Francis Ford Coppola está considerado hoy en día como un maestro del arte cinematográfico. Visionario e innovador, Coppola “ha hecho suyo el concepto wagneriano de obra de arte total, donde nada se escapa a su atenta mirada de director y a su empeño genuino por hacer cine de autor dentro de la maquinaria de los grandes estudios”, tal y como ha señalado el jurado en su acta al declarar al cineasta neoyorquino como merecedor de la edición de este año del Premio Princesa de Asturias a las Artes de este año. Un galardón que en sus 34 entregas suma a Coppola a las otras seis personalidades del cine que ha premiado: Luis García Berlanga (1986); Fernando Fernán Gómez (1995); Vittorio Gassman (1997); Woody Allen (2002); Pedro Almodóvar (2006) y Michael Haneke (2013).
Coppola dio sus primeros pasos de la mano de Roger Coman, cineasta y productor de serie B, de cuya “factoría” surgieron cineastas como Martin Scorsese, Peter Bogdanovich, Jonathan Demme o James Cameron entre otros. No sólo como ayudante de dirección y colaborador en numerosos guiones, sino que fue su mentor quien le produjo su primer largometraje, Dementia 13 (1963). En 1969, con su tercer largo Llueve sobre mi corazón, gana la Concha de Oro en San Sebastián, ¿quién dijo que los festivales no servían para descubrir o lanzar valores en alza?, y al año siguiente ganaría el Óscar a Mejor Guión Original por Patton de Franklin J. Shaffner. Ya en la década de los setenta, es uno de los “niños prodigio” del nuevo Hollywood, y lo que viene siendo en principio un simple encargo, se convertiría en un proyecto personal y sello identificativo de su propio estilo, El padrino (1972) donde adaptaba la novela de Mario Puzo. Fue tal el éxito, que provocó una secuela casi inmediata, El padrino II (1974), donde la crítica especializada la aplaudió como superior a su antecesora, siendo la primera vez en la historia que una segunda parte se alzaba con el Óscar a mejor película. Entre ambas le da tiempo a rodar una de sus obras más aclamadas La conversación (1974) obteniendo la Palma de Oro en Cannes. Terminaría esta década prodigiosa con otra obra maestra, Apocalypse Now (1979), cuyo impacto estableció un antes y un después en el cine bélico, estableciéndose como un clásico contemporáneo nada más estrenarse, por lo que su consideración como filme mítico está más que justificado.
En los ochenta encadenaría títulos de escaso éxito de público, que unidos a proyectos de alta envergadura propiciaron que el director millonario entrase en quiebra, obligándole incluso a vender su propia productora y a realizar una serie de títulos por encargo para poder pagar las deudas. Son Corazonada (1981); Rebeldes (1983); La ley de la calle (1983); Cotton Club (1984); Peggy Sue se casó (1986); Jardines de piedra (1987); con la película Tucker (1988) un viejo proyecto acariciado que ve la luz gracias a la financiación de su amigo Georges Lucas (multimillonario gracias a la saga Star Wars) intenta justificarse entre el hombre, sus sueños y lo finalmente alcanzado. Termina la década con Historias de Nueva York (1989), film de tres episodios dirigido cada uno por un director cuya ciudad les une (Woody Allen y Martin Scorsese) siendo el episodio de Coppola el más anodino de los tres. Tras los fracasos de público, y con la tibieza en general recibida por la crítica en la mayoría de los títulos antes reseñados, se ve “obligado” a realizar una tercera entrega de la saga de los Corleone, aunque tiempo atrás lo hubiera negado categóricamente. Tanto El padrino III (1990) como Drácula de Bram Stocker (1992) le suponen pingües beneficios y la reactivación por parte de los entendidos, ante la vuelta a la carga de un director imaginativo. Encadenando posteriormente con títulos que lo convierten en un director ecléctico, la comedia Jack (1996); la adaptación de la novela de John Grisham en el thriller Legítima defensa (1997) y las desconocidas en nuestras pantallas El hombre sin edad (2007) y Twixt (2011) con la salvedad de la coproducción española Tetro (2009).
Un premio, el de Princesa de Asturias, para muchos tardío, aunque más que justificado ante una obra siempre rica en matices, un director perteneciente a una estirpe de cineastas visionarios, excesivos y megalómanos que sólo podemos retornar a los míticos Griffith y Welles, caracterizados por una ambición inmensa y (a veces, sólo a veces) frustrada por superar el cine de su época.

Imagen: Francis Ford Coppola, de Time & Life Pictures/Getty Images.