MICROENSAYO

  • Franz Erhardt Walther.

Nuestro objetivo es apelar a la sana curiosidad de las personas. (Max Neuhaus)

Hace ya casi cinco años, cuando el conservador David Cameron decidió recortar la inversión gubernamental en artes visuales un 30%, The Threadneedle (un premio del sector) realizó una encuesta sobre una muestra de 2.000 personas a fin de saber qué les parecían estos recortes. A casi el 70% les parecían bien. Es más, un 20% opinaba que las artes visuales no debían recibir dinero público alguno. Ese era el sentir.

En la corriente discusión entre lo privado y lo público, ampliado ahora a lo común, estamos tratando de Arte. El Arte como algo metafísico y casi categórico. Unívoco, además. Nadie tiene la menor duda de qué se habla cuando se habla de Arte, por muy poliédrica que pueda ser su apariencia. Arte es aquello que circula por el hoy complejo recorrido de facultades, galerías, centros/museos, colecciones privadas, medios de comunicación especializados y generalistas y un variado enjambre de profesionales que funcionan en o en torno a lo anterior.

Si se analiza de manera objetiva, el sistema económico en que se basa el Arte es peculiar y significativo: se trata de un modo de producción manufacturero, en el que un profesional, a veces asistido por un taller, realiza productos con vocación expresa de unicidad. Algo anómalo en esta muy avanzada etapa de la industrialización. Esta peculiaridad ya fue señalada por José Luis Brea en los años 80 recurriendo a la analogía de la confección manual de los colchones de lana: un modo de producción antes común ha ido quedando como un lujo exclusivo para una capa muy delgada de la población. Puede argumentarse que arte y artesanía no son lo mismo. A estos efectos lo son.

Antonio Heredia

Antonio Heredia

El Arte así producido se distribuye de forma necesariamente minorista a clientes individuales que compran esos productos únicos. El mercado secundario de dichos objetos no ha variado sustancialmente desde el Renacimiento. Sus protagonistas más notables siempre han sido las grandes fortunas del momento, por mucho que los actuales inversores financieros u oligarcas de todo pelo no sean Isabella D’Este ni Catalina de Rusia. Concluyendo: desde este punto de vista de su producción, distribución y consumo, el Arte hoy dominante no puede ni trata de ser popular.

Sin embargo, este Arte pretende haberse popularizado mediante su reproducción en otros soportes y su exhibición en Museos/Centros de Arte Contemporáneos. Aunque no existe una contradicción etimológica entre Museo y Contemporáneo, esto de la contemporaneidad plantea nuevas dificultades: no es nada sencillo musealizar un periodo sin final a la vista y en plena evolución, es decir, ni cerrado ni historificable.

Pero dejemos eso como material de reflexión aparte y vayamos a una cruda realidad, contenida en la tercera acepción de la RAE para Museo: “Lugar donde se exhiben objetos o curiosidades que pueden atraer el interés del público, con fines turísticos”. Algo que parece bastante ajustado en este ámbito de lo contemporáneo si tenemos en cuenta que, por ejemplo, únicamente un 18% de los visitantes el MACBA en el estos últimos años eran vecinos de Barcelona. El Arte es una etapa turística cómo otras y allí donde no hay turistas, los Centro/Museos de Arte Contemporáneo suelen permanecer espectacularmente vacíos de vida humana. ¿Y qué les importa a los turistas? Pues en general haber visitado un lugar que se supone notable. Si hay una exposición de Dalí, una misa de angelis o un partido del Madrid, tanto mejor.

El entramado se sustenta en la producción de un tipo de artista. La tipología precisa y los objetivos del artista ha ido variando con los años, pero los principios son semejantes y responden en última instancia a una concepción romántica de la profesión. A finales de los años 80 el artista belga Jan Vercruysse realizó una serie de esculturas llamadas Tombeaux. Su mayor interés radicaba en la afirmación de Vercruysse sobre que esas tumbas no debían irradiar nada. Ni emocional ni racional. En la revista alemana Wolkenkratzer (Mayo-Junio, 1988), Isabelle Graw le preguntaba al artista y profesor Franz Erhard Walther “¿Puedes imaginar que tu trabajo sea entendido sin conocer tu teoría, tu idea de la obra?”. A lo que Walther, con una gran sinceridad, respondió: “No, no creo”.

Jan Vercruysse Tombeaux. Col. La Caixa, 1989.

Jan Vercruysse Tombeaux. Col. La Caixa, 1989.

