El próximo 1 de julio tendrá lugar en la sala de Londres de la sala de subastas de Christie’s una prueba de resistencia. De hecho se realizarán varias pruebas en un solo experimento. El hecho es que el galerista, coleccionista, ex publicitario y recién divorciado Charles Saatchi saca a subasta la famosa obra de Tracey Emin My Bed. Una cama que es mucho más que una cama porque, además probablemente sea la cama más cara del sector mobiliario y posiblemente también del artístico. La obra es una instalación en la que la cama (tamaño king size) aparece rodeada de bragas sucias, preservativos usados, botellas vacías y ceniceros llenos de colillas. Al parecer es una cama en la que la artista durmió durante varias noches y que documenta los excesos etílicos entre otros que tuvieron lugar en ese período de su vida. Pero, además, es una obra simbólica del movimiento de los Young British Artists. Realizada en 1998 (año en el que fue nominada, y no ganó, para el premio Turner) se ha expuesto profusamente en todo el mundo. Saatchi, apoyo esencial del movimiento, la compró por 150.000 libras (180.000 euros) en el año 2000, guardándola como todo un tesoro durante estos últimos catorce años. La sala de subastas espera conseguir entre 800.000 y 1.2 millones de libras (entre 960.000 y 1.4 de euros): cinco veces lo que pagó por ella en su momento.
La pregunta es si alcanzará el precio de salida una obra que ya claramente ha sido superada por el tiempo y por los años: todos los jóvenes artistas británicos tienen ahora más de 50 años. Y sus juergas, sus bragas sucias y sus proezas juveniles nos parecen ahora aventuras de jóvenes atrevidos… De todos ellos solamente Damian Hirst se ha convertido en un hit de ventas y record de precios, en gran parte por su cuidada puesta en escena en los mercados, se dice que pujando él mismo en subasta para subir las cotizaciones de sus obras. Lo único cierto es que desde 2012 sus precios han bajado y que su contrato de oro con Gagosian (el Rey Midas del sector) se ha deshecho de mutuo acuerdo. La familia, sobre todo su hijo, la madurez y posiblemente el aburrimiento ha obrado su efecto también en los jóvenes británicos, no tan salvajes una vez que se ponen años y buena vida encima. Las cotizaciones de Tracey Emin no han sido nunca excesivamente altas, y tampoco es una artista cuya obra prolifere ni en ferias ni en subastas. En julio sabremos si su cama, su historia, el fetiche de una época, si la transición de la adolescencia a la madurez, vale más o menos. También podremos saber cómo están las valoraciones de los artistas de su generación, de su grupo. Pero tal vez lo más interesante es saber el motivo por el que Saatchi vende la pieza: se deshace de ella para poder financiar su proyecto expositivo, con entradas gratuitas. Si los museos pudieran vender obras de sus fondos, obras de artistas que tienen en abundancia, obras que pueden pasar de descansar en el almacén a vivir una nueva vida, salir de la cama y saltar al mercado, tal vez no solo la obra, los coleccionistas se renovarían y agitarían, sino que los propios museos podrían mejorar sus instalaciones, adquirir nuevas obras… Es algo que de vez en cuando sucede en algunos museos norteamericanos, menos temerosos del mercado real que los europeos, menos apegados al paso del tiempo, más capaces de renovarse.

Tal vez, sólo tal vez, haya llegado el momento de cambiar las estructuras internas de muchos museos que se están muriendo de inanición cuando tienen fortunas abandonadas en sus almacenes. No es solo un tema de propiedad, sino de resistencia a los cambios, de supervivencia y de renovación. Valores buenos para todos. Incluso para el arte.

Imagen: Tracey Emin My Bed, 1998