OPINIÓN

A veces la presencia excesiva de un personaje oculta a una multitud que es igual o más importante, igual o más inteligente, igual o más interesante, igual o más útil. Acabo de ver Superman y no deja de impresionarme cómo un solo individuo consigue anular hasta la estupidez a ejércitos, ciudades enteras, comunidades de individuos que resultan ser inútiles y débiles, sólo aptas para ser salvadas. Cierto es que se trata de una fórmula que se aplica por lo general en el cine de masas: el héroe nos salvará. Sólo él (por cierto, nunca es ella) importa entre las masas que mueren a cada minuto de película. Con su origen en el colectivo popular, en las historias que nos ayudaron a crecer en las que el príncipe valiente, azul o disfrazado de mendigo o de campesino o de sastrecillo o de cazador, salvaba a la princesa, mataba al ogro… es decir nos salvaba a todos eliminando al mal, da igual que el mal fuese el lobo, el gigante, o el dragón: al final alguien nos salvaba. Luego vimos que en la vida real eso por desgracia no sucedía, ni nos salva nadie más que nosotros mismos, ni la fortuna se aparece como en una película de Capra y nos devuelve a la felicidad.


En la sociedad actual vemos que delante de los grandes personajes, buenos o malos, se coloca un espejo que sólo refleja su imagen, distorsionando el fondo en el que el resto de personas reflejadas se difuminan y desaparecen. Sólo un gran defraudador sale todos los días en los informativos en España… cuando sabemos que hay muchos. Uno, grande, tapa a los otros. Del arte chino actual la gran figura (y digo gran sobre todo por su volumen físico) de Ai Weiwei tapa a cualquier otra que haya en China y me atrevería a decir que en toda Asia. Igualmente parece tapar cualquier acto de rebeldía o disidencia en su país realizado por cualquier otro artista. Y, sinceramente, me resulta difícil de creer que en toda China sólo un artista sea un problema. ¿Dónde están los demás artistas disconformes chinos que no aparecen en ningún espejo? Será porque no trabajan con grandes galerías occidentales por lo que no son conocidos.


Igualmente pasa en otros ámbitos. Sin duda, este inicio del siglo XXI es en el que más artistas existen, más museos, mas comisarios/curadores, y más casi de todo (ya vimos que menos críticos, por otra parte, porque ni da dinero ni nada salvo problemas). Sin embargo, sólo algunos pocos son conocidos y reconocidos, sólo un puñado adquiere fama, prestigio y dinero. Tal vez por eso los jóvenes quieren ser uno de esos pocos, porque en el fondo todos queremos ser superhéroes en nuestros sueños. Cuando despertamos de ellos vemos que sólo Ai Weiwei, Marina Abramovic y Hans-Ulrich Obrist siguen volando con sus capas rojas por encima de una humanidad (léase, el sector artístico) devastado por el mainstream, esa versión oficial que, rodeada de lujo y glamour, amenaza acabar con cualquier idea antisistema y con el mínimo atisbo de ética y buen gusto. Seguramente nuestros superhéroes de pacotilla (no tienen fuerza en la mirada para levantar un tren, ni nada parecido) no bajan a la tierra mezclándose con el resto de artistas y fauna del sector para que no se les vea como los muñecotes de cera en lo que les ha convertido su fama y esa capacidad que sólo ellos, superhéroes finalmente, tienen de poder estar en todas partes a la vez, ya sea Cáceres, Londres, Shangai, Mexico o wherever.


Pero la realidad es que hay muchos, muchísimos artistas en cualquier parte de este pequeño mundo. Infinitos curadores y algunas personas más que hacen y dejan cosas hechas detrás de sí, más o menos ajenos a esa voracidad por la fama, la riqueza, el lujo y el poder, esa ansiedad propia más de los villanos de los cuentos que de los príncipes, que define en este inicio de siglo a los famosos, a las cabezas visibles de un mundo del arte que cada vez está más lejos del arte y del mundo. Más lejos de la inteligencia y del pensamiento y más cerca de las cuentas internacionales del UBS o del HSCB.


Imagen: Christopher Reeve en su mítico papel de Superman.