Alberto Sánchez Balmisa

Nada más abrir el plano que detalla las localizaciones de la dOCUMENTA (13), inaugurada al público el pasado sábado, una impresión aterradora recorre nuestro cuerpo. Nuestra sorpresa, sin embargo, y estando como estamos en el que dicen ser el evento artístico más importante del mundo, no se encuentra motivada, como pudiera parecer a priori, por el diseño rompedor y vanguardista de la guía; es más, se podría afirmar que estéticamente hablando, el plano en cuestión es más bien sobrio, incluso austero, y sigue al pie de la letra las recomendaciones de la nueva gobernadora de Europa Angela Merkel. El estremecimiento proviene de que el más rápido vistazo al mapa da cuenta inmediata de la inabarcable magnitud espacial y temporal de este evento, que se extiende a lo largo y ancho de la ciudad de Kassel invadiendo, además de las clásicas localizaciones de la exposición (Fridericianum, documenta-halle, neue galerie, etc.), una infinidad de lugares y no-lugares tales como casas abandonadas, locales comerciales, estaciones de tren, parques, espacios de carácter privado… Que nadie piense por tanto en aquella frase, tan habitual entre el sector del arte contemporáneo patrio, de “este verano me acerco un par de días a verla”, pues esta exposición requiere, al menos, cuatro días consecutivos de visita. Eso sin contar la infinidad de conversaciones, conferencias, discusiones, presentaciones, performances y demás didascalia time-based que se sucederá durante los cien días que dura esta exposición. dOCUMENTA, por ende, se expande, al contrario que lo que le ha ocurrido a Manifesta (de la que por cierto, no he dejado de escuchar buenos comentarios y coincidencias sobre el acierto de su comisario de concentrar la exposición en un solo edificio después del desastre murciano de hace un par de años), y se ha convertido en una exhibición del inmenso poder económico que atesora esta nación, transformándose en un macroevento imposible de emular en cualquier otra parte del mundo.

Pero ya es tiempo de dejar de lado las observaciones socioeconómicas y meterse de lleno en el discurso planteado por la comisaria esta edición Carolyn Christov-Bakargiev, aunque tal vez deberíamos decir comisarias, pues la mano de Chus Martínez se observa en infinidad de propuestas y gestos curatoriales por toda la muestra.

Empecemos con lo peor: la muestra destila cierta obsesión por incorporar trabajos no occidentales y considerarlos políticos y comprometidos sólo por el lugar del nacimiento de su autor, cuando en la mayoría de los casos estos creadores hayan estudiado y residan en el primer mundo desde hace décadas. Y una segunda objeción, si bien la recuperación del enorme parque de Karlsaue como sede de la dOCUMENTA resulta muy interesante, muchos trabajos allí presentes no rozan ni de lejos la preocupación por el espacio público, convirtiéndose en casetas que presentan microexposiciones en la mayoría de los casos insustanciales y poco representativas. Aunque siempre hay excepciones, y ese es el caso de la impresionante instalación de Pierre Huyghe, que reinterpreta perfectamente lo que una producción en un espacio de estas características puede y debe ser, el de la sutil vivienda de Anna Maria Maiolino, o el de la aterradora instalación sonora de Cardiff y Bures Miller, que transforma por unos minutos nuestra plácida estancia en Karlsaue en una traumática experiencia.

Y es que en líneas generales, la impresión de esta edición de dOCUMENTA es que la exposición se hace más brillante a medida que el statement de la comisaria (formalizado en la exposición que tiene lugar en el Fridericianum) se convierte en un eco lejano del resto de las obras que podemos ver a lo largo y ancho de Kassel, dejando a los artistas y a sus obras habitar libremente los diferentes espacios de la ciudad. Como ocurre en la Hauptbanhof, donde las obras de Haris Epaminonda y Carl Gustav Kramer, Javier Tellez, Janet Cardiff y Georges Bures Miller (espléndidos también aquí), Christodoulos Panayiotou, The Otolith Group, William Kentridge y Haegue Yang hicieron que los visitantes, durante los días dedicados en exclusiva a los profesionales, se multiplicaran al correrse la voz de la enorme calidad de las obras allí presentadas. Lo mismo ocurrió con el conjunto localizado en la Friedrichstrasse con piezas de Gerard Byrne, Tino Sehgal, Theaster Gater, Paul Chan y Francis Alÿs. Por último, destacar también las intervenciones desarrolladas en dos galerías comerciales adyacentes del centro de la ciudad por Renata Lucas y Cedvet Erek, saturando dos espacios destinados al consumo mediante dos materiales muy diferentes: el cemento y el sonido.

Imagen: Haris Epaminonda y Daniel Gustav Cramer. The End Of The Summer, 2012.