OPINIÓN

Estos últimos años en mi país (España) hemos vivido asombrados a un apogeo de corrupción y robo absolutamente desbordante. Encabezados en su versión pública por miembros y representantes del partido en el poder, se ha generalizado la idea de que el que no roba es porque no puede. Las empresas eléctricas, los contratos de construcción, rehabilitación, transportes, concesiones públicas, sanidad… parece que no ha quedado un sólo sector sin ser invadido por esta marea de amoralidad y podredumbre que ha salpicado por todas partes. En el mundo del arte, tan idealistas todos, tan de mirar las estrellas y no darnos cuenta de que nos están robando la cartera, la corrupción se ha ido deslizando entre nuestras piernas al ritmo de la crisis acabando con todo a su paso.

Hace tiempo que somos muchos los que apuntábamos al mal gobierno del IVAM (entre otros muchos sitios), con una directora que nunca dimitía, que nunca admitía sus errores obvios y que hacía de lo público su casa privada: amigos y conocidos, su peluquero, su modisto favorito, pasaban por las salas del que fue uno de los buques insignia de la apertura al arte internacional, pisoteándolo todo, pudriéndolo todo. Nadie nos hizo caso, mientras esa señora y su esposo (a la sazón político de todos los partidos políticos, uno detrás de otro, no se atropellen por favor que para todos hay tiempo) saqueaban las arcas públicas y aprovechaban para colocar a su hijo, un mediocre estudiante de Bellas Artes, y a sus artistas amigos en bienales y museos internacionales, bien es cierto que de poco lustre, y les compraban obras de 2.000 euros por 35.000 euros con toda la tranquilidad del mundo. Y nadie nos hacía caso a los que protestábamos. Y a los artistas no se les exponía ni se les compraba, porque empezaba la crisis, y a las revistas no se nos ponía publicidad porque no había dinero, la crisis, ya sabes. Ahora, ella cesada o dimitida o lo que sea y su marido en la cárcel, nos enteramos de que realmente antes de la crisis, o ayudando a asentarse a la crisis, esa señora tan llamativa y sus amigos y asesores, se gastaron 2 millones 300.000 euros (ni se cómo escribir la cifra) en lanzar su revista del IVAM (una revista que nadie nunca ha comprado y muy pocos han visto, pero que muchos asesoraron), se lo pagaron a la, a pesar de todo casi desaparecida, “Descubrir el arte” a través de un buen amigo y director de esa publicación. Una cantidad impensable en el mundo de las publicaciones de arte en España, mientras que a todas las demás en años no repartieron ni un euro en publicidad ni en suscripciones. Era la crisis, lo que no se decía es que era sobre todo una crisis moral. Ahora nos enteramos de que en Valencia se pagaban comisariados por 75.000 euros. No a todos, claro, sólo a los amigos. Ahora quisiéramos saber, confirmar, los nombres de esos amigos y no esperar a que los juicios abiertos a los responsables políticos se cierren sin solucionar nada.

El dinero ya se perdió, pero no podemos, no debemos, olvidar que quienes se lo llevaron están tan tranquilos en sus cátedras universitarias, en sus despachos de intermediarios. Sabemos quiénes fueron, algunos ocupan hoy incluso puestos públicos haciendo gala de una honradez de reciente cuño, con ahorros llenos de mierda, con pisos comprados con lo ganado con los favores de una señora valenciana muy llamativa. Escritores, profesores de universidad, artistas…. Todos ahora callan, pero no pueden borrar sus nombres de los catálogos ni sus fotos acompañando a la directora, no pueden borrar sus pasos por encima de la mierda, pero hacen como si nunca hubiera pasado, porque la memoria es leve, la corrupción inmensa y son tantos, que total, ya no hay sitio para más nombres. Además ellos solo “hacían su trabajo”, son dignos profesionales, nadie le hacía asco a un dinero tan rápido y tan fácil, nadie se escandalizaba de que una sola revista de un museo gastara en unos pocos años mas millones que y toda la prensa especializada del país en los mismos años. A nadie le parecía mal que le pagaran unos fees imposibles en cualquier otro sitio. Y no podíamos decir nada porque, claro, entonces todos nos considerarían unos quejicas y acusadores. El dinero desapareció del IVAM y de otros muchos sitios, aunque en menor medida y con más elegancia, mientras los demás nos dedicábamos a hablar de posmodernidad, rizoma, estética y acabamos todos escribiendo sobre la crisis, una crisis que ha hecho ricos a algunos de nuestros colegas.

En un país en el que los asesores de los museos exponen y compran a sus hermanos sin el menor sonrojo, y los amigos siempre están ahí para guiar una itinerancia a los museos que ellos dirigen… no hay ni que cuidar las apariencias porque todo es tan natural, y nadie va a decir nada. Los penúltimos corruptos (un affair sobre el agua) han dicho delante de los jueces el lema de esta nueva filosofía social que sustituye a la ideología débil: “el dinero público no es de nadie”, entonces todo está bien, si no es de nadie… ¿Por qué no cogerlo y gastárselo con total impunidad? Al final, los tontos somos los que no hemos robado, tal vez es que no tuvimos oportunidad. Tal vez es que somos simplemente honrados.