OPINIÓN

Hace poco hablando con un galerista joven, se quejaba del poco futuro que según él tiene el arte si las cosas siguen como van. Decía que los museos aquí ya no tienen interés por la obra de arte, que lo que exponen es documentación, “papeles”, pero que ya no cuelgan grandes obras, esas obras que hasta hoy nos llevaban a todos los aficionados hasta los museos de todo el mundo: para ver las obras de arte. Por otra parte, la simple reproducción de esas obras cada vez más difícil en las revistas y en los libros está siendo perseguida y castigada por asociaciones especulativas como VEGAP, que cobra por todo y por más, ajeno a lo que significa difusión cultural y para los que el enriquecimiento es sólo económico pero nunca cultural. Visto así, argumentaba el galerista, si la gente, el público, no puede ver arte en los museos ni puede verlo reproducido en las publicaciones… ¿Quién va a ir a una galería a ver arte y mucho menos a comprarla? Nadie, decía cada vez más desesperado. Y no le falta razón, hoy los museos compran archivos, que ni sus propietarios consideran obra de arte, a precios millonarios mientras que los artistas y sus obras, se pudren en los talleres. Los libros salen de las bibliotecas para exponerse en muestras como obras de arte (aunque sean libros de consulta), sin poder tocarse ni abrirse, mientras los investigadores o estudiosos que van a la biblioteca a consultarlos se quedan con un pasmo de narices: está expuesto, no se puede consultar. Por lo menos podrían haber comprado dos ejemplares, o haber hecho un facsímil ya que ahora se dedican a editar… ¿Dónde quedan las pinturas, las esculturas, adonde van a ir todas esas obras que, siendo de valor y calidad, realizan hoy todos esos artistas a los que se les dijo no hace mucho que de ellos era el futuro? Parece que a los museos no va a ser.


Donde va a ir el arte es una pregunta pertinente. Tal vez solamente a las ferias, único lugar donde el público parece que va y mira e incluso compra. Pero tal vez tampoco, porque después del más o menos éxito del VIP Art Fair, la primera feria virtual, nos damos cuenta de que para que gastarse en trasportes, viajes y todo eso, pudiendo hacerlo todo virtual. Se ha vendido en esta feria, en la que los stands variaban entre 7.000 y 15.000 euros, y el público no invitado ha pagado para ‘entrar’ y mirar. De hecho todos los problemas de banda y acceso que ha tenido han sido por el propio éxito: las colas físicas una vez virtuales han colapsado la entrada al VIP Art Fair. Todo tan parecido a la realidad, pero sin moverse de casa, lo que siempre se agradece ¿o no? Tal vez no, y haya que medir las cosas y pensárselo un poco más, por lo menos antes de lanzar un proyecto como el Art Project de Google con las visitas virtuales a 15 museos del mundo a través de sus aplicación de street view. Mucho ruido (gracias a la difusión) y pocas nueces, ya que poco más nos ofrece que lo que las páginas web de cada museo ya nos daban, y un zoom nervioso hacia el cuadro que no sustituye la mirada, nuestra mirada, real. Se pierde la magia, se pierde el arte. La red tiene que caracterizarse no por la copia de lo real, la simple reproducción de lo que se puede tener en directo, sino por una dosis de innovación e imaginación suficiente para sostener todo este invento.


Y, la verdad, parte de la gracia de ver el MoMA es ir a Nueva York, y ver el Louvre desde Madrid no es lo mismo, la verdad, es mucho peor. Es casi nada.