OPINIÓN

A la espera de conocer los efectos del nuevo IVA para el comercio del arte en nuestro país, y con esa prometida y nunca arribada Ley de Mecenazgo que ha provocado más de un enfrentamiento entre la secretaría de Cultura y el Ministerio de Hacienda, la Fundación Arte y Mecenazgo (impulsada por la Obra Social de “la Caixa”) ha hecho público el informe titulado El mercado español del arte en 2012, elaborado por Clare McAndrews, fundadora y directora general de Art Economics.


Como no podía ser de otro modo, los resultados del informe, no son, ni mucho menos esperanzadores. De hecho, y a la espera de las más que temibles consecuencias del nuevo régimen fiscal para el comercio del arte, lo que el informe describe es un sector claramente en retroceso, muy afectado por el colapso generalizado de la actividad económica en todo el país, pero también por una brutal falta de cultura artística que no se ha sabido promover y que no ha terminado de calar en la sociedad.


En términos generales, el informe habla de una suerte de burbuja en el comercio del arte en España entre los años 2002 y 2007 que conllevó un crecimiento del 200% en el sector, superior al experimentado por grandes potencias como China (194,1%), Reino Unido (94,1), Suiza (70,3) o EEUU (87,3%). A este lustro de crecimiento exponencial, le sucedió primero un periodo de declive entre los años 2007 y 2009 (-43,5%), y luego, un bienio de ligera recuperación entre 2009 y 2011 (11,5%). El resultado final es que el crecimiento total del mercado del arte en España entre 2002 y 2011 ha sido del 87,4%, una cifra que puede resultar insignificante si la comparamos con países como China (803,6%) o Suiza (216,3%) pero que no es nada despreciable si la evaluamos frente a la de otros grandes núcleos del mercado del arte como EE UU (40,6%) o Reino Unido (59,6%).


Las cuestiones que surgen de todo esto son, fundamentalmente, dos. En primer lugar, reconocer de dónde venimos: España, en efecto, es un país sin apenas cultura artística que tiene que crear una estructura de recepción, promoción, difusión y venta para el arte en apenas treinta años, y en el que durante la primera década del siglo XXI se aprovecha el boom económico sin pararse a reflexionar sobre si los cimientos sobre los que se asentaba ese brutal crecimiento eran realmente consistentes. Y en segundo, reflexionar hacia dónde queremos, podemos y debemos ir en un momento crítico en el que el mercado del arte parece vivir un momento de colapso generalizado salpimentado además por el Gobierno con ese nuevo régimen fiscal que terminará de convertir al mercado del arte en una suerte de quimera en la que tan sólo unos pocos, los de siempre, por otra parte, saldrán beneficiados.


Ahora bien, ¿por qué pagar, también desde el sector de las galerías (que representa el 75% del mercado del arte en España), la factura de los delirios de grandeza de unos políticos ineptos, incapaces de presentir que el crecimiento del país se asentaba sobre una burbuja? Tal vez, en lugar de seguir emitiendo lamentos, sea el momento de pensar en nuevas condiciones de posibilidad del intercambio comercial del arte en ese nuevo marco tributario que el Gobierno se ha empeñado en aplicar e imponer sobre el sector. Sí, han leído bien, de lo que estoy hablando es de disidencia, de subvertir o aprovechar la normativa legal vigente para hacer reflexionar a los burócratas.


Porque como muchos sabrán, la mejor forma de crear una disrupción (una parálisis) en el sistema capitalista es, precisamente, sobresaturarlo mediante una acción en el marco de sus acostumbrados mecanismos de intercambio. En nuestro caso, como muchos habrán advertido, dicha acción pasa irremediablemente por, en primer lugar, ocultar a la Hacienda pública las transacciones entre particulares, y en segundo, por salir a los eventos internacionales para sortear los impuestos vigentes en nuestro Estado y de paso, buscar nuevos contactos, nuevas vías de desarrollo. Me consta que muchos ya lo están haciendo, como también me consta que otros tantos están aprovechando esta “salida natural” al nuevo régimen fiscal del arte, para precarizar su relación laboral con los artistas y con otros agentes, algo totalmente inaceptable por otra parte, pues la ética entre los diferentes agentes del arte deberían gobernar ahora, más que nunca, nuestros actos.

Imagen: Cildo Meireles. Zero Dollar, 1977.

