¿Cuál es tu opinión de otros pabellones de España en la Bienal?

M.M.: El de Santiago como pabellón era muy bueno. El de Dora era muy bueno pero se comprenderá más adelante, en su momento internacionalmente no gustó; y sin embargo que la exposición de Okwui Enwezor tenga en su espacio central una gran escena donde habrá performances y actividades constantemente, evidentemente tenía que incluir a Dora García. Lara Almarcegui también funcionaba; no es el gesto de la potencia de Santiago Sierra, pero funciona. Barceló no me interesó nada.

E.E.: ¿Qué diferencia encuentras a la hora de comisariar de un museo a un pabellón?

M.M.: Un pabellón es una cosa que no existe. Es un edificio que está cerrado la mitad de su vida, así que las condiciones son una ruina; no pidas aire acondicionado que funcione, control de humedad… Es divertido porque es como el gran lugar pero luego es como te las apañes. Las puertas están abiertas siempre, entra polvo, la humedad de Venecia es inmensa… La gran diferencia es que no es un museo, es una gran máquina que se pone en marcha cada dos años, sin dinámica de trabajo continuada. Es alucinante trabajar en Venecia; los transportes son en barco, y las dificultades son mayores. No puedes planear antes ni hacer un presupuesto de cuánto va a costar algo porque no tienes ni idea. Influye todo, si está lloviendo, el clima, la humedad…todo tiene otros tiempos.


Imagen: Imagen de archivo deSalvador Dalí.