OPINIÓN

A nadie le sorprende que se afirme continuadamente que vivimos en una “cultura del dinero”, en la que todo encuentra su justo valor en términos economicistas o, más claramente, directamente mercantiles. Tal vez por eso sea necesario hablar del valor económico de la cultura, es decir del dinero que la cultura produce y genera, para que se entienda y se valore de alguna manera el hecho cultural. Cuando los políticos, los gestores sociales, desprecian la cultura a la que, como mucho, consideran un entretenimiento, un capricho o un accesorio social, no podemos esperar que esos mismos personajes nos provean de fondos ni de medios, ni siquiera que se nos trate con ecuanimidad. Así, se cierran museos y centros culturales que funcionaban perfectamente y hacían una labor imprescindible, se vacían de contenidos y programaciones, auditorios, centros culturales, se sube el IVA por encima de toda la Comunidad Europea a la que pertenecemos y a la que se mira siempre como ejemplo a seguir, “salvo en algunas cosas” como diría, si hablase, nuestro presidente. Y esas cosas son precisamente en todo lo que perjudica a la cultura y a todos los que trabajamos en ella y de ella sobrevivimos: todo lo que tiene que ver con el dinero.


Sin embargo, la cultura es un sector que genera trabajo, genera un caudal de ingresos y, hasta que el actual gobierno alcanzó el poder absoluto en toda España, era uno de los motores económicos más estables y equilibrados. Pero la cultura, y eso no hay que olvidarlo, además de generar una economía al alza, produce pensamiento crítico, independencia intelectual, conocimiento, genera una duda interminable, cuestiona la realidad y por todo ello no conviene al poder, a ningún poder. Pero nadie puede negar que la cultura es rentable si se gestiona adecuadamente y se cuidan sus contenidos y su difusión. Y recientemente se han dado a conocer los resultados económicos del festival de cine de San Sebastián, que como ejemplo es perfecto, ya que nadie duda de su calidad ni de su gestión. Pues el balance de resultados muestra que este evento que apenas dura nueve días genera un impacto económico de 27 millones de euros, que revierte al estado 4,6 millones de euros (a través de impuestos sobre la actividad económica), algo más de lo que recibe en ayudas oficiales, sin contar con los ingresos a través de la seguridad social (un millón y medio) ya que crea más de 235 empleos, más de 800.000 euros por el Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas y otro millón y medio por el Impuesto de Sociedades. Es decir, que al propio Estado, de forma directísima (vía todo tipo de impuestos imaginables) le es muy rentable, pero además es rentable para una ciudad que durante el mes en que se celebra el festival ve sus ingresos vía hostelería muy aumentados, ya que la ciudad se llena hasta la bandera de profesionales y aficionados, que gastan en todos los servicios que la ciudad ofrece. Sin contar el beneficio de imagen, el conocimiento internacional de San Sebastián ligado a un evento de éxito que opera favorablemente en la conciencia europea y mundial. Lo que se llama ahora “Marca España”.


Todo esto conviene apuntarlo en un tiempo en el que se cercenan todo tipo de iniciativas culturales, sin darse cuenta no ya del error cultural sino del error económico. Si ponemos como ejemplo a Kassel o a Münster, ciudades alemanas que no figuran en ningún ranking de interés turístico, veremos que solamente durante la celebración de eventos culturales (La Documenta en Kassel y el Proyecto Escultórico en Münster) se llenan de visitantes como si fueran puntos de interés turístico (los hoteles están llenos, y los restaurantes y todo tipo de establecimientos públicos, hasta llegar a ser imposible encontrar habitación, como sucede en Basilea durante la celebración anual de Art Basel), con la evidente repercusión económica. Hace años, cuando todo parecía ir bien, dicte una conferencia sobre el tema de cómo un evento cultural, específicamente relacionado con el arte contemporáneo, podía llegar a mantener parte de la economía de una ciudad en alza con una inversión mínima, desde entonces me obsesiona convencer de que la cultura es un fuerte motor económico. La proliferación de eventos y ferias no es ajena a esta realidad, como tampoco lo es la importancia que tiene la realización de estas actividades para la imagen internacional de una ciudad y de un país. Algo que, evidentemente, no importa ni a los políticos ni a los supuestamente encargados de cuidar y relanzar internacionalmente la llamada “Marca España” y que en sus manos se está convirtiendo en el hazmerreír de propios y extraños. Una vez más, la ignorancia es el peor mal de una sociedad y especialmente cuando es el principal patrimonio de sus dirigentes.


Imagen: Silke Wagner. The history of Münster from below, instalación escultórica realizada en el Skulptur Projekte Münster 2007.