OPINIÓN

Hace tiempo que ya ni sabemos la cantidad imposible de guerras y desastres abiertos en todos los rincones del mundo. Creemos, alguien puede creer todavía, que vivimos en un mundo suficientemente informado, incluso excesivamente informado. Yo tengo la seguridad de todo lo contrario, que cada vez sabemos menos lo que pasa a nuestro alrededor, cerca y no digamos ya lejos. La ignorancia endémica que padecemos por una parte y las pocas ganas de saber nada de lo que no nos afecte directamente (¡inocentes aquellos que crean todavía que no les afecta un conflicto en el otro extremo del mundo!) nos protege de todo lo que ni sabemos ni queremos saber. Pero la realidad es que en Egipto, en Siria, en Afganistán, en China, Corea, Ucrania, Argelia… no sólo se está exterminando a la población, generando el mayor número de refugiados de la historia de la humanidad, sino que están destruyendo riquezas incalculables no sólo en lo económico (que es a lo que me refiero con “incalculable”) sino en lo cultural, lo histórico, lo divino y lo humano. Y eso no tiene solución. Los museos son expoliados sin control, la arquitectura destruida, los monumentos, esculturas, todo lo que puede ser destruido es destruido sin consideración: claro que, si no se tiene consideración con la vida humana no hay que esperar respeto para con una escultura, un cuadro, una catedral, un palacio… pero, si hay razones políticas, raciales, económicas que llevan a los pueblos a destruirse sistemáticamente… esas mismas razones no las entiendo para con las cosas, la memoria de un pueblo, de una cultura…o tal vez sí. Tal vez borrar, eliminar toda huella de lo que fue es eliminar la sujeción a la realidad de lo que hoy es. Al pueblo Palestino se le ha borrado del mundo destruyendo los títulos de propiedad de sus casas, de sus tierras, los registros de nacimiento, los archivos de estudios, eliminando los certificados, titulaciones de sus médicos, abogados… destruyendo sus registros, su memoria, destruyen lo que son, se les condena a no ser lo que eran, a no ser ya nada más que sombras sin casa, sin estudio, sin nombre.
La razón de la destrucción de los patrimonios, de la memoria de los pueblos, de su cultura, es parecida a la violación como arma de guerra: se les quita la dignidad, se les borra la idea de persona, de pueblo, que tenían de sí mismos, y con el tiempo ya no les quedará nada más que la tradición oral, la reproducción de lo que un día existió y al desaparecer ya, como en un viaje con la máquina del tiempo, no sólo cambia nuestro presente y nuestro futuro sino nuestro pasado. Pero eso afecta no sólo al pueblo sirio, egipcio o turco. La destrucción de una catedral turca, de una pirámide egipcia, nos afecta a todos porque es la cultura de todos, el pasado común lo que nos hace ser lo que somos. La desaparición de El Museo del Prado sería una tragedia irreversible no sólo para España sino para toda la civilización. Es una parte de todos y de cada uno de nosotros, pero hoy eso no parece valer nada. Las guerras las idean hombres inteligentes y las realizan hombres embrutecidos, salvajes que arrasan con todo. El mayor problema de estos “daños colaterales” es cuando esa destrucción de todo lo que huela a cultura toma forma humana, cuando los monumentos son personas. Ahora mismo el cineasta ucraniano Oleg Sentsov, detenido el 11 de mayo en su domicilio en Crimea, está encerrado en una cárcel de Moscú, según se denuncia continuamente, torturado y acusado de ambiguas acciones terroristas. Cuando la cultura asusta la destrucción de sus emblemas, de las personas que la realizan, que la escriben, que la filman, nunca es un daño colateral. El pensamiento y la inteligencia es justamente lo contrario de la destrucción y la barbarie, la cultura el opuesto a la guerra. En estos días que recordamos el inicio de la Primera Guerra Mundial, que abriría la puerta de una inmensa caja de Pandora que escondía terribles y aún inciertos males, deberíamos reflexionar sobre esa destrucción sin fin de cosas que no son cosas, que son ideas, sentimientos, humanidad. Y sobre todo de las personas que encarnan en sus propios cuerpos la idea de cultura y libertad.

Imagen: Alex Yuen, obra inspirada en la artista Barbara Kruger.