OPINIÓN

Una de las frases que más me gusta repetir y que me sirve para casi todo es la que dijo Antón Chéjov: “El arte se divide en dos bloques: el que me gusta y el que no”. Después de toda una vida leyendo de arte, teoría, estética, escuchando a eruditos y artistas nunca he encontrado una actitud más clara y honesta, más sincera y que no deja lugar a debate alguno. Algo parecido pasa con los desastres. Hay dos tipos de desastres: los que me afectan y los que no. El horror del ébola que se lleva cientos de vidas de vez en cuando en África no nos importa a los europeos lo más mínimo… hasta que se cuela en nuestras casas con calefacción central y baños alicatados hasta el techo. Estos días de septiembre vivimos en medio de continuos desastres: los huracanes Harvey, Irma y, recientemente, María han asolado el Caribe, el sur de Estados Unidos; por supuesto, Cuba, Haití, la República Dominicana, Barbudas y, ahora, Puerto Rico. En México (donde yo vivo actualmente) en apenas diez días dos terremotos por encima de los 7 grados en la escala Richter han destruido miles de casas, matado a cientos de personas y dejado a su paso más miseria, más miedo; aumentando la inmensa dificultad de este país por levantar cabeza entre la violencia del narco, la impunidad y corrupción de sus políticos y la fuerza de una naturaleza que por momentos parece enloquecer.

Todo esto yo lo he vivido en dos vidas paralelas: aquí en México sobreviviendo y ayudando en lo posible a que otros sobrevivan, con el corazón en un puño, la mochila de emergencia lista y durmiendo con un ojo abierto, el oído afinado y los zapatos puestos. Allí en España, al margen de la familia y los amigos, la vida seguía entre cervecitas por la tarde, terrazas al final del verano, discusiones estéticas y el eterno debate de Catalunya y su referéndum. Nunca he tenido una idea más clara de lo que significa la existencia de dos mundos paralelos. Ahora sé que hay varias realidades alternativas, mundos paralelos que conviven en el espacio tiempo. Mientras una joven voluntariosa, curadora de pueblo, da una charla sobre el feminismo en el mundo del arte, en el otro extremo del mundo una familia es arrastrada por el viento y atrapada en medio del agua, varias casas se hunden en Oaxaca y algún niño es violado en un mugriento refugio entre Siria y Europa. Todos estos hechos diferentes que ocurren al mismo tiempo tienen en común que a nadie, salvo a la curadora feminista, al niño violado, a los que habitaban las casas de Oaxaca y a los ahogados en algún huracán, les importa lo más mínimo. Pero no hay que pensar que entre esos hechos es necesario que haya distancia física. Estos días en México al mismo tiempo, miles de personas arañaban la tierra con sus manos para salvar a desconocidos, mientras unos kilómetros más allá, apenas unas calles, alguna editorial o librería se deshacía por presentar y vender los fotolibros de moda, y algún anticuario con sede en los anillos de Saturno sacaba lustre a sus mesas de estilo colonial. Un artista te invita a ir de exposiciones, mientras tu recoges ropa y zapatos, comida y medicinas para ayudar a gente que nunca sabrán nada de ti ni tú de ellos, mientras otros artistas, otros galeristas de otros mundos, se lanzan bajo la lluvia con picos y palas, linternas, bocadillos para ayudar donde haga falta. Para sacar a la vida a mujeres, hombres, niños, perros, gatos, a todo lo que quede con vida. Mientras los políticos que representan a los muertos y desaparecidos, a los artistas y anticuarios, a los rescatistas, a los que regalan todo lo que les queda a cambio de nada, ni siquiera de un selfie, descansan en sus infinitos salones pensando en las próximas elecciones, y los periódicos españoles nos aconsejan cómo vestirnos para volver al gimnasio después de los excesos del verano. Vidas paralelas, mundos alternativos, diálogos de besugos.