Marta Mantecón Moreno

Una figurita de la torre Eiffel, un llavero de Benidorm o una camiseta de I LOVE NY. Objetos de plástico y algodón que llenan los comercios de los parajes más recónditos del mundo con el fin de capturar la esencia de un lugar o, al menos, la idea construida y exportable de ese lugar. Y sin embargo quién no se ha hecho alguna vez con un souvenir, esos objetos entrañables y reconocibles de baja calidad que traspasan con creces los límites del buen gusto e incluso de lo kitsch. Quién no ha deseado adquirir un objeto capaz de representar, e irradiar a base de purpurina y color, el recuerdo de un primer viaje al extranjero, una historia veraniega de amor o una aventura apasionante por un sitio al que se sabe con certeza que no se va a regresar jamás. Un recuerdo palpable de esas sensaciones que no van a vivirse de nuevo pero que, al menos, pueden emularse mediante el tacto y la contemplación de esa aberración hecha en serie, comprada en un momento de vergonzosa debilidad. Una capacidad -la de evocar mediante la mirada- que los souvenirs comparten con la fotografía, el único medio artístico capaz de generar una imagen duradera con un acto tan simple como es el apretar un botón. Cualquiera puede hacer fotografías de lo que ve y, sobre todo, de lo que quiere volver a ver. Exactamente igual que cualquiera puede adquirir una pequeña bola de nieve con el Machu Pichu en su interior. Dos formas de autoabastecimiento emocional, de coleccionismo de masas que el fotógrafo Martin Parr ha sabido poner en relación desde el momento en que inició, hace años, no sólo varias series fotográficas sobre puntos turísticos de interés como la Torre de Pisa, Benidorm o las fotografías realizadas en el Parc Güell de Barcelona; sino su propia colección de recuerdos y adornos variopintos (desde un monopatín de Bin Laden, hasta un reloj de Sadam Husein o una tetera con la forma de la cara de Margaret Tacher) que, en esta exposición, se han querido exhibir junto a los objetos personales de Juan Pablo Fuentes, otro consumidor de baratijas camp que a su vez posee obras de creadores como Tracy Emin, Pedro G. Romero o Rogelio López Cuenca y que tapizan, por igual, su casa de Málaga. Dos consumidores de fragmentos del mundo que, en su peculiar fusión de la alta y la baja cultura, se han unido de la mano del comisario Juan Pablo Wert, en esta muestra que acoge el CCCB de Barcelona hasta el 21 octubre.
Imagen: Martin Parr. Israel. Autorretrato, 2009. Cortesía del artista, Magnum Photos y Galería Espacio Mínimo, Madrid.