OPINIÓN

Tal vez es porque nos hacemos viejos. El tiempo pasa y poco a poco los compañeros de viaje van saliendo del vagón, apeándose en estaciones imprevisibles. Incluso aquellos desconocidos que ya formaban parte del paisaje se borran y desvanecen en el horizonte. Los que seguimos el viaje nos vamos quedando cada vez más solos y no podemos evitar mirar a quien se sienta enfrente de nosotros y pensar “¿será él o yo quien antes se vaya?”. Seguramente él, ella, piensa lo mismo. Nos iremos todos, poco a poco e incluso de golpe. No sabemos a dónde iremos pero lo que está claro es que aquí no se va a quedar nadie. Estos últimos días han muerto dos personas que conocía, no eran mis amigos pero habíamos compartido situaciones, época, conocidos, experiencias… íbamos en el mismo tren. Dos artistas, Ramón de Soto, escultor valenciano, al que apenas había visto unas pocas veces y del que recuerdo que una vez casi me destroza la mano al estrechármela en un ARCO en Madrid. Poco más compartimos, su trabajo nunca fue de mi interés, pero compartíamos en Facebook opiniones y comentarios y eso, espejismo fatuo, hace que nos sintamos más cerca de personas que nunca estuvieron realmente cerca. Pero ahora su ausencia pesa más aún, pues como sabéis los muertos siguen viviendo en Facebook pues sus perfiles no se quitan sólo por estar muertos y parece que esperemos que desde allá donde estén en cualquier momento digan que a ellos también les “like” cualquier comentario tonto que colguemos.

Hace un año murió un auténtico amigo, alguien muy cercano, Pere Formiguera, gran fotógrafo, excelente escritor, pero sobre todo dueño de una inteligencia, un sentido del humor y una personalidad inigualable. Se murió sin despedirse, sin decir adiós. Nos comunicábamos por Facebook y por mail pues él estaba anclado en su pueblo a la orilla de Barcelona y yo girando como una peonza por cualquier lado. Quedamos en vernos la próxima semana y se murió sin esperarme. Una ausencia que aún me sorprende, que aún me enfada, que aún me duele. Y que me asusta cuando en FB aparece su nombre, su perfil aún abierto.

Luis Pérez Mínguez, fotógrafo, de familia de artistas, protagonista de una movida interminable que él con su silla de ruedas y su fiel perro, nos recordaba por las galerías y las calles de Madrid también se ha ido inopinadamente, sin decir adiós. Ya no le veré más. Nos quedan sus obras, sus fotografías, como las esculturas de Ramón de Soto, se quedan aquí. Pero es la persona a la que echaremos de menos. Luis no era un amigo cercano, pero era alguien que durante años veía permanentemente, mucho más que a mis grandes amigos que viven tan lejos, siempre, más que a algunos familiares cercanos. Luis era uno de esos “de siempre”, fiel presencia en inauguraciones, paseatas por el Retiro, compañero de bromas y recuerdos. Su ausencia será mucho más fuerte que su presencia. La única ausencia que no notaremos será la nuestra propia. Se han ido en silencio, elegantemente. También el escultor que nunca conocí en persona Igor Mitoraj, pero cuyas obras siempre asociaré a un buen amigo que tenía varias en su salón, en su antigua casa, en su antigua vida, ya muertas las dos. Es curioso como las obras sustituyen a sus autores en una memoria personal e individual. Y como cuando la persona se ha ido, incluso sin decir adiós, la presencia de sus obras es para unos una sustitución del ausente, esa idea de que nos eternizamos a través de nuestros hijos, de nuestros libros, de nuestras obras. No lo creo ni lo he creído nunca, las obras tienen una vida propia, y por supuesto los hijos también. La obra, el libro, una vez finalizado, corta el cordón umbilical y se separa de su autor de forma radical e irreversible…los hijos nos llevan en la piel, en el fondo de lo más oscuro de los ojos, pero nuestra imagen, nuestro recuerdo se desvanece pues la vida, su propia vida, arroya todo a su paso. Como debe ser. Lo mejor es el olvido. Bajarse en la estación, en cualquier estación, apenas sonriendo a los que se quedan, sin despedirse, casi como si fuéramos a comprar un periódico, un bocadillo, “ahora vuelvo”. Desapariciones suaves, despedidas infinitas y profundas. La muerte se lo lleva todo, lo que todavía no sabemos es a dónde, tal vez Pere, Luis, Ramon, Igor…ya lo saben.