En los años 80, se realizó en el MOMA una encuesta preguntando a los visitantes qué esperaban del museo. Más del 80% contestó: Respuestas. Pero durante al menos estos 30 años muchos artistas han seguido acumulando pregunta sobre pregunta y, cabe pensar, defraudando las expectativas de las personas potencialmente interesadas. Sobre todo cuando, cómo ahora mismo, esas personas ya llevan consigo preguntas urgentes y muy definidas.

El artista puede ser todo lo experimental que desee pero, ese espíritu experimental, qué más que con lo científico suele tener que ver con el elitismo semántico que ha dominado la modernidad, igual podría tener en cuenta a las personas que acuden a los centros públicos, llamadas por unos medios de comunicación masivos con adjetivos aplicables a cualquier tipo de evento como “mayor”, “primero” u “ocasión única”. La autonomía del arte, hoy reivindicada bajo otras premisas, se sigue entendiendo generalmente como la autonomía del artista ensimismado. Antes eran sus sentimientos, ahora sus inquietudes. Incluso aunque trate cuestiones con vocación pública, como lo político, lo social o lo medioambiental, el artista o al menos una parte importante de las sucesivas figuras, no suelen incidir ni mucho ni poco en lo comunicativo. Al menos ese aspecto no suele aparecer en sus declaraciones. No es un tema que se plantee.

A esta situación no ayuda el entorno. ¿Por qué habría de preocuparse el artista de buscar algún tipo de comunicación en su obra si las instancias que la van a mediar/distribuir tampoco lo hacen? No hablemos de las galerías como lugares de suyo hostiles, incluso a pesar de la sincera amabilidad de muchos galeristas. Es que durante mucho tiempo los casi siempre públicos Museos de Arte Contemporáneo de toda Europa, exceptuando los grandes mamotretos nacionales como Tate Modern, Pompidou y Reina Sofía o monumentos arquitectónicos como el Guggenheim de Bilbao, han vivido en un Nirvana donde la ausencia de visitantes y de incidencia social se justificaba apelando al prestigio de la ciudad de que se tratara y a intereses políticos sin mayor relación con la cultura. En realidad, entre los criterios que conducen a una exposición o incluso a levantar un museo no suele incluirse la vocación exotérica de si “puede interesar” (a muchos) sino más bien la esotérica de si “es interesante” (para los 500 del Arte). Ambas no son contradictorias, pero casi todo el peso recae en la segunda.

Lo comunicativo en la presentación tampoco suele ser un factor relevante (en los últimos tiempos incluso se han eliminado las cartelas en muchas exposiciones) y la reacción publicada a la obra expuesta no anima a producirse con cierta claridad. El lenguaje crítico/académico ha ido pasando de lo formalista a lo filosofoide. Pero durante todas las épocas se han leído reseñas donde largas digresiones en torno a la herencia de Cezanne (antes) o por lo relacional (ahora), dejaban para el párrafo final una somera descripción del objeto/trabajo de que se trataba. En estas condiciones, tener vocación de transparencia parece casi peor.

Así visto, ese Arte tal y como lo conocemos, no tendría mucho remedio. Sencillamente, el modo económico del Arte es una reliquia solo comprensible en términos de exclusividad, rareza, prestigio y especulación. Que se extiende al lenguaje. Por supuesto los terrenos verdaderamente dominantes en lo visual como la fotografía comercial, el cine o los video- juegos se producen de otra manera. No necesariamente mejor, pero si más contemporánea. Incluso la pintura urbana no obedece a ese paradigma.

¿Qué hacer? El Arte permanecerá como es mientras exista la sociedad que lo sustenta. Existe la posibilidad de hacer y presentarlo de forma progresivamente menos comprensible para el común de los mortales y precipitar de esta forma su propia irrelevancia social. O bien puede abrirse a una población potencialmente interesada, actualmente sumida en cierto estupor y que agradecería puertas al menos entornadas, no cerradas bajo llaves que solo unos pocos poseen. Porque incluso ahora cabría esperar de parte de ese mundo del Arte, que incluso en sus más altas representaciones públicas se pretende progresista, cuando no directamente antisistema, que dejara de mirarse el propio pulgar. Hay algo llamado contacto con lo social. Un concepto muy amplio, no solo político o económico. Que tiene también que ver con los sentimientos, las ideas, los conocimientos, los sentidos… Un algo que se puede entender pensando en y para las personas. Algo que, a su vez, dé lugar a un arte que pueda darse a entender.