OPINIÓN

En los primeros días de noviembre hemos asistido, una vez más, a esos episodios de la historia del arte que reúnen, tan al gusto del público general, esos elementos melodramáticos tan característicos. Se ha subastado una de las obras más simbólicas de la modernidad, la pintura de Amadeo Modigliani Nu couché, en Christie’s Nueva York, alcanzando el segundo lugar en la lista de precios más altos de la historia de las subastas: 158 millones de euros. Esta obra nunca antes había sido subastada y sólo se expuso una vez en vida del artista, organizando tal escándalo que la muestra tuvo que ser clausurada a los 10 días de abrirse. Y con este record de un cuadro tan famoso la leyenda maldita avanza un gran paso: por supuesto Modigliani nunca vendió un cuadro, y en el ranking de artistas malditos también ocupa el segundo puesto, después de Van Gogh. Sus dibujos y pinturas le servían para cambiarlos por comida y algún otro servicio básico. Y es que Modigliani es el arquetipo del artista maldito: nacido en 1884 en Italia en una familia burguesa de origen judío, el cuarto hijo, enfermizo y el favorito de su madre, se dedica al arte y, lógicamente se va a París, en 1906, donde llevaría una vida cada vez más difícil hasta entrar de lleno en el mundo del alcohol y las drogas. Sólo expuso una vez, nunca vendió nada, y moría de una meningitis tuberculosa con 35 años en la extrema pobreza. Pero antes conocería a la joven estudiante de arte Jean Hébutterne, con la que tendría una hija y con la que nunca pudo casarse por la oposición de la familia de ella. Un amor fatal, ya que él moriría en sus brazos, ella nuevamente embarazada, y dos días después del funeral, ella se arrojaría desde un quinto piso acabando con su vida y la del futuro hijo. Nu couché es un retrato, otro más, de ella. Todo perfecto para aceptar el destino fatal de los mejores artistas que deben vivir en la miseria para que después de su muerte las casas de subastas, las familias de ricos coleccionistas de fino ojo y ávido olfato para las gangas, y algún otro intermediario oportuno y muy profesional, se enriquezcan. Para el artista queda la gloria.

Este “dinero de sangre” es, en cualquier lugar y circunstancia, una barbaridad. No hay nada que valga 158 millones de euros. Es un precio tan absurdo y tan exagerado como la propia vida de Amadeo Modigliani. Y si lo analizamos en un mercado del arte en las fechas actuales, en las que vender una obra entre 1.000 y 20.000 euros es prácticamente imposible, resulta bochornoso hablar de estas cantidades. Para colmo de colmo, el comprador que ha pagado esta cantidad es un antiguo taxista asiático que se ha hecho infinitamente rico en pocos años, hasta el punto de poder gastar parte de lo que le sobra, 158 millones de nada, en una obra de arte. Es decir artistas: moriros pronto, de asco, de tuberculosis, de lo que sea pero pronto. Cuanto antes os muráis, con un poco de suerte, vuestras familias igual pueden amortizar algo de vuestra obra… o tal vez tampoco, porque ahora sois muchos, tantos que no se os puede asegurar ni la gloria. Ya he comentado alguna vez esa leyenda de que el artista crea mejor en la miseria, pasando frío, viendo morirse de hambre y de frío a sus hijos, leyenda aplaudida por algunos galeristas y ricos coleccionistas rapiñeros. Esa es la leyenda que alimenta el arte frente a las masas de ignorantes que valoran más un modigliani sabiendo que esa mujer fue capaz de morir por él, que claro, ya había muerto. Un canto a la desesperación, tan conocida en muchas casas en estos días del siglo XXI. El amor fatal, la vida fracasada de los grandes mitos…, la miseria en definitiva. Pero hoy, los artistas siguen teniendo que cambiar sus obras por comida o por lo que se pueda. Siguen sin poder vender nada en vida, o muy poco, sus obras realmente no valen nada, y muchos coleccionistas inocentes que las compraron en un momento de bonanza se encuentran con que el mercado no se las acepta de vuelta aunque el artista esté en un “gran momento internacional”, simplemente porque nadie paga nada por ellas. Hace tiempo un inteligente dealer español me decía que ganaba más revendiendo una obra de 10 millones de euros (en una semana puedo subirle medio millón de beneficio) que una de 20.000 euros, para la que habría que dejar pasar años hasta poder subirle ni siquiera al doble de su precio. Al final, exceptuando lo que puedan tener los museos, el arte acaba en bodegas de orientales ricos a la espera de ser vueltas a vender y en los almacenes de Christie’s, no sé si para eso merece la pena morir de tuberculosis en una fría habitación de cualquier buhardilla de París y que tu viuda se tire por la ventana, sólo para placer de curiosos y románticos; ah, y de los intermediarios del mercado.