ZONA CRÍTICA

  • Christian Marclay

Time takes a cigarette, puts it in your mouth, cantaba David Bowie cuando era Ziggy Stardust. Oh, no, no, no, you’re a rock’n’roll suicide. Tiempo y cigarrillo, una dupla que ha de ponerse encima de la mesa para comprender el vicio de una civilización: cuando el tiempo de una época sustentada bajo el eslogan de marca de la Modernidad se nos escurría entre las manos, el cigarro suponía un agónico intento de apresar ese tiempo que, en cuánto ausencia latente, nos fundamentaba. A este respecto Christian Marclay ha señalado que “el cigarrillo encendido es el símbolo del tiempo en el siglo XX. Como momento mori, solíamos usar una vela, pero un cigarrillo es mucho más moderno. Aunque es la misma cosa: ves tiempo consumiéndose”.
Y esa es la misión con que carga el arte contemporáneo: mostrar ese tiempo evanescente, ese tiempo líquido, mostrar que somos incapaces de experimentar algo que no sea tiempo ya consumido, deglutido. Porque esa es nuestra tragedia, que el tiempo lo experimentamos ya como de prestado. Igual que nuestras vidas son purgadas de todo aliento emancipatorio, el tiempo sobre el que se sustentan esas mismas vidas es un tiempo lacónico, superficial.
Y eso, pensamos, es lo que ha conseguido Marclay con los nuevos videos que pueden verse en Arlés dentro de Les Rencontres de la Photographie de este año. La exposición consta de seis películas muy básicas en su estructura pero que pueden considerarse la continuación de su obra de cabecera, The Clock (2010). Las obras tuvieron su premiere esta pasada primavera en su galería de San Francisco –Fraenkel Gallery– y esta cita francesa supone su segunda parada en lo que, imaginamos, será un tour global.

Christian Marclay en Arlés 2016

Christian Marclay en Arlés 2016

Cámara en mano, Marclay recorría en sus paseos cotidianos la ciudad de Londres (ciudad en la que actualmente reside) sacando fotos de la basura condensada en la acera. Pero no de los grandes contenedores ni de los grandes hacinamientos de nuestros residuos. Más bien fue al detalle, a lo nimio: en primer lugar, y en relación con lo dicho al principio de este texto, colillas de cigarrillos. Pero también tapones de botellas, chicles, bastoncillos para los oídos, pajitas o tapas de plástico.
Montadas, pegadas cada imagen estática una detrás de otra y reproducidas a gran velocidad, crean la ilusión de movimiento, como si el objeto volviera a renacer, como si se volviese a hacer efectivo el tiempo de su combustión. La colilla se vuelve a consumir, la pajita gira como las agujas del reloj, las botellas de colores relucen cambiando instantáneamente de color; los chicles parecen dividirse como células, etc. Una realidad nueva parece abrirse justo debajo de nuestros pies, en ese mundo del detritus al que no prestamos atención.

Pero lo que logra Marclay no es hacer revivir al objeto sino algo mucho más importante. Lo que logra es ofrecernos en el instante presente todo el tiempo ya pasado en que el objeto fue gastado, consumido. Lo que logra es ofrecernos ese tiempo que se nos da ya como gastado, el tiempo que se supone es el de la satisfacción y el goce, el tiempo del consumo de nuestras mercancías-fetiches, pero que sabemos bien no es sino el tiempo con el que nos convertimos en víctimas para ser sacrificados en el ritual del capital. Nos ofrece, en suma, tiempo perdido, nuestro tiempo perdido.
Sin duda que Walter Benjamin, cuya teoría estética descansa sobre un privilegio del presente donde el tiempo pasado tiene cabida en tanto que recordación (Eingedenken) de tal modo que la historia queda abierta en una espera mesiánica capaz de dar sentido a todos los tiempos perdidos, está en la base teórica de estas obras. Tal es así que el cigarrillo, el tiempo de su combustión y consumación, es la más radical secularización del tiempo de espera mesiánico. Ahora esperamos, seguimos esperando, pero aún a sabiendas que nada sucederá, que la catástrofe es nuestro único destino. Es esa espera de nada, una espera como tiempo perdido, lo que nos muestra Marclay.

