OPINIÓN

Esta semana se entregan los Premios MAV 2011. Se premia a tres mujeres con trayectorias excelentes en el mundo de la cultura: una artista, una galerista y una investigadora. Se trata de un reconocimiento que viene de las mujeres que estamos en este sector de las artes visuales, y es por esto que me parece especialmente interesante la personalidad de las tres mujeres ganadoras.


Son además tres personas que pueden servir de perfecto ejemplo para demostrar que las mujeres seguimos siendo prácticamente invisibles en la sociedad actual. Y además son una prueba efectiva de que el trabajo por sí mismo no parece ser suficiente para confirmar la validez y la importancia de cada uno de nosotros. En primer lugar Evelyn Botella, fundadora y directora de la decana galería de arte de Madrid AELE, refundada recientemente como Galería Evelyn Botella y que cumplía treinta años como galerista hace apenas un año. Sin excesivo ruido, sin homenajes, sin declaraciones estrambóticas y sin hacernos creer que le debíamos nada. Ella inicia su andadura como galerista en 1972 con una galería dedicada en principio al arte latinoamericano que inmediatamente se pasó a un internacionalismo lógico en una mujer nacida en Nueva York de padre suizo y madre francesa, casada con un español. Amiga de Juana Mordó, inevitable en aquellos momentos en un Madrid pacato y de espaldas al mundo. Su galería fue pionera en Art Basel, junto con Elvira González y Juana Mordó, conocida internacionalmente y defensora del arte y de sus artistas, a los que ha sido fiel durante estos treinta años. Como mínimo.


Pero cuando se habla de galeristas esenciales, históricos, de personas imprescindibles para reconstruir una historia del galerismo profesional en España, parece que su nombre se olvida, que su trabajo en silencio, con seriedad y con una actitud siempre del lado de los artistas, no puede competir con estar en la cresta de la ola, con los artistas de moda, en las cenas y saraos en los que se ven y se desean los famosos y los poderosos.


Eugènia Balcells ha conseguido prácticamente todos los reconocimientos y premios que una extranjera puede conseguir en los Estados Unidos durante sus largas estancias en ese país. Una de las primeras mujeres que ha trabajado en España con el vídeo y con el cine como obra de arte, una artista cosmopolita e internacional, pero olvidada en su país, aunque puntualmente haya expuesto en los principales museos del Estado. Sin galería, sus proyectos se abren paso por sí mismos, con la fuerza y la energía de una artista difícil y de una mujer que se sabe sola, perteneciente al club de las invisibles. Nunca ha ganado el premio Nacional de Artes Plásticas, aunque haya sido propuesta en varias ocasiones, porque era una desconocida para gran parte del jurado de “expertos”.


Lourdes Méndez, Catedrática de Antropología Social en la Universidad del País Vasco pertenece a ese sector que se define por su invisibilidad: el de la investigación. Y si esa investigación tiene como objeto aspectos relacionados con el género, esta invisibilidad se vuelve casi absoluta. Sus trabajos y aportaciones a este tema se hacen indispensables, pero su nombre no suele aparecer en los bailes de invitaciones, en las charlas mediáticas, ni en las recopilaciones a la moda.


Tal vez, como me dijo una vez un muy reconocido artista (hombre que todavía no tiene el Premio Nacional, por cierto) entre ir a las inauguraciones, fiestas y otras actividades públicas y trabajar en su taller, él (ellas) prefería quedarse en su estudio. Tal vez esa sea la base esencial de toda invisibilidad: no se las ve porque están en otra parte, tal vez trabajando, tal vez creando, tal vez pensando.


El día 20 Mujeres en las Artes Visuales, MAV las hace visibles por unos momentos para darles un premio imprescindible, un premio honorífico, una obra de Esther Ferrer, donada por la artista para la ocasión. Entre todas ellas, y algunas más, forman un perfecto y genial club de mujeres invisibles, de maravillosas mujeres invisibles pero reales.


Imagen: Laura Torrado. Masculinos III, detalle, 2003. Cortesía de la artista