OPINIÓN

Cada época una moda, y ahora estamos ya en el inicio de la decadencia de la época del curador. De eso que en España se llama “comisario” y en el mundo sajón, “curator”. Se trata de ese personaje que antiguamente se dedicaba a realizar proyectos expositivos de arte contemporáneo en los que el factor de creación teórica era importante. Los grandes curadores, los pioneros, fueron aquellos que han hecho posible que la instalación, el vídeo, el arte conceptual, incluso la fotografía, sean hoy considerados como lenguajes normales y cotidianos en el mundo del arte. Ellos y ellas fueron también los que sacaron el arte del corsé museístico para terminar cambiando el espacio expositivo de los propios museos. Su trabajo es paralelo al nacimiento de nuevos lenguajes, de nuevas actitudes, fruto y compañía de una rebelión en el núcleo duro del arte actual.


Lucy Lippard, Walter Hopps, Pontus Hultén, Harald Szeemann, Seth Siegelaub, entre otros, formaron esa primera generación de creadores teóricos que supieron hacer de sus ideas exposiciones. Que hicieron del pensamiento forma. Y con ese paso arriesgado y genial definieron el término curador/comisario/curator. En definitiva se convirtieron en los protagonistas del arte actual, aquellos que, por encima del propio artista, decide qué, cómo y cuándo… pero esa decisión se realizaba siempre dentro de un espacio expositivo, o servía para crear un espacio expositivo diferente.
Estamos hablando de una generación de la que todavía algunos de sus miembros están vivos, es decir: hace muy poco tiempo. Pero como la velocidad es uno de los factores característicos de este tiempo, su memoria ha volado y sus ideas y propósitos se han disuelto. Una segunda generación fue introduciendo el cine, la ironía, una creatividad más ligera, unas exposiciones que ya no arriesgaban tanto porque ya, ahora, todo vale en el arte y en los proyectos expositivos. En esta segunda generación algunas ideas, algunos nombres, algunos proyectos todavía han sido interesantes y novedosos, ciertamente los menos aunque el beneficio (también de los malos proyectos) ha sido bastante mayor que el conseguido por sus padres.


Ahora ya estamos de lleno en una tercera generación que no sólo solapa sino que hace la zancadilla a sus padres, olvidando unas veces y copiando otras, a sus abuelos. Esta generación de nietos ya comisarían lo que sea. No sólo no cuestionan los espacios institucionales ni al arte oficial, no sólo no se rebelan contra todo, ni siquiera contra algo. Estos nuevos curadores curan de todo: exposiciones para galerías, sectores en ferias (¿dónde se ve esa mano, esa idea del curador en este tipo de curadurías?), pero es que ahora se cura de todo, desde la selección de unas conferencias, hasta la realización de un seminario… De hecho voy a buscar a un curador que me cure mis fines de semana, están desorganizados y caóticos… o tal vez que me cure el salón de mi casa, el pasillo o mis oficinas. Que me diga cómo amueblar mi vida, que me decore el alma ya que no tengo tiempo ni de pensar, y creo que ellos tampoco.


El término curador aparece en el diccionario de la Real Academia de la Lengua, pero también aparece el término comisario, y curiosamente (esto es un comentario especialmente “curado” para los lectores latinoamericanos) los dos tienen una acepción común: “procurar que todo esté en correcto estado, que las cosas sean y funcionen como se pensó y como se debe; aquellos que se encargan de que todo lo que se esté realizando llegue a su fin correcto”. Efectivamente eso es un curador o un comisario, que igual me da que me da igual, aquel que se encarga de que su proyecto llegue a buen fin, lo más cercano a sus orígenes conceptuales. Tiene que reunir el conocimiento del arte, no sólo actual sino anterior; saber organizar y trabajar en equipo, armar un discurso y por supuesto ese punto teórico es indispensable, pero también tiene que saber de museografía, debe saber contar con expertos en edición, en montajes, controlar el transporte, aguantar a las novias de los artistas y las instituciones insoportablemente controladoras o absurdamente ausentes… Manejar la comunicación y el diseño, saber de todo un poco y de algunas cosas mucho. Hoy, que hay tantos comisarios, para todo, hay muy pocos, increíblemente pocos que reúnan esas condiciones, y además no son, créanme, los más conocidos.


Y cerramos con la idea del currículo nuevamente. Un currículo, también el de los curadores, no debería solamente enumerar todo lo que han hecho sino cómo lo han hecho: hizo tal exposición y fue un desastre, no le gustó a nadie; aquella otra fue un éxito e itineró; la del museo de tal ciudad costó un chingo y fue un horror que no gustó a nadie, ese espacio le resultó grande y aquel otro pequeño, y esa muestra fue una copia de otra anterior, etc… No sólo es importante poner un título original (¡?), hace falta algo, mucho más para poder hablar con la primera generación de curadores. Y sobre todo, por favor, no me curen todo, déjenme algo enfermo para ver si una próxima generación vuelve a la originalidad, al trabajo, a la seriedad, a la rebeldía, a ver el arte como libertad, como expresión y deseo.

Imagen: Vista de SHE (Niki de Saint Phalle, Jean Tinguely y P.O. Ultvedt) comisariada por Pontus Hultén en el Moderna Museet, Estocolmo, 1966. Foto: Hans Hammarskiöld.