OPINIÓN

Desde que tengo memoria me ha abrumado la sensación de que todo se acaba; de que cada una de esas cosas que nos gustan, tiene su final. Nada dura y, sobre todo, nada se repite. Esa es una de las causas que han hecho que realmente pocas veces disfrute plenamente de nada: sabiendo que se va a terminar y que ya nunca, nunca, nunca más volveré a sentir lo mismo. Sin duda se repetirá el placer de un descubrimiento, de un sabor, de una lectura… Sé que volveré a disfrutar viendo una pintura, visitando un museo… pero ni siquiera el sabor del chocolate será el mismo cada vez que coma un pedazo. Todo dependerá de mi estado de ánimo, del día, del clima, del momento anterior, de tantas cosas que nunca, jamás, volveré a sentir lo mismo, aunque repita todo, aunque sea el mismo libro, el mismo cuadro. Es la magia de la primera vez. Esa primera vez que viste la Mona Lisa en el Louvre y te sentiste tan decepcionada. La primera vez que paseaste por las calles de Sao Paulo y creías que estabas entrando en una escena de una película de ciencia ficción. Irrepetible cada uno de los amaneceres de la vida, como irrepetible es el asombro ante tantas cosas, tantas experiencias, tantos sabores. No puedo olvidar esa sensación casi dolorosa, de adolescente, cuando se está acabando un libro maravilloso y no sabemos qué podremos hacer después, cómo reemplazarlo. Hay que dejar un tiempo vacío para poder volver a empezar. Cómo ir más despacio, volver sobre nuestros pasos para no salir todavía de esa exposición, de esta sala de un museo lejano al que posiblemente nunca volveremos, o tal vez sí, pero ya sabemos que será diferente, no habrá esta luz, será todo diferente. ¿Cómo frenar el tiempo, congelar un sólo momento el paso del tiempo para paladear mejor esa maravillosa sensación? Tal vez todo sea así solamente porque nada puede perdurar, porque todas las cosas tienen su fin, desde antes incluso del inicio.

¿Cuántas primeras veces caben en una vida? Seguramente dependerá de la curiosidad, de la intensidad y de la sensibilidad de cada uno, hay quien nunca ve un arco iris después de la tormenta. Increíblemente hay mucha gente que piensa que una novela, una historia, una película son simplemente historias inventadas, tonterías para entretenerse, simplemente una novela, una historia, una película: cuentos. Creen que la realidad es otra cosa, está en otra parte. Claro que también hay quien piensa que los manifestantes que protestan por la violencia del Estado, en cualquiera de sus múltiples facetas, son simplemente gente que no tiene otra cosa que hacer. Y aquí la duda es, ¿qué sentido tiene una vida, mil vidas, vividas en la ignorancia, en la ceguera, en la estupidez? Tal vez su único sentido sea que los demás, aquellos que siempre encontramos la estela del arco iris en las carreteras, disfrutemos con más intensidad, con toda la intensidad de la que ellos carecen. Unos y otros, siempre dos bandos: los que ven y los que no ven, los que disfrutan y los que no. Los que viendo Blade Runner pueden llegar a llorar, y los que se comen las palomitas haciendo ruido. Aquellos que lloramos porque hemos visto cosas que nunca podríamos explicar, ni compartir, siempre lloramos solos. Somos los que nos podemos emocionar, nunca como la primera vez, viendo mil veces una misma escena, los que encontramos un mensaje en un capítulo de una serie de televisión, los que aceptamos cualquier situación, cualquier sorpresa, todo lo imposible como cotidiano, pero nos asombramos con la más insignificante de las cosas. No sólo se trata de imaginación, sino de deseo. Deseo de algo, deseo de mucho más. De que todo, de que algo tenga sentido. Por eso nos enganchamos con la lectura, con el cine, con el arte, con los arcos iris, con el chocolate, con los mil placeres que, al descubrirlos por primera vez, nos hacen comprender por qué vivimos. Placeres que seguimos buscando toda la vida, repitiendo, ensayando, desesperándonos porque no era esto, no era así, era otra cosa… y por el camino nos asaltan como jaguares salvajes otras mil experiencias a las que sucumbimos y de las que escapamos, en las que nos ahogamos y que a la vez nos recargan de energía para seguir por un camino que atraviesa museos y arte, y música, y naturaleza, experiencias, vida, hasta un punto desconocido; una última experiencia que sólo viviremos una vez, la primera vez una última vez.


Imagen: Fotograma de la película Blade Runner, de Ridley Scott, 1982.