A la espera de conocer los efectos del nuevo IVA para el comercio del arte en nuestro país, y con esa prometida y nunca arribada Ley de Mecenazgo que ha provocado más de un enfrentamiento entre la secretaría de Cultura y el Ministerio de Hacienda, la Fundación Arte y Mecenazgo (impulsada por la Obra Social de “la Caixa”) ha hecho público el informe titulado El mercado español del arte en 2012, elaborado por Clare McAndrews, fundadora y directora general de Art Economics.


Como no podía ser de otro modo, los resultados del informe, no son, ni mucho menos esperanzadores. De hecho, y a la espera de las más que temibles consecuencias del nuevo régimen fiscal para el comercio del arte, lo que el informe describe es un sector claramente en retroceso, muy afectado por el colapso generalizado de la actividad económica en todo el país, pero también por una brutal falta de cultura artística que no se ha sabido promover y que no ha terminado de calar en la sociedad.


En términos generales, el informe habla de una suerte de burbuja en el comercio del arte en España entre los años 2002 y 2007 que conllevó un crecimiento del 200% en el sector, superior al experimentado por grandes potencias como China (194,1%), Reino Unido (94,1), Suiza (70,3) o EEUU (87,3%). A este lustro de crecimiento exponencial, le sucedió primero un periodo de declive entre los años 2007 y 2009 (-43,5%), y luego, un bienio de ligera recuperación entre 2009 y 2011 (11,5%). El resultado final es que el crecimiento total del mercado del arte en España entre 2002 y 2011 ha sido del 87,4%, una cifra que puede resultar insignificante si la comparamos con países como China (803,6%) o Suiza (216,3%) pero que no es nada despreciable si la evaluamos frente a la de otros grandes núcleos del mercado del arte como EE UU (40,6%) o Reino Unido (59,6%).


Las cuestiones que surgen de todo esto son, fundamentalmente, dos. En primer lugar, reconocer de dónde venimos: España, en efecto, es un país sin apenas cultura artística que tiene que crear una estructura de recepción, promoción, difusión y venta para el arte en apenas treinta años, y en el que durante la primera década del siglo XXI se aprovecha el boom económico sin pararse a reflexionar sobre si los cimientos sobre los que se asentaba ese brutal crecimiento eran realmente consistentes. Y en segundo, reflexionar hacia dónde queremos, podemos y debemos ir en un momento crítico en el que el mercado del arte parece vivir un momento de colapso generalizado salpimentado además por el Gobierno con ese nuevo régimen fiscal que terminará de convertir al mercado del arte en una suerte de quimera en la que tan sólo unos pocos, los de siempre, por otra parte, saldrán beneficiados.


Ahora bien, ¿por qué pagar, también desde el sector de las galerías (que representa el 75% del mercado del arte en España), la factura de los delirios de grandeza de unos políticos ineptos, incapaces de presentir que el crecimiento del país se asentaba sobre una burbuja? Tal vez, en lugar de seguir emitiendo lamentos, sea el momento de pensar en nuevas condiciones de posibilidad del intercambio comercial del arte en ese nuevo marco tributario que el Gobierno se ha empeñado en aplicar e imponer sobre el sector. Sí, han leído bien, de lo que estoy hablando es de disidencia, de subvertir o aprovechar la normativa legal vigente para hacer reflexionar a los burócratas.


Porque como muchos sabrán, la mejor forma de crear una disrupción (una parálisis) en el sistema capitalista es, precisamente, sobresaturarlo mediante una acción en el marco de sus acostumbrados mecanismos de intercambio. En nuestro caso, como muchos habrán advertido, dicha acción pasa irremediablemente por, en primer lugar, ocultar a la Hacienda pública las transacciones entre particulares, y en segundo, por salir a los eventos internacionales para sortear los impuestos vigentes en nuestro Estado y de paso, buscar nuevos contactos, nuevas vías de desarrollo. Me consta que muchos ya lo están haciendo, como también me consta que otros tantos están aprovechando esta “salida natural” al nuevo régimen fiscal del arte, para precarizar su relación laboral con los artistas y con otros agentes, algo totalmente inaceptable por otra parte, pues la ética entre los diferentes agentes del arte deberían gobernar ahora, más que nunca, nuestros actos.


Imagen: Cildo Meireles. Zero Cruzeiro, 1978.