OPINIÓN

Ya estamos a las puertas de las vacaciones de verano. Es un buen momento de decir adiós. Con el calor realmente las pocas ganas de trabajar que quedan se esfuman como el humo. La mayoría volverá después de un par de semanas, pero hay otro tipo de adiós. La de aquellos que deciden dejar algo atrás, una etapa de su vida, una profesión, un país. No hablo, no en esta ocasión, de los suicidas a los que no sólo les tengo respeto sino en ocasiones una cierta admiración. Estas decisiones que vienen a ser cerrar una etapa y empezar otra que no tiene nada que ver con la anterior, son decisiones muy importantes que no todos saben tomar aunque a todos en algún momento de nuestra vida nos gustaría tener el valor necesario para hacerlo y decir adiós de una vez. Es la difícil decisión del escritor, del artista que un día sabe que eso se terminó. Dejar de hacer algo a lo que has dedicado toda tu vida es un paso decisivo. Dejar la ciudad para vivir en el campo, tampoco es pequeño cambio. Pero dejar de trabajar en un banco de inversiones para ser granjero ecológico, esa es de verdad una decisión crucial.

Deberíamos dedicar estas vacaciones para pensar si merece la pena lo que estamos haciendo, lo que venimos haciendo desde hace tantos años. Barbara J. Bloemink ha puesto su adiós, y sus razones para decirlo, en Facebook para informar a todos sus seguidores que cierra una etapa de su vida dedicada por entero al arte contemporáneo. Para los que no sepan quién es les invito a buscarla en Google, pues enumerar aquí los museos que dirigió, los centros a los que asesoró, las exposiciones que comisarió… llenaría por completo este texto. Simplemente es una persona que dedicó 60 años de su vida al arte y a la cultura. Lo deja, dice adiós y se va a otro territorio porque ya no puede más con la corrupción, el rumbo de los museos, de las tendencias… Todos ellos argumentos que podríamos tener casi todos en el sector. Sin duda hay algo más, un cansancio brutal que no se quita con unas vacaciones. En ese caso, como en todos, hay también una sensación insoportable de ver que todo los que buscabas, todo lo que creíste alguna vez que encontrarías por el camino, ya no sucederá, ya no tienes que esperar pues todo eso fue simplemente una mala interpretación de la realidad. Ese desasosiego de ver que aquello que era lo que más te gustaba en la vida ya no te merece el más mínimo esfuerzo, la decepción que te pueden generar tanto los artistas como todos aquellos que sólo vinieron a este, tu territorio, para medrar, para ganar dinero, para tener poder… algo tan humano y tan inesperado a la vez porque hablamos del mundo del arte. Inocente Barbara J. Bloemink e inocentes tantos otros, entre ellos incluso yo misma durante esporádicos momentos.

Por lo general nadie dimite y nadie dice adiós, son pocos los escritores que se dan cuenta de su debilidad física a tiempo, casi nadie acepta que ya no tiene nada que contar (salvo Juan Rulfo y alguno más) y alargan su decadencia hasta el final de sus vidas. No sabemos si es que han perdido la lucidez o la vergüenza, pero es triste ver a aquellos artistas que revolucionaron el arte pintando cuando ya obviamente les tiembla el pulso y es un ayudante el que no sólo le ayuda a comer sino a “realizar” sus obras; lamentable leer textos vulgares de aquellos grandes escritores de nuestra juventud, ¿Cuándo se les pasó el momento de decir adiós con elegancia? Una de las razones para decir adiós es el tiempo transcurrido, y el cansancio inevitable que conlleva, pero otro aún más triste es la decepción. Este verano recuerdo con cierta tristeza aquellos viajes en condiciones perentorias, maratones de autobuses, carretera, malos hostales para ver la Documenta, la Bienal y el Proyecto Escultórico de Münster, para descubrir grandes obras, ideas arriesgadas, nombres desconocidos, lugares solo entrevistos en algún mapa, en postales imprevistas. Mi primer viaje para ver un Ucello en la Cappella degli Uffici, pequeñito y mágico, en auto stop desde Madrid a Florencia y vuelta. Nunca he creído que la juventud sea el mejor tiempo para la aventura, es sin duda la madurez cuando vivimos experiencias más arriesgadas y más veces, pero la ilusión para recorrer kilómetros sin saber que encontrarás al final se pierde con el tiempo. Sin duda porque ya sabes lo que hay al final del camino, y ni una habitación de lujo y un coche con chofer te alivian de ese triste desasosiego de ver que el arte ya no es lo que tu creías que era. Tal vez tu tiempo haya pasado, o tal vez te has equivocado de camino, has cogido un área de servicio en la autopista y te has perdido por el camino. O, tal vez, la gran fiesta se ha vuelto una fiesta de pueblo. Cada cual que elija la respuesta más adecuada.