OPINIÓN

Siempre me ha parecido terrible esa concepción de perdedor que la cultura norteamericana exporta a todo el mundo. La idea de ser un perdedor abruma por lo abstracto de su significado. Frente al perdedor inevitablemente debe de haber un ganador… ese personaje que, como cantan los de ABBA, se lo lleva todo: el aplauso, el dinero, la fama y la chica. Para el perdedor el olvido. Pero, como en los cuentos infantiles que acaban con eso de “y comieron perdices y fueron felices por siempre jamás”, nadie nos cuenta qué pasa al día siguiente. Porque sabemos que las perdices se acaban y que nadie es feliz para siempre, que además poner juntos “siempre y jamás” es una contradicción imposible. Cuando pasados los años nos encontramos con aquellos compañeros de colegio o de instituto que eran los ganadores, delegados de clase, estudiante del mes, jefe del coro, mejor deportista del equipo de lo que fuese, enseguida salta a la vista que esa barriguita, la calva más que incipiente, el exceso de maquillaje, esa delgadez tan trabajada…, no son signos de victoria y que aquellos ganadores de nuestra juventud se quedaron para siempre en el patio del colegio. Hoy serían “perdedores”.

La realidad es que eso de ganar y de perder, como en cualquier juego, va por rachas y que todos tenemos nuestros buenos y nuestros malos momentos. Pero la sociedad actual no acepta la palabra fracaso. Fracasar es la muerte fría. Una empresa que quiebra, una vergüenza; un artista que no vende por millones, un fracaso; una pareja que se separa, un desastre. Suspender un examen, no acabar una carrera, romper con un novio… todo son fracasos en nuestras vidas. Porque nadie los ve como lo que son: simplemente un intento fallido, porque después de esos fracasos o nos suicidamos o lo intentamos otra vez. No hay modo, hay que seguir viviendo, intentándolo. Porque vivir es simplemente intentarlo otra vez. Hace tiempo, en un momento de crisis y cierre de galerías de arte, un galerista (que cerraría años después) me decía: “crisis o no crisis, sólo cierran los que pueden”. Efectivamente no es tan sencillo morir.

Fracasar es la prueba de que lo has intentado, no todos lo pueden decir. Tal vez los ganadores de ayer, cuando su éxito se esfumó, nunca lo intentaron otra vez, se quedaron colgando de una nube. Los demás seguimos fracasando todos los días, en el trabajo, en los negocios, en el amor, así en la tierra como en el cielo, amén. Fracasar es el éxito, es la demostración de que no sólo sigues vivo, sino de que sigues luchando, y tal vez finalmente lo consigas, no importa el qué, aunque tal vez ya ni nos acordemos de qué es lo que queremos, porque, como en el viaje es el camino y no la llegada lo que es importante, es el intentarlo lo importante y tal vez no tanto el conseguirlo. Pocos terrenos tan fértiles para el fracaso como el de las ideas, el arte, la creatividad. Y el hoy triunfador artista William Kentridge (Johannesburgo, 1955) es un experto en esto: “En mi vida he tenido muchos, muchos fracasos. Quise pintar al óleo, y fracasé. Me fui a París para ser actor, y fracasé. Entonces quise hacer cine, escribir guiones, y también en eso fallé. Sólo me quedaba ser artista. Con el tiempo, después de muchos años, comprendí que todos los esfuerzos que hice durante tanto tiempo y en tantas áreas diferentes me habían enseñado mucho, todos esos fracasos de hecho me habían provisto de un excelente material, me habían hecho lo que ahora soy”. El fracaso como método de aprendizaje. Ahora Kentridge ha creado una fundación en Johannesburgo, junto a su estudio, Centre for the Less Good Idea, (algo así como el Centro para la Menos Buena Idea), facilitando, en sus propias palabras: “un espacio seguro para la incertidumbre, la estupidez y en ocasiones, el fracaso”. Con esto pretende favorecer la idea de que los intentos, aunque fallidos en su primer objetivo, pueden ser enriquecedores, y de que las ideas que surgen a lo largo de los procesos fallidos pueden ser grandes segundas oportunidades. Es en el proceso creativo (que puede ser desde realizar una pintura, escribir un libro hasta montar una empresa, crear cualquier cosa…) en el que se puede comprobar más fácilmente este planteamiento. Todos los artistas lo saben, igual que saben que el fracaso es, siempre, inevitable.