OPINIÓN

Dicen que los tangos cuentan la triste historia de lo que pudo haber sido y no fue. Los boleros, por el contrario, nos cantan sobre lo que nos hubiera gustado que fuera y por un momento pudo llegar a ocurrir. Si la historia del arte, de la cultura, en España fuera un ritmo, tal vez sería una bossa nova: un pasito para adelante, dos pasitos para detrás y, ¡hey!, vuelta a empezar. Tal vez es que los españoles no saben bailar.


El caso es que estamos en ese momento crucial de “dos pasitos para atrás”, es decir, de deshacer lo que se había hecho. Con esfuerzo a veces, con descaro otras, pero estaba hecho. Ahora, se empieza a deshacer el camino, a desandar lo andado. Museos que habían conseguido organizar colecciones, centros que habían logrado crear conexiones internacionales, intercambios de becarios, apoyos con centros homólogos de otros países… Ahora hay que anularlo todo, y donde digo Diego, lo que quise decir fue “no tengo dinero”. Años de fomentar la presencia española fuera de España para que cuando se empezaban a ver los primeros destellos de luz al final de un túnel interminable, se vuelva atrás porque ya no tenemos cuerda para seguir de excursión. Efectivamente, no hay dinero, pero de lo que no queda ni rastro es de seriedad. Lo que parece ahora es que todo era un juego, una broma, que la cultura es como un exceso de presupuesto, que cuando sobra pues se hace algo (auditorios sin programación, museos sin personal) pero cuando falta se cierra el tenderete en un plis plas y a otra cosa. Cuando vuelva a haber un poquito de liquidez volveremos a empezar… la casa por el tejado.


Es cierto que de aquellos polvos estos lodos, pero nadie se plantea cerrar Barajas porque se hayan construido aeropuertos imposibles en los que nunca hubo un viajero, mientras que a los museos se les contabiliza hasta el coste del papel de water, con perdón. Y es que con la cultura todos los gobiernos se atreven. Con la cultura y con los programas educativos, y eso hace que este país, el nuestro, no parezca serio ni riguroso, y ciertamente ayuda poco a construir nada. Aquí vivimos en el reinado de Penélope, que cada ocho años deshace lo hecho. La idea básica, la más peligrosa que se transmite con este ritmo de un paso adelante y dos hacia atrás, es que realmente la cultura, el arte, es un adorno del que se puede prescindir sin que realmente pase nada. Que tanto la edición, como el mercado del arte, como la industria del cine o de la música, son pequeñeces desdeñables, sin pararse a considerar que eso es lo que tan rimbombantemente se denomina desde el Gobierno “industrias culturales”. Y que esas industrias mueven aproximadamente el 7% del Producto Interior Bruto. Algo que no es ninguna tontería en un país que no fabrica nada que se pueda exportar.


Hay muchos puestos de trabajo, mucho dinero y mucha energía moviéndose en el mundo de las industrias culturales para bailar este ritmo de ahora adelante, ahora hacia atrás, que parece tan cómodo de bailar para políticos de escaso interés por la cultura contemporánea. ¡Y es que los vivos somos tan molestos! El mejor patrimonio es el que dejaron los siglos pasados, ¿y los próximos siglos? Esos no parece que les importe a nadie, porque nadie cree que los artistas de hoy serán goyas o picassos de mañana. Sólo los muertos, o los que mueren, los que van muriendo, parecen ser importantes, y rentables. Y ahí tenemos a Antoni Tàpies, el último gran artista al estilo clásico que este país probablemente ofrezca para la posteridad. Dimos unos tímidos pasos hacia delante en los últimos años, los próximos volveremos hacía atrás, desandando el camino hecho, borrando las huellas que dejamos en nuestro avance. Tal vez mañana, cuando vuelva a haber dinero para la cultura, ya no se pueda recuperar lo perdido.

Imagen: Andy Warhol. Dance Diagram (Tango), ca. 1962.