En la novela de Michel Houellebecq, El mapa y el territorio (2010), el protagonista Jed Martin despliega un mapa e inmediatamente sufre el conocido como síndrome de Stendhal, una enfermedad psicosomática que produce vértigo, confusión, temblor, palpitaciones, etc., al ser expuestos ante obras de arte. Jed Martin descubrió el mapa como una obra, una pieza única a escala 1/150.000. El título no es fortuito, en torno a este concepto muchos fotógrafos de la década de 1970 sufrieron un impacto parecido al ser influidos por Marc Augé, Roland Barthes o Jean Baudrillard. Fue precisamente éste último el que desarrolló las ideas del concepto del mapa y el territorio, que anteriormente había acuñado el filósofo polaco Alfred Korzybski. Baudrillard sostuvo que “el territorio ya no precede al mapa, ni lo sobrevive; es el mapa el que precede al territorio, es el mapa el que engendra el territorio” y, por lo tanto, ahora sólo nos queda el mapa mientras que el territorio se ha extinguido. La copia sustituye al original en una sociedad postmoderna en la que nadie repara en dicho acontecimiento.

Precisamente en torno a esto gira la exposición que inauguraba la galería Cámara Oscura el pasado 10 de marzo y está comisariada por Juan Curto. Con el mismo nombre, El mapa y el territorio, se han seleccionado a artistas cartógrafos: Elina Brotherus (Helsinki, 1972) concibe a la mujer como protagonista del paisaje; Alberto Franco Díaz (Cádiz, 1977) cuestiona la relación entre procesos geológicos y sociales con un enfoque topográfico; Nanna Hänninen (Rovaniemi, 1973) crea nuevos paisajes desde la abstracción de la realidad; Ellen Kooi (Holanda, 1962) articula la relación entre los habitantes y su territorio; Johann Ryno de Wet (Johannesburgo, 1982) sueña con una tierra post-apocalíptica con poca esperanza; y, por último, Irene Sánchez Moreno (Granada, 1983) gravita sobre paisajes virtuales de una infinitud abismal e inalcanzable.

(El mapa y el territorio, galería Cámara Oscura, Madrid. Desde el 10 de marzo hasta el 20 de mayo de 2017)