OPINIÓN

No todo lo que necesitamos para comprender una obra de arte está dentro de la obra. El contexto histórico social, político, cultural… en el que se inscribe esa obra es esencial para poder entender y valorar exactamente sus cualidades, su interés, su valor. De hecho, sería imposible considerar a un gran número de obras de arte como tales si no las conociéramos como pertenecientes a su época concreta, a una escuela determinada, a un momento político exacto. Prácticamente todo el arte actual, gran parte del contemporáneo y mucho del moderno no sería ni siquiera tenido en cuenta si se hubiera (por algún viajero del tiempo) producido en épocas anteriores. Ese entorno histórico, sociopolítico y cultural se llama contexto. Pero el contexto no es solamente algo exterior, como las coordenadas que nos guían en un mapa hasta el lugar donde está el tesoro. El contexto forma parte del ADN de la obra, es parte esencial de su existencia, sangre de sus venas, carne de su carne. Si la forma es parte definitiva del mensaje en un texto, parte esencial de su contenido, en cualquier tipo de creación el contexto es algo más que el olor que desprende, y es sobre todo la forma más directa e inteligente de acercarse a ella y entrar en el mundo que construye: comprenderla y compartirla.

La falta de contexto se ha convertido también en una especie de contexto en los años de la globalización más caníbal. Un no contexto que anula cualquier entendimiento posible, que homologa en una especie de limbo que parece un espacio ferial a todos por igual: al arte más rebelde y al más decorativo, a lo que no es arte sino artesanía, con el conceptual más delicado, a la performance y al circo, todo se mezcla, se agita y se consume en cualquier lugar y a cualquier hora. Porque la obra es sólo un objeto, un evento, una pieza de mercado, un elemento del espectáculo en el que se ha convertido gran parte de la cultura y del arte. La globalización ha borrado el contexto porque ha conseguido, finalmente, que todos consuman Coca Cola, que el agua que bebemos envasada sea también de Coca cola, que los indios del Amazonas, los gauchos del sur y los nicos de arriba beban lo mismo que los hipsters en Madrid y en Londres. Pero no ha conseguido que las comidas y bebidas del Amazonas, del Caribe o de la Pampa (por poner sólo unos ejemplos) se conozcan en otros lugares, sino que poco a poco desaparezcan en sus propios países. Porque la globalización se aplica desde el núcleo duro del mercado.

Estos días expone en Madrid, en el Museo Reina Sofía, Doris Salcedo (Bogotá, Colombia, 1958) su trabajo Palimpsesto (2013-1017). Salcedo se define a sí misma como una escultora al servicio de las víctimas y a su trabajo como “una oración fúnebre con la que trata de erigir los principios de una poética del duelo“. La obra consiste en una instalación en la que los nombres de los muertos en la larga y amplia guerra de Colombia, de todos los bandos (si es que se puede hablar de bandos entre las víctimas) aparecen como poesía y como denuncia en el suelo de la sala. Esta obra se ha podido realizar con el apoyo de las galerías White Cube y Alexandre Bonin y de la Fundación Sorigué. El coste de la instalación supera el millón de euros. Son muchos euros para un poema del duelo, para recordar a las víctimas, campesinos, soldados, gente humilde que murió sin que nadie supiera nunca sus nombres. El contexto está fallando. Las galerías internacionales no encajan, el millón de euros podría paliar la desgracia de muchos de los que aún no murieron. Pero hace apenas un año, en 2016, en la Plaza Bolívar de la ciudad de Bogotá, Doris Salcedo, con la colaboración de la curadora Belén Saiz de Ibarra y de cientos de voluntarios, realizaban la instalación Sumando Ausencias. Cientos de pedazos de igual tamaño de tela blanca, en las que se bordaron los nombres de los muertos. Miles de muertos. Con estos paños, sudarios de los desaparecidos, se cubrió la plaza por entero. Un trabajo solidario, que no costó un euro, un peso, a nadie, aquí los sponsors, la ayuda, la pusieron los que bordaron, los que hicieron la comida gratis para los voluntarios, los que extendieron las telas, los que las compraron… nadie cobró ni un peso, ni Salcedo, ni la curadora (que aquí fue mas que una curadora una activista), aquí las galerías venían sobrando. Aquí lo que hubo fue contexto, un silencio abrumador, un dolor infinito, el reencuentro con los que ya no están. Aquí se comprende el sentido del contexto, su importancia, más claramente que en ningún discurso ni en ningún texto. Ese es el lugar de esta obra. Ese es su contexto. Su lugar, ese su público. Ese es un trabajo al servicio de las víctimas, que no sólo son los muertos, sino también y tal vez sobre todo, nosotros. Los vivos.