MICROENSAYO

  • René Magritte, El arte de la conversación, 1963

Si uno presta cierta atención, al abrir el ordenador, al desbloquear el teléfono móvil, al encender la tele, una cantidad prácticamente incuantificable de silabeos nos grita: “tenemos hambre. Estamos hambrientos. Tenemos tanta hambre”. En efecto, parece que un hambre inaudita se ha expandido por el mundo, corre como si le persiguiesen las furias en busca de un estado, de un ápice de información que llevarse a la boca; famélica pero mórbida en su virtualidad, está en todas partes y en ninguna y así sabe arrastrarse por los rincones más diminutos de nuestro cuerpo, comerse hasta el más ínfimo de nuestros deseos. Sí, el hambre consume y nos consume, acallando, tirando aquí y allá la fuerza que nos tiene, haciéndola tropezar con cientos de palos en la rueda. Con cierto pánico, creemos que dando un poco más estará satisfecha, y nos aventuramos: blablablablabla, cliccliccliccliclic. Pero no, sigue exigiendo, continúa implacable en su mandato, esto es, desmembrar nuestra capacidad sensitiva: “dónde, visto, con quién, tienes 80 mensajes, en qué estás pensando, leído, has estado aquí, alguien desde Francia te ha buscado, da tu permiso para, 60 solicitudes de amistad”. Y entonces, ya exhaustos, nos tienta el descanso, por todas partes se anuncia: “¡hazte hambre! Podemos estar todavía más conectados”. De esta forma, nos dejamos caer ante una vorágine inaprensible de estímulos que rompen la más sólida de las atenciones y que dispersa su propia fuerza, y lo cierto es que aunque parezca inverosímil, el hambre no se agota, y el mundo se arruina sin arruinarse: varias veces al día algo arrasa el mundo de las redes sociales. Podemos adivinar que de ahí debe salir esa permanente sensación ya tan contemporánea de cansancio, por todas esas sanguijuelas temerosamente poderosas en su viralidad. Una suerte de agotamiento subterráneo, y a la vez constante, desguaza firme en su lentitud la potencia de nuestro sentir; desgasta sobre todo nuestra capacidad para comunicar, aliena aunque cueste creerlo nuestro deseo por compartir. ¿Aún más conectados? ¿Acaso para estar conectados no es necesario estar irremediablemente no-juntos? Tener al menos un punto de detención en el que uno pueda sentir el cuerpo de los otros, la diferencia con el suyo. Porque compartir consiste en cierta forma en emprender una negociación sin fin, en la que intervienen factores que nunca estarán a la vista, ni tampoco quedarán bajo control, en dejar un hueco para lo que no se puede cuantificar ni desde luego saber, en definitiva, albergar un intersticio para lo impensable… Contra ello, este hambre nuestra provoca que todos los deseos se hagan un deseo solo: el deseo de gastar, gastar a toda prisa lo que experimentamos en un hormigueo cuya suma final parece dar más pero en realidad tan sólo nadea. Un gasto que no deje ni por asomo ningún exceso, ningún rastro que abra una posibilidad que no pueda computarse y disolverse en el momento mismo, de forma inmediata.

Es innegable que un ocio extrañísimo campea a sus anchas por las redes de nuestro plexo sensorial, hipertrofiando a base de sensaciones programadas el tiempo de nuestro cuerpo. Por aquí van los tiros: si en verdad lo único que podemos gastar es tiempo, o más bien es el tiempo lo único que verdaderamente se gasta –nos gasta– este hambre afecta esencialmente a la experimentación del mismo, cómo entra en nosotros y especialmente cómo somos capaces o no de incorporarlo, de deglutirlo si se quiere. Aquí, frente a las acciones en las que el tiempo es un medio “para”, se nos presenta una acción curiosísima que es trabajar el propio tiempo, moldearlo por el puro gusto del moldeo. Se hace inevitable pensar que el arte tiene algo que ver con ese último trabajo, con esa manufactura de perder tiempo. La experiencia artística ahonda en la mostración de que el tiempo nunca se puede intercambiar del todo, que es desigual, injusto y desproporcionado, que se desborda continuamente, y nosotros con él.

