OPINIÓN

Cuando tu entrada de la Wikipedia ya te dice que fuiste un fracaso, hay que empezar a dudar de que el éxito sea igual para todos. “Florence Foster Jenkins (1868–1944) fue una excéntrica soprano estadounidense que se hizo famosa por su completa falta de habilidad musical”. Esta señora norteamericana, rica heredera que aprovecharía su fortuna para convertirse en el hazmerreír de su época, reaparece en estos días de 2016 en dos películas (una francesa y otra americana) que continúan con el empeño de hacer de una caprichosa rica que cantaba horriblemente una celebridad, ahora ya no sólo en los salones de la alta sociedad neoyorquina, sino a escala internacional. Basándose en sus grabaciones, es evidente que Florence tenía muy poco sentido del oído y del ritmo y era a duras penas capaz de mantener una nota, aun así se hizo tremendamente famosa, no por su voz (o tal vez sí), sino por el ridículo absoluto que era cada una de sus actuaciones. Sin embargo sus galas, la última en el Carnegie Hall el 25 de octubre de 1944, siempre estaban llenas, las entradas se agotaban, grabó varios discos y congregaba, por las razones que fueran, cientos de seguidores. Finalmente, como ella misma dijo en plan epitafio: “La gente puede decir que no sé cantar, pero nadie podrá decir nunca que no canté”. Efectivamente, ella cantó y podemos decir que sigue cantando hoy más alto que nunca. Nadie le va a hacer una película a Frieda Hempel o Luisa Tetrazzini, las verdaderas grandes sopranos de los años 30 y 40 del siglo XX, porque el éxito, queridos lectores, es otra cosa y se consigue de múltiples y variadas formas.

¿Se puede comprar el éxito? Los agentes de relaciones públicas, compañías de publicidad, representantes, etc., confirman con sus trabajos que sí, que se puede comprar, alquilar e hipotecar. No importa tanto cantar bien como cantar alto, podríamos decir en plan parábola. ¿Podríamos afirmar que todos los artistas, plásticos, que han triunfado lo han hecho por ser indudablemente buenos? Ante la duda y el miedo al ridículo, mejor decir que sí que ponerse a dudar a estas alturas de una gran historia del arte, pero… ¿y los artistas de ahora? ¿Podríamos afirmar sin duda que cantan lo suficientemente bien? Nadie duda de que canten, pero que lo hagan bien ya es otro asunto. Por suerte, y para evitar problemas, entre todos hemos decidido quitar las reglas, olvidar las notas musicales, hacerle burla al solfeo. Así, entre cantar mal o bien la diferencia es una cuestión de opiniones, modas, discursos teóricos. Una diferencia, dijéramos, conceptual. Y tampoco podemos esperar que el tiempo nos ayude a separar el grano de la paja porque ya hemos visto que el cine vuelve inmortal a las cantantes horribles pero olvida a las excelentes. El éxito no siempre es igual, ni es justo. Es mejor dejarnos llevar por nuestra sensibilidad, para opiniones mejor la nuestra. Y estudiar, comparar, ver, oír, mucho y construirse un criterio. Y si queremos triunfar, nada mejor que ser rico heredero y poder pagarse los fracasos necesarios que te aúpan al éxito final.