OPINIÓN

La Bienal de Venecia, en su exposición central gira en torno a la idea de conocimiento. Su título El palacio enciclopédico (en recuerdo del diseño del arquitecto Marino Auriti, cuya maqueta está expuesta en la muestra) se inicia con el manuscrito del Libro Rojo de Carl Gustav Jung y en diferentes salas se pueden encontrar otras referencias directas al conocimiento a través del texto escrito, de filósofos, escritores, pensadores… nuevamente la palabra escrita. La palabra frente a la imagen, y el conocimiento como algo imposible de abarcar. El arquitecto Auriti pretendía crear una estructura capaz de acoger todo el conocimiento de la humanidad. No tuvo éxito y su obra nunca se realizó.


La literatura se ha destacado desde su nacimiento como la mejor forma de buscar salidas imposibles en otros ámbitos de la creación y al mismo tiempo con muchas posibilidades de ser creída por los lectores de todas las épocas, pues la palabra conecta con el imaginario visual a veces más directamente que cualquier imagen. James Cowan (A mapmaker´s Dream: The Mediatations of Fra Mauro, Cartographer to the Court of Venice) ya escribía sobre la obsesión de Fra Mauro de crear un mapa que incluyera todo lo que en el mundo existe, a su tamaño natural: bosques y lagos, aves y plantas… Un mapa que fuese el propio mundo. La idea surge en Venecia, no puede ser de otra manera, en la celda de un fraile que nunca ha salido de su convento pero que conoce el mundo a través de los viajeros que llegan a él y le cuentan y le traen muestras de las maravillas del mundo. Algo parecido es lo que intenta Massimiliano Gioni reuniendo en Venecia nuevamente muestras de la creación y de la imaginación de todo el mundo, desde Angola hasta Japón, desde Portugal hasta Estados Unidos. Un esfuerzo enciclopédico y por lo tanto absolutista, y naturalmente imposible.


Pero es la palabra la que sorprende con su presencia en el arte plástico. De tal forma que cuando las nuevas tecnologías avisan del fin del papel, cuando la tendencia a los textos de 140 caracteres, los microrelatos, la ignorancia en cápsulas disfrazadas de haikus, las encuestas que van bajando la capacidad de leer y de entender lo que se lee… cuando ese cataclismo parece inevitable, la palabra, el verbo, el nombre de las cosas, de los sentimientos, de las ideas, vuelve a aparecer nuevamente. El libro se convierte en joya, las ideas en formas plásticas.


El conocimiento parece hacer cierto aquello de “en el principio fue el verbo”, y no sabemos si en el final también lo último será el verbo, pero desde luego mientras tanto el verbo está presente. Tal vez aislado como excusa, exhibido como emblema, mostrado como símbolo… pero eso ya daría paso a otras muchas preguntas, todas ellas sin respuesta: ¿una imagen vale lo que mil palabras, o una imagen no vale nada si no tiene mil palabras a su alrededor? ¿Dónde esta el arte, en la intención del artista o en el de aquel que lo saca de contexto? ¿En la idea o en la forma? ¿Existe forma sin idea? ¿Todas las ideas han de tener forma? Siempre preguntas y nunca respuestas, solamente nuevas formulaciones de las mismas preguntas. Lo único que permanece es la imposibilidad de encerrar el conocimiento total en un palacio, en una ciudad, en una exposición. Aunque si algún día se consigue posiblemente sea en Venecia. Una ciudad entre el Sur y el Norte de Europa, un lugar ajeno a las realidades y por eso imposible y a la vez eterno.


Imagen: Detalle del mapa de la zona del lago Chad según Fra Mauro, ca. 1450. Mapa conservado en la Biblioteca Nationale Marciana, Venecia.