OPINIÓN

Vivimos unos tiempos en los que la compra y la venta parecen los protagonistas de todas las escenas, por supuesto de la política, donde cada día tenemos una historia más de corrupción de la que avergonzarnos. En la izquierda, en el centro (si es que eso existe) y por supuesto en la derecha, abundan de tal manera que ya no sólo no nos sorprendemos sino que nos empieza a parecer de lo más normal. Hace tiempo, cuando empecé a escribir de arte con la frecuencia mínima necesaria para considerarme “crítica de arte” todo el mundo me comentaba que los críticos eran todos (no me incluían aún, no sé si por estar presente o porque me consideraban poca cosa todavía) unos sinvergüenzas, unos corruptos, que se llevaban obras de los artistas a los que les hacían buenas críticas. Todos comentaban que este o aquel crítico había hasta elegido en la galería la pieza que le tendrían que enviar a su casa. Que les pagaban las galerías. La verdad es que yo nunca fui testigo de nada parecido, y que a mí nadie nunca, ni los que he puesto bien ni los que he puesto mal, me han regalado ni un dibujito. Claro que, como me aclaró personalmente Consuelo Ciscar, que de esto sabe mucho, todos sabemos a quién se le puede y a quién no se le puede comprar. Ella lo tenía muy claro: nunca me ofreció ni una exposición, ni un texto, ni siquiera me invitó nunca a esas cenas que organizaba en Madrid coincidiendo con ARCO y en las que (según ella misma me dijo) repartía dinero y comida, “y ya los tengo en el bote a todos hasta el año que viene”. La verdad es que yo me sentía molesta, porque no me invitara (“¿a tí, para qué te voy a invitar?”) y porque no me regalase nadie nada. Sinceramente, ahora sé que muchos de mis colegas han sido demasiado amables con algunos artistas y galeristas, y excesivamente ciegos y mudos con mucha gestión pública… siempre pensé que era por un exceso de agradar, por falta de criterio, que no se daban cuenta… igual es que les regalaban cuadros o les encargaban textos, exposiciones, o les invitaban a comer. Cuando dejé de trabajar en LAPIZ, el siglo pasado, un amigo crítico y comisario independiente (todavía no sé independiente de qué ni de quién) me dijo textualmente “ahora tendrás que ir a las inauguraciones y sonreír a todos, reírles las gracias a los galeristas y a los directores de museos, si quieres que alguien te dé trabajo”. Hice cuentas y llegué a la conclusión de que tendría que sonreír mucho, pero mucho, y reír sin parar, para que entre todos los halagados por mi simpatía me pudieran mantener. Así que decidí trabajar más y sonreír menos. Mi antiguo amigo, sigue sonriendo y no parece que le vaya mal.

No se engañen, no se trata de honradez, se trata de precio. No es que yo sea más honrada, sino que mi precio es más alto. Porque todos tenemos un precio, eso ya lo dijo Clint Eastwood hace tiempo. Eso es lo que se detecta, no se detecta una honradez imposible, se detecta un precio exagerado, unas tarifas excesivas. Eso es lo que aleja al comprador. Porque maestros y consejos los he tenido de los mejores. Un afamado periodista me dijo una vez que él no se vendía nunca, que se alquilaba pues así siempre podía subir los precios. Un sabio, sin duda. Pero la verdad es que aunque siempre he esperado una buena oferta hasta el día de hoy no he recibido nada. Hace unos años una compañía americana empezó a comprar revistas de arte en todo el mundo, proyectos pequeños, puntuales, que pasaban a engrosar un imperio naciente. Yo esperaba ansiosa un e-mail, una llamada… pero nunca sucedió. Hace poco en España un rico coleccionista cántabro ha comprado dos revistas, una de arte y otra de esas llamadas de cultura, más generales, pero igualmente cercana al arte. Se habla de su afición al arte, pero no se dice nada de su mal ojo para las ediciones, porque puestos a comprar podía haberme comprado a mí: mis revistas tienen más lectores, mejor imagen… pero claro, el precio sin duda hubiera sido más alto… y otra vez nadie me hace una oferta. A veces me siento como esa debutante a la que nadie saca a bailar, mientras feas y guapas bailan con parejas de todo tipo y condición. De verdad que bailo muy bien, y que no soy tan honesta como se creen, que también estoy dispuesta a todo por un puñado de dólares, llevo años haciendo crítica de arte así que ya se pueden imaginar. Y aunque nunca he cobrado comisión por enviar a alguien a comprar a una galería (me consta de “colegas” que siempre lo han hecho y les han ofrecido sillones estupendos de gestión pública), ni voy a muchas inauguraciones y me rio poco y sonrío menos aún en público, es por evitar arrugas gestuales, no porque sea antipática. Pero estoy dispuesta a ser más “independiente” y a sonreír, incluso a callarme de vez en cuando. Y si alguien está dispuesto a pagar mi precio sin regatear, hasta puedo escribir lo contrario de lo que pienso. Ustedes pónganme a prueba y ya verán.


Imagen: Cildo Meireles. Árvore de dinheiro, 1969.