OPINIÓN

¿Se imaginan ustedes que siguiéramos pintando como en el siglo XIV? Que, desde aproximadamente el nacimiento de Giotto ( Florencia, Italia, 1337), todos los pintores se centraran en temas religiosos con su expansión grotesca puntual, sus panes de oro, sus descendimientos y crucifixiones, sus superficies planas, medios planos de vírgenes y santos… La escultura, escasa, sería, seguiría siendo, básicamente religiosa, ornamental y por supuesto figurativa, talla en madera de santos y hombres sufriendo el suplicio de la cruz en paños menores. Siete siglos de inmovilidad. Setecientos, casi ochocientos años, de aburrimiento infinito, pues en todo este tiempo aunque incluso el propio Giotto podría haber quedado eclipsado con la brillantez de algún otro pintor, no habría existido ninguna evolución, sino que se habría conformado un ciclo interminable girando sobre un solo punto, sin desarrollo ni evolución. Una situación así solamente se podría haber dado si la sociedad entera se hubiese enrocado sobre sí misma, víctima de autocomplacencia o de miedo a un cambio impredecible. Naturalmente nos parece un tema para una película o una narración de ciencia ficción, nos parece increíble prescindir del Renacimiento y de todo lo demás, incluyendo el Pop y llegados a este extremo hasta añoraríamos el conceptual, el puntillismo, y por supuesto el surrealismo, a Dalí, el Dadá, Picabia, Duchamp, Picasso… Warhol y hasta Beuys. No seríamos quienes somos ni entenderíamos la vida ni el mundo. Esto nos deja, creo, bastante claro que la evolución del arte sólo es posible si la sociedad se mueve, si evoluciona, si no se queda inmóvil.

Tal vez peor sería una sociedad que ya ha evolucionado y que ha llegado, por poner un ejemplo, hasta el Pop Art y que se viera obligada por cuestiones políticas a retroceder no digo ya al siglo XIV, sino hasta el XVI, en plan atrevido. El XVI es un siglo espléndido, el Cinquecento italiano, el mejor y más brillante momento del Renacimiento, Vasari, Rafael… Todo lo que ustedes ya saben, pero… tendríamos que eliminar todo lo posterior, incluyendo a Goya, Velázquez y por supuesto Picasso (y Pollock, y Dalí, y los expresionistas americanos y los alemanes, y el siglo XIX, y Torres García, y todo, todo, todo lo que no se estudia en la carrera de Arte en la Universidad pero que es una explosión interminable de vida, inteligencia y creatividad. Nos parecería sin duda una actitud fascista pues en este caso la evolución, el desarrollo, ya se habría realizado y serían pocos los que quisieran amputar cinco siglos de creación. Nuevamente esto solamente se podría producir en una sociedad temerosa de los cambios, horrorizada por el futuro, sin seguridad en sí misma. Una sociedad que cerrase no sólo las fronteras a todo lo externo, a todo lo diferente, sino que cerrase sus ojos y su cabeza y su corazón a la creación, al hombre en su máxima expresión de su inteligencia. Porque quien “cierra la muralla” lo hace para aislarse de la vida en una antesala de la muerte, y elimina el arte, y la literatura, y el cine, y la risa y la alegría. Pueden ustedes pensar que estas dos situaciones (impedir el desarrollo y regresar al pasado cultural eliminando su camino hasta hoy) son absolutamente imposibles, una ficción de pesadilla. Sin embargo si nos paramos un momento a observar las actitudes de la sociedad que podría generar esas situaciones (cerrando la muralla, impidiendo los cambios, volviendo al pasado con nostalgia de imperios perdidos, ralentizando cualquier evolución y desarrollo, cualquier cambio), nos encontramos con sociedades inmovilistas y aterrorizadas, que tiemblan ante la idea del cambio, que impiden que sus hijos y sus nietos puedan ver y vivir otros momentos de esplendor cultural, puedan protagonizar una historia nueva… Entonces podemos comprender que esas sociedades que sobre el papel creemos imposibles son las sociedades en las que vivimos: sociedades que votan a políticos inmovilistas y retrógrados, que se fraccionan como en los antiguos reinos medievales, que cierran sus fronteras a las personas que buscan ayuda, una sociedad que como dice el poema, como canta la canción, cierran la muralla al amigo, al corazón, al futuro, cuando deberían cerrarla al enemigo, al oscurantismo, al pasado. Esa sociedad irreal es esta sociedad real como la vida misma. No hay que olvidar nunca que el pasado ya lo hemos escrito, ya lo hemos vivido, ya lo conocemos, que ahora toca escribir el capítulo siguiente, el del futuro, el de nuevos Picassos, el de nuevos países, y nuevas sociedades, nuevas formas de relación y vida. Nuevo, no viejo. Esa es la diferencia. No te pares, sigue moviéndote.