OPINIÓN

Hace unos días en una charla sobre arte y usos neoliberales de la política actual, una artista comentaba que sentía que los artistas entraban en un momento en el que empezaban a ser desechables. Creo que ese momento efectivamente ha llegado, posiblemente hace tiempo. ¿Cuál sería entonces el lugar del artista y por extensión el del arte? La respuesta debe venir después de saber por qué se ha llegado a esta situación, cuándo se ha consumado la fagocitación del artista por parte del mercado, de la institución y finalmente del dinero privado convertido en fundación. Hace tiempo que el artista se autoengaña poniéndose al servicio de instituciones públicas y privadas, nos dimos cuenta perfectamente de esto cuando los artistas más controvertidos, más críticos con las situaciones políticas exponían sus obras radicales, críticas, incluso a veces ofensivas para el sistema neoliberal dominante en los templos económicos del arte: las galerías más importantes y más ricas, las ferias de arte y las instituciones culturales de los sistemas políticos que ponían en práctica actuaciones criticadas por las obras que se exponían en sus propias instituciones.

Una de las actitudes más características de los sistemas políticos actuales, democráticos y permisivos, es por un lado actuar de una forma más que cuestionable (recortes en el bienestar social, reforzamiento de las estructuras financieras, y más concretamente negarse a recibir refugiados, endurecimiento de las fronteras, participar en guerras de todo tipo, vigilancia masiva a los ciudadanos, etc.), algo ante lo que los artistas han actuado de dos formas básicamente: bien encerrándose en una subjetividad abstracta (ir a su bola, por libre al margen de la situación social que les rodea) o criticar con su obra estas actitudes. En las dos opciones el sistema los engulle, pues como un Alien monstruoso todo lo que devora le da fuerza. Igual que la democracia norteamericana asume y paga a sus críticos más feroces (por ejemplo Noam Chomsky, cuyo cuestionamiento desde una universidad pública norteamericana le incluye en el propio sistema que critica), lo que le da credibilidad en su puesta en escena internacional.

Ahora bien, ¿qué podemos pensar cuando un trabajo crítico contra la actuación con los refugiados en Europa se instala en uno de los edificios que representa el poder político de Alemania, por ejemplo? ¿Influye la obra de Ai Wei Wei, a pesar de su difusión internacional, en algo en la política europea? ¿Qué significa que el gobierno alemán permita y subvencione la instalación cuando la política en este tema no se va a alterar? Asumiendo la crítica pareciera que acepta que es una actitud criticable, que el poder es sensible al tema, pero no por ello va a aceptar la entrada de más refugiados ni nada por el estilo. Solamente algunos fotógrafos de prensa, a pie de frontera, han demostrado su sensibilidad realmente con estos temas, como con otros muchos.

La figura del artista ha sido absorbida, al margen de las intenciones del artista, por los diferentes poderes, o más bien por el único poder absoluto actual: el dinero. Se entiende que estas instituciones y fundaciones públicas y privadas son las que convierten a los artistas en ricos y famoso, pero… Por poner un pequeño ejemplo, el artista Santiago Sierra se negó a aceptar el Premio Nacional de Artes Plásticas de España, porque no quería el reconocimiento de un país que intervenía en guerras injustas en otros países (como en Afganistan o Irak), aunque no tuvo ningún problema en aceptar a ese mismo país con la misma actitud bélica unos años antes en la Bienal de Venecia. ¿Qué podemos pensar de este artista cuando presenta una obra en una feria de arte en la que unos obreros claramente de muy bajo nivel laboral construyen en directo, delante de la clase alta de México, un inodoro? ¿Es un chiste, un insulto -¿a quién exactamente?- una ironía, un dedo en el ojo, es acaso una actitud política, simplemente es una boutade? Efectivamente el artista se ha convertido no sólo en manipulable, usable y domesticable, sino claramente en desechable.

El arte y el artista tendrán que repensar cuál es su lugar en una sociedad en la que la democracia parece convertirse en una palabra vacía de su sentido real, en la que los políticos y las fuerzas económicas hacen y deshacen sin tener en cuenta las reglas mínimas de decencia, siguiendo la tónica neoliberal que parece estar ya arraigada en la sociedad actual. De momento parece que todos, artistas y ciudadanos en general, nos encontramos a la deriva en un mar tumultuoso.