ZONA CRÍTICA

  • Rirkrit Tiravanija, ¿Mañana es la cuestión?, 2015
  • El arte del devenir. Nicolas Bourriaud y la estética relacional

Adorno, en un pequeño texto perteneciente a su Crítica de la cultura y la sociedad, decía que «museo y mausoleo no están sólo unidos por la asociación fonética», y es muy probable que esta misma asociación, ya presente desde hacía algún tiempo, fuese la que a partir de la última década del siglo XX llevó a muchos artistas a hacer de la galería o el museo todo lo contrario a un supermercado o un cementerio. Vanessa Beecroft, Angela Bulloch, Maurizio Cattelan, Liam Gillick, Dominique Gonzalez-Foerster, Félix González-Torres, Pierre Huyghe, Phillip Parreno, o Rirkrit Tiravanija son algunos de esos artistas a partir de los cuales Nicolas Bourriaud plantea en su fragmentaria recopilación de textos publicados en 1998 bajo el título de Estética relacional un nuevo acercamiento a ciertos planteamientos artísticos todavía presentes en nuestro tiempo.

Lo que viene a señalar Bourriaud, tomando algunos ejemplos como caso de estudio, es la intención por parte de estos creadores de subvertir y resignificar los usos y funciones de los espacios tradicionales dedicados al arte. Así pues, la galería y el museo ya no son espacios para la contemplación o el intercambio de capital, sino que pueden llegar a ser lugares de activación de mecanismos de cohesión social. La obra de arte pasa de ser un objeto, en muchos casos inerte y mediatizado, a ser un agente mediador entre seres humanos. Pretendiéndose que el espectador, sujeto consumidor pasivo, devenga sujeto experimental activo, configurándose de este modo un nuevo entramado ético-estético dispuesto a construir otras formas operantes de existencia dentro de lo real ya existente.

Si bien es cierto que a veces el teórico francés resulta un tanto paradójico, ambiguo o poco claro a la hora de abordar ciertos aspectos, hecho que le ha costado duras críticas, lo más significativo de su labor es haber reconocido como categoría estética esta tendencia a hacer del arte un medio de interferencia en los lazos humanos, presente desde los años sesenta del siglo XX. Muchos son los textos que ha generado su propio texto y que en la actualidad continúan dando de qué hablar. ¿Será que el propio libro de Nicolas Bourriaud tiene también ese carácter relacional del que habla? En uno de sus pasajes admite que toda obra es relacional, lo cual ha dado pie en muchos casos a desarticular toda su teoría ya que esta parecía proponer cierta novedad en su discurso. Pero ante la supuesta obviedad de que «lo que existe, sea lo que sea, porque existe co-existe», como en Ser singular plural recordaba Jean-Luc Nancy, también es cierto que el cometido específico de estas obras, y en ello se encuentra su valor diferencial, es procurar un espacio para el devenir, para las relaciones como fuente de creación de nuevos valores frente a la negación u homogeneización de las relaciones intersubjetivas por parte del poder en el marco del mercado y la institución.

Liam Gillick,Discussion Bench Platforms, 2010

En cualquier caso lo que parece evidente es la pretensión de estos artistas, conscientes de ciertos síntomas deshumanizadores patentes en nuestra sociedad globalizada del espectáculo, de proclamar una urgente llamada a la acción de la misma manera que Félix Guattari lo hizo en 1989 con su proyecto revolucionario de Las tres ecologías. Lo que proponía Guattari, por medio de lo que él denominaba ecosofía social, era «desarrollar prácticas especificas que tiendan a modificar y a reinventar formas de ser» reconstruyendo de esta manera «el conjunto de las modalidades del ser-en-grupo», tanto a niveles microsociales como a niveles institucionales. Antídotos, en definitiva, contra la estandarización de los nuevos medios de comunicación de masas a los que se les ha otorgado la democrática tarea de hacer mundo sin el mundo, sin ese ser-en-común del que venimos hablando.

Cabe esperar entonces que el individuo, consciente de la pérdida y ávido de recuperar ese origen en-común dislocado, una vez apagado el televisor y ya en la calle, en el museo o la galería de arte, se disponga al encuentro con sus semejantes. ¿Pero, y si a pesar de su voluntad, e incluso del encuentro, dicha relación no acontece? Esta pregunta, sin duda alguna, es la que ha llevado a muchos teóricos y críticos del arte a desacreditar con desdén la causa de este arte relacional del que nos habla Bourriaud, tachándolo de ingenuo y utópico. ¿Pero no es más ingenuo y utópico esperar garantías de un arte que tiene su fe puesta en el devenir ya no sólo de las relaciones humanas sino de la existencia? Althusser cuenta que según Epicuro, antes de la consumación del hecho de que todo fuera como es, no había más que átomos cayendo en paralelo al vacío hasta que se produjo una desviación infinitesimal, no se sabe dónde ni cuándo ni cómo, que provocó un encuentro con el átomo de al lado «y de encuentro en encuentro una carambola y el nacimiento de un mundo». De manera que si el no-ser pudo llegar a ser por un encuentro casual y azaroso ¿por qué no poder desviarnos de nuestros miedos y prejuicios para encontrarnos, por medio de ese intersticio excitante que es el arte, con otros cuerpos y devenir relaciones e incluso sociedades?