OPINIÓN

De piedra, de mármol, de bronce… las estatuas, esculturas, efigies, homenajes que pueblan las plazas y las rotondas de todo el mundo se enfrentan al tiempo infinito de un futuro imprevisible desde muy diferentes planteamientos. La mayoría de ellas se crearon para conmemorar hechos, para recordar efemérides, prohombres que ya nadie recuerda aunque sus efigies ecuestres, como las tortugas o los loros, nos sobrevivan a todos los que no estamos hechos para la eternidad. No somos de piedra, sino de carne y por lo tanto con fecha de caducidad. El hoy conocido como arte público y siempre mencionado como esculturas en la calle, tiene orígenes diversos y desiguales y es curioso que aquellas que están ahí “desde siempre”, es decir aquellas que ya estaban instaladas cuando nadie hablaba de arte público, hayan resistido aceptablemente el paso del tiempo y sean valoradas y aceptadas por la mayoría de la ciudadanía, mientras que esas otras construidas y levantadas en concursos, con grandes presupuestos y autores famosos no parecen interesar a nadie. Parece ser que el arte actual no está pensado para la calle, o que la calle no está pensada para el arte actual. Salvo excepciones (y no digo honrosas para no herir susceptibilidades) pocos son los artistas que hoy levantan grandes monumentos y gozan del favor de ese público al que parece que deberían ir destinadas. Uno de ellos es, sin duda, Jeff Koons con sus “puppies” dispersos por diferentes lugares del mundo, entre ellos la entrada del Guggenheim de Bilbao. O Louise Bourgeois, unos metros más atrás en un lateral del museo vasco americano de Bilbao. Y es curioso que dos artistas tan diferentes finalmente se igualen en la aceptación de un público imprevisto.
Cambian los tiempos y cambia la forma de la celebración, del homenaje, cambia hasta la propia idea de eternidad. Hoy no se quiere levantar un monumento para siempre, se fijan plazos: quince años tal vez. Hoy no se quiere construir en mármol lo que puede ser construido con materiales más cercanos aunque no más baratos, apariencia y significado, símbolo y memoria, todos ellos elementos bajo la estricta mirada de público y críticos. El resultado es que estamos llenando nuestras plazas, nuestras calles de adefesios que no conmemoran nada, que ni están pensados para la eternidad ni siquiera para el breve momento de una vida. Trastos que molestan el paso e interrumpen el horizonte. Excusas para que artistas, gestores y políticos municipales ganen un poco más. En España hay cientos de rotondas que sólo son la excusa para una escultura, que en muchas ocasiones ni siquiera tienen un artista detrás. Las carreteras plagadas de cadáveres erectos que un día ganaron algún concurso de arte público. Nadie se acuerda ni qué conmemoran ni quién los creo. Son esculturas que conmemoran la nada, que homenajean la estúpida riqueza crepuscular de arquitectos, artistas y políticos. La nada de la nada. Y claro, para conmemorar esto mejor no usar el mármol, mejor usar la paja. Se dice que Henry Moore era un escultor de parques y jardines, si se piensa que es un insulto creo que es el insulto más agradecido de la historia del arte: ningún otro escultor ha conseguido esa grandeza en tan pocos gestos y que, además, haya gustado tanto a un público que ha podido convivir, sentarse a descansar, a leer un libro, a mirar el cielo, al lado de sus figuras. No hay muchos artistas que puedan presumir de algo parecido.
Se levanta una escultura como recuerdo, como homenaje… pero cuando lo que se quiere recordar no le interesa a nadie, si lo que se homenajea es tan abstracto que no tiene forma, mejor dejar que vuele en la imaginación. La Victoria de Samotracia, en mármol, ha vuelto a la escalera del Louvre en París… recordándonos una victoria de una batalla que no existe nada más que en ese cuerpo incompleto pero de una hermosura que ha superado el paso del tiempo, y por eso debe ser de mármol. Hay esculturas que celebran la existencia del reloj de pulsera, caballos galopando en cientos de ciudades que no van a ningún sitio, militares a caballo que nunca quisimos conocer, que nos gustaría olvidar. Hay cosas que es mejor olvidar, y casi todo lo que queremos recordar lo podemos hacer sin piedras ni hierros, sin mármol ni oro. Como le dijo el amante a la amada que se alejaba: no necesito tus cartas ni tus prendas para recordarte, te recordaré mientras me dure el amor por ti… después, lo mejor es el olvido.

Imagen: Laocoonte y sus hijos.