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En cualquier caso, la cuestión es entonces qué hacer con todo ese tiempo que siempre queda de más, qué hacer para que no pueda ser engullido por las industrias del hambre. La detención de esa pulsión comunicativa, de la ansiedad del panóptico que tenemos metido en la mirada sería un primer paso. Una interrupción, eso es; puede que la experiencia artística sirva para obstruir este flujo de sobreinformación: ser un poquito ignorantes pues, cancelar el conocimiento o al menos algunas de sus formas, algunos de sus sentidos. Dado el estado actual de las cosas, la ignorancia parece ocupar un lugar cada vez más interesante en nuestro mundo en tanto que campo de exploración o vector de desorientación. Desorientación, que no distracción: la distracción mencionada antes implica que uno simplemente se desvía de un punto fijo, al que seguramente luego vuelva; yo me refiero a la capacidad de perder completamente el oriente, la finalidad y la determinación hacia el punto final en el que estamos atrapados. Sí, el arte tiene algo que ver con todo esto, con esa manera tan derrochada de trabajar el tiempo, de perderlo en el puro gozo de su pérdida, y lo que es más, que en ese despilfarro el arte sigue guardando una cierta potencia para hacer frente a tanta hambre. En contra de ese estado de distracción permanente, la operación artística puede ser capaz de crear un umbral para el sosiego, una parada dentro de esta avalancha, la que permita un encauzamiento para que sea posible inscribirla, y esa posibilidad guarda algo vital: incorporar sensaciones que abran otro sentir en esta hambruna estética.

Habiendo anestesiado hasta la náusea nuestros sentidos, la experiencia artística, más que ser aquel sillón en el que descansar ha de transformarse en otro tipo de espacio que en su interrupción nos ponga en marcha, porque sin duda nos hemos vuelto demasiado sedentarios. Quizás un lugar-revulsivo que nos desoriente de estos caminos teledirigidos, que nos recuerde que en cualquier momento el cielo se nos puede caer encima. Como una cama elástica, por ejemplo; como los saltos pletóricos que se pegan en las camas elásticas. Que sea la experiencia artística ese salto. Desde luego, en las camas elásticas todos los saltos que se pegan son decisivos: para que haya juego, y de eso va todo este asunto, hay que brincar con todas las fuerzas y sentir en las tripas que nos podemos partir la crisma por el camino. Nada trascendental, pero tan punzante como para sentirnos atravesados por el propio aire. Así, esta experiencia no sería más que una pirueta, ingenua y peligrosamente lúdica en estos tiempos de despiste monitorizado. Una pirueta claro, para que también la vean los otros, para que a los otros les den ganas de saltar, saltar con uno, hacerse partícipe del salto. ¿No parece crucial mantener hoy esa carcajada que nos revolvía el cuerpito cuando en las camas elásticas y durante la voltereta, el tiempo se dilataba y el suelo era cielo y el cielo suelo? Estoy hablando de algo muy sencillo, de un cambio de posición. Sin embargo, el salto del arte es arriesgado, tremendamente arriesgado incluso, pero también es un salto al que, cuánto más le das, más te devuelve: más altura, más tiempo, más vértigo, más juego. Esa energía totalmente desbordante con la que uno sale tras disfrutar de los prodigios de una cama elástica puede seguir ofreciéndola el arte: nada de hambre, pero inmensas ganas de todo todo todo; ese es el punto delicioso en el que la experiencia artística se confunde con la de ponerse fino, creer en ciertos dioses o hacer el amor. Quizás el arte siga teniendo lugar pues en este mundo hambriento simplemente como ejercicios para la excitación estética, como saltos profundamente ingenuos y no merecidos, pero seminales en su silencio y por ello indemnes al shock mediático que cada día asola nuestros sentidos y devasta nuestro cuerpo. Una experiencia única en su especie, siempre al alcance de la mano. Ingenuamente, porque sí, la operación artística puede seguir capeando el temporal y dando esperanza ¿No es curioso que el término ingenuo provenga de ingenuus, esto es, nacido libre y no esclavo?

Entonces preguntarnos quién teme al arte. Todo esto pensaba yo al detenerme más de la cuenta ante un post de una entrevista de José María Parreño al tristemente fallecido John Berger, saltimbanqui sin par, que sin duda invitan a pegar un buen brinco: “Pero sí puedo decir que no creo que el arte pueda cambiar la sociedad. Sin embargo, creo que muy a menudo lo que el arte ofrece a la gente es esperanza. Y cuando las personas tienen esperanza surge en ellas el coraje necesario para resistir, y para luchar por una vida mejor. O por una vida menos mala, o para luchar contra la injusticia, o para ser solidarios unos con otros en lugar de masacrarse. Todos estos impulsos, que florecen en las personas, transforman la esperanza en fuerza. Y creo que el arte es una de las fuentes de esperanza”.