OPINIÓN

En el arte, ya se sabe, el tamaño es esencial. Ya se trate del canon físico para la escultura, de la duración para una pieza musical, teatro, performance, video. El tamaño, la medida, la extensión. Pero el deseo, la ambición, la riqueza, el poder, parece que también es cuestión de tamaño, de medidas, de extensión y de duración. En estos días, ya demasiados días, vivimos la sensación de una crisis de tamaño desproporcional a nuestros muchos pecados, pero al mismo tiempo somos también espectadores de la desproporción de muchos de los aspectos del mundo del arte.

Hablábamos hace poco de los precios desproporcionados de las ferias de arte, también hemos hablado de la estupidez sin medida, de la ambición y el deseo de poder infinito de unos y de otros, pero siendo más concretos, quisiera reseñar el tamaño de la nueva sede de una galería de arte, White Cube, en Londres. Quede claro que es una galería privada en la que lo que se expone es para ser vendido, no es una sala de exposiciones. Bueno, pues se trata de un espacio de 5.440 metros cuadrados, y es la tercera sede de la galería en cuestión. Se trata, obviamente, de una empresa con 120 empleados y que ya plantea que su próximo paso será en Hong Kong, seguramente por aquello de que las miras comerciales tienen que estar a la altura del tamaño de sus ambiciones, y ese tamaño sólo lo da ya a estas alturas, China.


Bien, 120 empleados y 5.440 metros cuadrados. No se trata de comparar, pero si sumamos los empleados de todas las galerías de arte de España (sin contar a los dueños y socios, ni a becarios ni contratos temporales) tal vez no sean muchos más. Y en cuanto al tamaño de la galería, sólo se nos ocurren unos cuantos chistes a la altura de las circunstancias. En momentos de crisis económica parece que las cumbres borrascosas del arte actual están fuera de peligro, es decir, más allá de las nubes. No sé si hacen falta 120 personas para llevar una galería, aunque esta sea la más grande del mundo pero me parece que es una especie de grosería que alguien con buen gusto no se debería permitir. Pero vemos que estos excesos son cada vez más habituales, que cada nuevo rico que se hace con una colección es más ambicioso, es decir: gasta más. Los empresarios rusos (he estado a punto de poner mafiosos en vez de empresarios), los modistos y nombres clave del mundo de la moda y del lujo saltan al arte actual como lo más natural del mundo, con dinero compran palacios en Venecia (¡que manía!), porque parece que para ellos China no es tan interesante, y crean fundaciones que devienen en museos, en escaparates de su opulencia y que dejan cada vez menos espacio en los comentarios de todos para el arte, para la obra, para el artista. Cuestión del tamaño de la fortuna, de lo desmedido de la ambición. En cualquier caso, un exceso de opulencia fuera de lugar y del momento.


Es inevitable recordar aquello de que el dinero no da la felicidad, aunque por lo menos evita la mayoría de las desgracias, y si, tal vez haga falta todo esto para encumbrar a Sam Taylor-Wood o a Damien Hirst, para llevar una vez más a los periódicos a los nombres de siempre, pero, no deja de deprimirnos saber que la ambición de unos es simplemente desmedida cuando la mayoría de los artistas hoy en día, sabe que el valor de su trabajo difícilmente va a poder competir con el marketing y las estrategias de las empresas artísticas antes llamadas galerías. Y, desde luego, las galerías que están en el lado de los humanos se preguntaran que papel les queda a ellas, a esas miles de galerías que no tienen acceso a Art Basel, que sobreviven con cuidado y que siguen considerando que el tamaño no es lo más importante.

Ron Mueck. In Bed, 2005. Cortesía del artista