OPINIÓN

Hace unos días veía un reportaje sobre el estudio de Paul Gauguin. Increíblemente limpio y ordenado, todo perfecto para que una horda de turistas pasen por allí cámara en mano, admirando… ¿admirando qué? Allí no había nada de lo que seguramente rodeaba al artista en sus momentos de trabajo. Si, claro, la silla, el caballete serán los mismos, la mesa y la cama, los objetos… pero ¿y el espíritu? A lo largo de más de 30 años dedicada al arte he visitado cientos de estudios de artistas, muchos más de los que hubiera querido, y debo reconocer que tiene algo de misterioso, incluso de impúdico, entrar en el estudio de un artista. Porque, de alguna manera, vas a ver más allá de lo que debería estar permitido, vas a entrar en el laboratorio de ideas, en la cocina, en el lugar donde no hay palabras sino energía. En el lugar que los creyentes en el arte, en esa pseudo religión que para muchos es la creación artística, sitúan a sus pequeños dioses. Una ermita más que una iglesia. Bien, pues en esos estudios que he visitado nunca jamás he encontrado tanto orden y limpieza como en el estudio de Gauguin. Normalmente son un basurero, llenos de todo lo imaginable, si son pintores telas y más telas, empezadas y no terminadas, a medias; bocetos, pinceles, trapos, manchas de pinturas, un sombrero de paja, unas gafas de buceador, un maniquí sin cabeza… si son de escultores, ya no vamos a enumerar los cacharros, las esculturas fallidas, las maquetas… sólo los fotógrafos, y relativamente, mantienen limpios el laboratorio de revelado, la zona de plató… pero sólo hasta cierto punto, reina el caos, el desorden… como reflejo de la energía creativa, de un pensamiento en movimiento, de ese espíritu creativo que no puede estarse quieto. Pensándolo un poco me surge la aclaración, solamente los estudios donde ya no hay ningún artista esta ordenado y limpio. El estudio de Miró en Palma es un auténtico sepulcro. Todo silencio, todo en orden, todo en limpio… si, ya sé que Joan Miró era un poco así, un poco obsesivo, casi paranoico con sus cosas… pero allí ya hace mucho tiempo que no entra un artista que desordene, que toque, que mueva, que respire, que viva. Sólo están limpios los estudios de los artistas muertos. El desorden es la regla, no voy a hablar de esas cajas de zapatos donde premios nacionales de fotografía guardan sus archivos, sin orden, sin fechas, sin títulos, fiándose de una memoria cada vez menos fiable.
Esos estudios de los artistas muertos, como salas de un museo de cera en las que sólo falta la reproducción, en cera, del artista pintando, son como esas cocinas de los programas de televisión, siempre limpias, con máquinas y aparatos que nunca tendremos los que de verdad cocinamos, todo está siempre limpio, siempre muerto, todo recién fregado, hay de todo lo que se pueda necesitar y cuchillos para cortarlo, instrumentos impredecibles… son mentira, es un escenario. Ahí no se guisa y hasta el tiempo de cocción es mentira. Los que cocinamos todos los días, para nosotros, para nuestras familias, por obligación o por placer, no tenemos esas cocinas, tenemos lugares llenos de platos viejos para batir los huevos y enharinar, sartenes para el tomate, cacerolas y trapos, morteros… Utensilios que pasan de generación en generación, pilas de trastos sucios… hay realidad y comida. Energía y transformación de la materia. Eso es una cocina. Y eso es un estudio de artista, no un escaparate para ver un cuento.

El estudio del artista es el lugar en el que viven los monstruos. Ese espacio en el que el hombre o la mujer se debaten con sus miedos, sus dolores y sus miserias, sus ambiciones y sus amores, un corazón roto junto al maniquí sin cabeza. Los monstruos de la envidia, el miedo, el deseo, la ira y la lujuria; todos ellos se revuelven entre los pinceles, junto con una persona que lucha por sobrevivirles, por canalizar toda esa lucha en algo que le dé un respiro, que sujete su confianza en sí mismo aunque sea sólo con unos pocos alfileres, hasta la próxima batalla. Es ahí de donde salen las obras maestras, esos cuadros, esas imágenes que nos marcarán la vida ¿Cómo va a estar limpio un campo de batalla? ¿Cómo va a estar en orden el armario de un loco?

Imagen: Estudio de Francis Bacon en 7 Reece Mews, Londres. Fotografía de Perry Ogden.