OPINIÓN

Recibir un premio es siempre un reconocimiento a tu trabajo y/o a tu persona. Una alegría, una emoción, sobre todo si se acompaña de una dotación económica adecuada.


Estos días vivimos momentos de premios, de reconocimientos, prolijos habitualmente en un país como el nuestro. Premios de narración, poesía, ilustración, cómic, ensayo, edición, danza, teatro, circo, artes plásticas, diseño de moda, fotografía… Eso sólo si pensamos en los Premios Nacionales, otorgados por el Ministerio de Cultura (este año parece que el Velázquez, el más importante de todos, no se dará). Pero además están los ayuntamientos, las diputaciones, y todo tipo de entidades privadas, semipúblicas, mixtas y similares. Premios, becas, adquisiciones, concursos… De hecho hay algunas zonas en las que prácticamente todos los artistas que hay han recibido algún premio, alguna beca. Además, en un paralelo clónico con el Ministerio de Educación y Cultura, al que ya poco más que dar unos premios y privatizar la educación le queda, las autonomías también entregan sus medallas nacionales, premios de reconocimiento y prestigio, y en ocasiones bien dotados económicamente.


Y luego están los premios internacionales, a los que ya son menos los artistas españoles que acceden, ni latinoamericanos ni de nadie fuera de los emergentes apoyados por un mercado más consolidado que emergente. Pero, a pesar de los cientos, de los miles de premios, becas, concursos y todo tipo de competiciones (en los que hay que distinguir básicamente dos tipos: a los que los artistas se presentan con obra o proyecto, y aquellos otros que se dan desde un jurado, sin que medie petición de los concurrentes), no es de lo concursos de lo que quiero hablar, sino de los jurados.


El jurado es quién decide quién gana, quiénes se llevan la gloria y el dinero, y quien no se lleva nada. El problema es quién elige al jurado. Y más allá aún, ¿son los jurados gente bien preparada para esa misión crucial de dar y quitar? Como he estado en muchos, cientos de jurados, creo que puedo decir con conocimiento del tema que no, que la mayoría de los jurados no están compuestos ni con inteligencia ni con ecuanimidad. De hecho a estas alturas ya puedo decir por la composición de un jurado quién puede ganar y quién no va a ganar nunca nada: el porcentaje de error es cada vez menor. La primera duda es: ¿debe haber artistas en los jurados?, ¿pueden ser juez y parte? Más claro lo tengo si digo que el mercado y cualquiera de sus representantes deben quedar excluidos de un jurado cualquiera… Pero esto es fácil de decir y difícil de poner en práctica, porque las derivas del mercado son casi tan insondables como los caminos del Señor.


¿Y los representantes de la Universidad? Ellos, por lo general tan ajenos al discurrir de la vida actual y real… Ellos suelen estar lejos del mercado, sí, pero también lejos de casi todo lo que no es mercado y sigue vivo. Ahora, con esa moda de las cuotas, debe haber un representante de cada uno de los sectores más o menos implicados… Pero, para elegir un premio nacional, por ejemplo de teatro, de fotografía o de artes plásticas ¿es necesario un representante del Instituto de Estudios de Género? Y el ganador del año anterior… ¿para qué debe estar en el jurado del año siguiente, como demostración de que sigue vivo, de que está contento? ¿Para perpetuar un estilo, una época, un club, una línea temática?


Porque el jurado no sólo decide, sino que decide según la capacidad dialéctica, el peso estratégico, las relaciones personales con el resto del jurado… El jurado, un grupo de personas que por lo general no cobran nada y si cobran algo es una vergüenza, tiene que decir quién gana un dinero que puede significar la supervivencia, el bienestar, el poder seguir trabajando. Mientras que ellos, nosotros, tan listos, tan cultos, con tanta experiencia, perdemos horas poniendo nuestra experiencia y conocimiento gratis, ¿encima quieren que seamos justos?

Imagen: Martin Parr. SRI LANKA. Nuwara Eliya. Gold Cup,, 2005. Cortesía Martin Parr/Magnum Photos.