Díganme si siendo asistente/ ayudante de dirección, llamenlo como quieran, de gente como Jacques Rivette, Costa-Gavras, Jim Jarmusch o Wim Wenders no curte en el medio y, si además te pasas a dirigir tus propios proyectos y han de pasar veinte años para que una de las cineastas más reputadas de Francia (por ende, del cine europeo) presente en el país vecino, por vez primera uno de sus títulos, es claro síntoma de que algo no va bien. Fue en 2009 cuando Claire Denis estrenó en nuestras salas Una mujer en África, con una inmensa Isabelle Huppert. Un impecable retrato anticolonialista, del mismo modo un tema que le toca muy de cerca a Denis por haberse criado en Burkina Faso, Somalia, Senegal y Camerún; tema que ya exploró a su vez en la que fuera su ópera prima Chocolat (1988).
Pues ahora podemos disfrutar de su última creación, Los canallas, donde experimenta por vez primera con el género del thriller, adentrándose en las oscuridades, en los ambientes y atmósferas turbias. El protagonista, interpretado por Vincent Lindon, es un capitán de barco que lo deja todo para vengar a su cuñado y amigo, que ha dejado trastocado su mundo familiar. Descubrirá que un magnate empresarial ha corrompido los cimientos familiares hasta límites insospechados. Una historia de abusos de poder e incesto.
De ritmo lento, donde prima la forma al fondo, apela a la atención del espectador en continuas elipsis (característica de su directora como elemento narrativo) lo que implica un esfuerzo por parte del espectador para no perderse por tramas y personajes diversos. El espectador va resolviendo una incógnita tras otra junto con el protagonista, y no puede ser más chocante el desenlace final por abrupto y decepcionante (el bien no siempre sale victorioso). Con una música machacona y opresiva de su colaborador habitual Stuart A. Staples y su banda Tindersticks, precisamente ese aire techno es tan obvio que mas que ideal resulta un acompañamiento sonoro redundante y desde luego cinematográficamente poco original. En todo caso un filme brutal y nada condescendiente sin atisbo de redención. Los convencionalismos no van con la directora, así consigue un final ambiguo que da a las interpretaciones que cada espectador prefiera, una mirada definitivamente masculina, sin implicaciones psicológicas de ningún tipo (característica u observación algo estereotipada en lo que parece llamarse mirada femenina en el celuloide) no deja de ser una mirada interesante ante lo que puede ser considerado como una película precursora del nuevo cine negro del S. XXI.