OPINIÓN

Que la crisis económica la sufren sólo unos pocos, que en realidad son la mayoría, por muy silenciosa que nos digan que ésta sea, es algo que cada día parece más indudable. Que la cultura parece, en manos de los políticos, una herramienta totalmente prescindible e incluso un producto de lujo, lo sabemos a tenor de esos presupuestos generales del Estado, que año tras año merman las arcas de las instituciones públicas y recortan el dinero destinado a subvenciones y ayudas, dejando a su paso cientos de iniciativas privadas y miles de puestos de trabajo. Que el sector artístico, una pulga en comparación con otras actividades económicas, no ha sabido articularse de una manera coherente y sostenible aprovechando la bonanza de otros tiempos, resulta un hecho que cada día que pasa resulta más obvio.

Sirva esta introducción para recoger un suceso reciente que por sí solo resume todos los males de nuestra historia reciente. Un suceso que se mueve con soltura entre las páginas de cultura y nacional de casi todos los periódicos, dibujando una trama cuyos protagonistas (galeristas, políticos, actores porno, policías y guardias civiles, directores de revista y de museo, todos presuntos, todavía) bien merecerían una película casposa, a lo Torrente pero sin lugar a dudas, con mucha menos gracia). Empecemos por el principio, para muchos ya conocido: ayer mismo, la policía destapaba una red de blanqueo de dinero chino-española (ya sabemos, hay que abrir nuevos mercados) capaz de “lavar” unos trescientos millones de euros al año que venía siendo investigada desde 2008.

Hasta ahí, nada nuevo bajo el sol. No obstante, y a medida que se iban esclareciendo las actuaciones judiciales, ya en la sobremesa, el mundo del arte contemporáneo empezaba a acercarse con mayor interés a la noticia, pues al parecer, uno de los cabecillas de la trama era, ni más ni menos, que Gao Ping, el hasta entonces desconocido para muchos propietario de esa galería de arte chino (Gao Magee) que apareció de la noche a la mañana en el centro de Madrid y que en apenas unos años de historia, consiguió entrar en ARCOmadrid, para sorpresa (e indignación) de muchos. Un supuesto filántropo de la cultura (dueño también del flamante Iberia Center for Contemporary Art, fundado en Beijing hace algunos años), que en realidad, empleaba el arte para adquirir ese estatus social (y quién sabe si también para limpiar su conciencia) que sus turbias operaciones le impedían conseguir.

Y una vez conocido su nombre, los periodistas se han puesto a tirar del hilo, y se han encontrado, por el camino, ciertas complicidades, todavía por aclarar, con determinados responsables de la cultura como Consuelo Císcar, directora del IVAM, con quien el implicado organizó diversas exposiciones, o Rafael Sierra, director de la revista Descubrir el arte, que en 2011 le concedió, con todos los honores, uno de los premios de su revista. Varias son las preguntas que quedan en el aire, y que afortunadamente el juez se encargará de dar respuesta en los próximos días. Pero hasta entonces, tal vez sea un buen momento para pararnos a reflexionar en voz alta sobre la ética que ha guiado y que, por lo que sabemos, continúa guiando, a una buena parte de los supuestos “grandes” personajes que habitan este sector. ¿O acaso pensamos, como en el cuento de Christian Andersen, seguir sosteniendo en silencio la cola del Emperador?

Imagen: Vista de la instalación del artista chino Zhao Zhao en Chambers Fine Art, 2011.

Que la crisis económica la sufren sólo unos pocos, que en realidad son la mayoría, por muy silenciosa que nos digan que ésta sea, es algo que cada día parece más indudable. Que la cultura parece, en manos de los políticos, una herramienta totalmente prescindible e incluso un producto de lujo, lo sabemos a tenor de esos presupuestos generales del Estado, que año tras año merman las arcas de las instituciones públicas y recortan el dinero destinado a subvenciones y ayudas, dejando a su paso cientos de iniciativas privadas y miles de puestos de trabajo. Que el sector artístico, una pulga en comparación con otras actividades económicas, no ha sabido articularse de una manera coherente y sostenible aprovechando la bonanza de otros tiempos, resulta un hecho que cada día que pasa resulta más obvio.

Sirva esta introducción para recoger un suceso reciente que por sí solo resume todos los males de nuestra historia reciente. Un suceso que se mueve con soltura entre las páginas de cultura y nacional de casi todos los periódicos, dibujando una trama cuyos protagonistas (galeristas, políticos, actores porno, policías y guardias civiles, directores de revista y de museo, todos presuntos, todavía) bien merecerían una película casposa, a lo Torrente pero sin lugar a dudas, con mucha menos gracia). Empecemos por el principio, para muchos ya conocido: ayer mismo, la policía destapaba una red de blanqueo de dinero chino-española (ya sabemos, hay que abrir nuevos mercados) capaz de “lavar” unos trescientos millones de euros al año que venía siendo investigada desde 2008.

Hasta ahí, nada nuevo bajo el sol. No obstante, y a medida que se iban esclareciendo las actuaciones judiciales, ya en la sobremesa, el mundo del arte contemporáneo empezaba a acercarse con mayor interés a la noticia, pues al parecer, uno de los cabecillas de la trama era, ni más ni menos, que Gao Ping, el hasta entonces desconocido para muchos propietario de esa galería de arte chino (Gao Magee) que apareció de la noche a la mañana en el centro de Madrid y que en apenas unos años de historia, consiguió entrar en ARCOmadrid, para sorpresa (e indignación) de muchos. Un supuesto filántropo de la cultura (dueño también del flamante Iberia Center for Contemporary Art, fundado en Beijing hace algunos años), que en realidad, empleaba el arte para adquirir ese estatus social (y quién sabe si también para limpiar su conciencia) que sus turbias operaciones le impedían conseguir.

Y una vez conocido su nombre, los periodistas se han puesto a tirar del hilo, y se han encontrado, por el camino, ciertas complicidades, todavía por aclarar, con determinados responsables de la cultura como Consuelo Císcar, directora del IVAM, con quien el implicado organizó diversas exposiciones, o Rafael Sierra, director de la revista Descubrir el arte, que en 2011 le concedió, con todos los honores, uno de los premios de su revista. Varias son las preguntas que quedan en el aire, y que afortunadamente el juez se encargará de dar respuesta en los próximos días. Pero hasta entonces, tal vez sea un buen momento para pararnos a reflexionar en voz alta sobre la ética que ha guiado y que, por lo que sabemos, continúa guiando, a una buena parte de los supuestos “grandes” personajes que habitan este sector. ¿O acaso pensamos, como en el cuento de Christian Andersen, seguir sosteniendo en silencio la cola del Emperador?

Imagen: Vista de la instalación del artista chino Zhao Zhao en Chambers Fine Art, 2011.