OPINIÓN

En esta ola de “buenismo” que atraviesa Europa y en la que resulta agresivo hasta aquello de “si te dan una bofetada, pon el otro carrillo” que hasta hace poco nos parecía inaceptable, está muy mal visto criticar nada. Sólo se ve bien aquello que no crea ninguna conflictividad, aunque nos hayan matado. No hay que enfadarse, ni responder a la agresividad, ni por supuesto protestar mucho, sólo un poquito y si puede ser mejor hacerlo entre cánticos y bailes. Se acabaron las manifestaciones salvajes, las huelgas con piquetes, y se acabó también la crítica: de cine, de arte, de literatura… y de modas. Ya sólo se acepta la crítica, constructiva eso sí, de comida y bebida, de hoteles, de rutas de viajes en bicicleta. Si ya Alain Finkielkraut (filósofo y pensador francés, 1949) patentaba la idea del pensamiento débil a finales del siglo XX, en este siglo XXI las cosas están aún más debilitadas. En este siglo, en el que se hace esencial saberse la letra del tango “Cambalache”, es políticamente incorrecto casi cualquier cosa. Este es un tiempo en el que es más importante cómo nombremos las cosas que las cosas mismas. Ni imputados (investigados), ni presos políticos (presos de conciencia), ni ladrones (apropiación indebida), ni exiliados (migrantes), ni gorda (curvy), ni viejo (tercera edad), por supuesto si entramos en el territorio de ese subgénero literario antes conocido como crítica y que hoy está más cerca de la égloga pastoral, términos como horrible, mal hecho, incongruente, antiguo, anacrónico, copia, imitación, despropósito, son inaceptables. Porque todo depende de cómo se mire y siempre habrá alguien a quien le guste. La crítica no se basa más en el conocimiento objetivo y la opinión subjetiva, la comparación historicista… un criterio apuntalado por cierta experiencia. No, ahora no hay que enfadarse por nada, no decir nada negativo, dar opciones a cualquier posibilidad… así las cosas hace ya un rato que la crítica de arte murió, mientras algunos exterminadores profesionales contratados especialmente para ello, rematan los pocos signos de supervivencia que quedaban. Hoy la crítica la deben realizar los gestores culturales, son los propios museos, a través de sus directores, los que pueden y deben hacer la crítica, amable claro está, de lo que ellos mismos exponen.

En este territorio en el que nos adentramos y en el que ser artista no hay que demostrarlo con obra sino solamente con una cierta intención de serlo, cualquier opinión contraria a lo que sea puede ser tomada en tu contra, usarse como una porra policial sobre tu estúpida cabeza. Hoy los artistas (Christian Jankowski es el comisario de Manifesta 11, el colectivo DIS, comisarios de la 9 Bienal de Berlín, Elmegreen & Dragset comisarios de la 15 Bienal de Estambul en 2017, y Pedro G. Romero del programa de San Sebastián 2016 Capital Europea de Cultura) se visten con la ropa del curador y ejercen sus desvaídas funciones, antes realizadas por profesores universitarios, filósofos de aulas de provincias, galeristas sin compradores. Tal vez el público gane con este cambio, tal vez el mercado no tanto. Tal vez haya que celebrarlo. Tal vez sea el momento de hacerse artista.

En estos días se ha vuelto a hablar de la crisis que afecta a los medios de comunicación en general y en España en particular. Es una crisis similar a la de cualquier país. Las deudas ahogan a los periódicos y revistas. Los bancos impiden la crítica política, financiera, quedando fuera de cualquier juicio público, impidiendo la publicación de críticas, quejas, de denuncias sobre una gestión más que cuestionable. Con el silencio y las buenas formas los periódicos consiguen alargar esas deudas, ir sobreviviendo. Los medios pequeños, los especializados, directamente mueren entre la miseria y los impagados. Se habla mucho de la crisis que han generado los cambios tecnológicos, cómo internet le quita el protagonismo al papel… la realidad es que la publicidad ha muerto. No hay ni en papel ni en internet… Sin embargo esta crisis que vivimos en España no parece ser igual en ningún otro lugar. Ni en Alemania, Francia o Italia, afectados por una similar crisis económica, ni en los Estados Unidos, las revistas especializadas de arte no han cerrado y siguen llenas de publicidad. Tal vez debiéramos compararnos con el sector en Armenia o en Birmania. Tal vez deberíamos analizar mejor las causas de nuestra crisis, de la crisis del arte en un país que hace una década tenía más de 100 museos de arte actual y ahora no sabe no contesta. Tal vez deberíamos volver a considerar hacer crítica. Tal vez deberíamos escribir crisis con k. Todo esto dicho, por supuesto, con el respeto máximo, sin intención de molestar a nadie y con una sonrisa en la boca, una vuvuzela en la mano y sobre todo feliz y encantada con este ambiente tan estupendo en el que vivimos. Todos.