Durante la primavera de 1910 Picasso hizo varios intentos de crear las formas de su pintura mediante el color. Intentaba utilizarlo no sólo como una expresión de la luz, o claroscuro, sino como un modo con el que generar formas, como un fin en sí mismo. Cada vez se veía obligado a pintar encima del color que había introducido; la única excepción la constituye un pequeño desnudo (de 18×23 cm de tamaño) en el que un pedazo de tela aparece coloreado de un rojo brillante.

Al mismo tiempo Braque hizo un importante descubrimiento. En una de sus pinturas pintó un clavo totalmente naturalista realizando su sombra sobre la pared. La utilidad de su innovación se discutirá más tarde. La dificultad de la incorporación de este objeto “real” reside en el aspecto de unidad de la pintura.

Desde entonces, los dos creadores limitaron el espacio al fondo de la pintura. En los paisajes, por ejemplo, en vez de pinta una línea del horizonte ilusionista en la que el ojo se pierde, los artistas se centraron en el espacio tridimensional a través de una montaña. En las naturalezas muertas o los desnudos, la pared de una habitación servía para el mismo propósito. Este método de limitar el espacio ya había sido utilizado con frecuencia por Cézanne.

Durante el verano, otra vez en L’Estaque, Braque dio un paso adelante en la introducción de “objetos reales”, es decir, en la realización de objetos pintados de forma realista, sin distorsiones de forma o color en la pintura. Encontramos letras por primera vez en el Guitarrista de aquella época. Aquí, de nuevo, la pintura lírica descubría un nuevo mundo de belleza, esta vez a través de carteles, escaparates y letreros comerciales que juegaban un rol tan importante en nuestras impresiones visuales.

Mucho más importante, sin embargo, fue el avance decisivo que ejerció el cubismo al liberarse del lenguaje usado con anterioridad en la pintura. Esto ocurrió en Cadaqués donde Picasso pasaba su verano. Poco satisfecho, incluso después de semanas de arduo trabajo, regresó a París en otoño con varias obras inacabadas. Pero había dado un gran paso, había penetrado la forma cerrada. Había creado una nueva herramienta para lograr un nuevo propósito.

Años de investigación habían probado que la forma cerrada no permitía un nivel de expresión suficiente para los objetivos de los artistas. La forma cerrada acepta los objetos como contenidos por sus propias superficies, por ejemplo la piel; de ahí el empeño en representar este cuerpo cerrado y, dado que los objetos no son visibles sin luz, se pinta la “piel” como el punto de contacto entre el cuerpo y la luz ambos fundidos en el color. Este claroscuro sólo puede otorgar una ilusión de la forma de los objetos.

En el actual mundo tridimensional el objeto debe poder tocarse incluso sin luz. La imagen de memoria de las percepciones táctiles también debe ser verificada sobre cuerpos visibles. Las diferentes adaptaciones de la retina del ojo nos incapacitan, por así decirlo, para “tocar” los objetos tridimensionales desde cierta distancia. La pintura bidimensional no se preocupa por estas cosas. Aunque los pintores del Renacimiento usaban la forma cerrada como método, esforzándose en aportar la ilusión de la forma al pintar la luz como color sobre la superficie de los objetos, no era más que “ilusión” (…)


Extracto de la obra del marchante de Picasso Henry-Daniel Kahnweiler El camino hacia el cubismo, publicado originalmente en 1920.


Imagen: Pablo Ruiz Picasso. Retrato de Henry-Daniel Kahnweiler, detalle, 1910.