Sumidos ya en una posmodernidad para la que ni el cigarrillo nos sacia de nuestra angustia de ausencia de tiempo, quizá estemos esperando todos un gran Acontecimiento que rasgue nuestras pantallas, quizá estemos rumiando el pasado de una gran Tragedia con la que resignificar el presente. Pero lo cierto es que, cuando el futuro solo se puede dar ya en forma de imagen y que no está claro cuánta cantidad de historia somos capaces de soportar, lo que toca es toparse con la nimiedad de lo insustancial, aquello cuyo tiempo destilado es prácticamente inútil. Esa es, quizá, la lección de estos seis pequeños videos: que no estando para demasiadas heroicidades hemos de contentarnos con estos pequeños gestos. Primero empecemos filtrando el tiempo consumido y perdido de cualquier objeto que, de ser capaces, ya habrá tiempo para mayores proezas.
Si la novedad de Benjamin –volvemos, y no será la última vez, a él– es que encuentra las fuerzas necesarias para que las cosas cambien, para la revolución, en los deshechos, en el fósil del fetiche, en la ruina de los sueños, en los deshechos de la historia, Marclay toma nota literal de este propósito y se pone manos a la obra. Si Miguel Ángel Hernández concluye su estupendo libro sobre el filósofo alemán diciendo que “la tarea del historiador benjaminiano no será la de recordar para reconstruir el pasado, sino la de construir el presente a partir del pasado”, Marclay ahonda en la misma idea añadiendo que ese pasado no hace falta que sea el de una gran epopeya sino que basta con que sea la nimiedad de un cigarrillo consumiéndose, la puerilidad de una pajita de refresco que da las horas.

Christian Marclay, The Clock (2010)

Christian Marclay, The Clock (2010)

Pero además, hemos dicho que estos trabajos pueden considerarse, en un sentido muy concreto, como la continuación de The Clock. Si en esta película lo que se conseguía era llenar el tiempo, tener una percepción del tiempo-lleno, en estos seis trabajos lo que se consigue, cómo ya hemos señalado, es tener experiencia del tiempo-vacío en el que vivimos. Me explico: si durante las veinticuatro horas que dura la película The Clock se tiene una experiencia temporal plena merced a una estrategia que hacía converger tres diferentes temporalidades –la cronológica, la de la duración de la obra y la que aparecía en la película como imagen– ahora, en estas seis películas, se nos ofrece una imagen-dialéctica –y como tal imagen-tiempo– que interrumpe y condensa el tiempo, que lo recose en sus comisuras permitiéndonos percibir su vacío, su discurrir como gasto improductivo.
Si en la primera el arte, el choque de la ficción que éste propone con la ficción-realidad, llena el tiempo, en la segunda lo vacía ofreciéndonos sus restos, lo que en él hay de incumplido y olvidado, aquello que como ausencia hace que aún estemos a la espera. Aún así, en ambas el artista opera como el trapero que decía Benjamin tenía que ser el artista: un recolector de deshechos que descontextualiza y monta de nuevo la(s) historia(s).

En este sentido, y en relación con la similitud estética de este trabajo de Marclay con los primeros devaneos de las vanguardias con la imagen en movimiento –Richter, Eggeling, el Duchamp de Anémic Cinéma–, quizá la diferencia entre ambos momentos históricos esté en la misma diferencia y continuación que hemos visto hay entre los dos trabajos de Marclay. Si en las vanguardias el tiempo condensado en la imagen luchaba precisamente por abrir el tiempo a la novedad, por clamar una temporalidad propia –llena y total– para la obra de arte diferente de la cronológica, ahora las imágenes declaran su incapacidad para tal fin y se contentan con mostrar las exequias de sus intentos. Este es el paso de la imagen-movimiento propia de las vanguardias, vanagloriadas en la utópica posibilidad de extraer tiempo, a la imagen-tiempo propia de una época, la nuestra, que se desangra sabedora que acabado nuestro tiempo solo tenemos acceso a un tiempo fantasmal y desquiciado.
No hay, en definitiva, percepción de un tiempo otro. Hay cómo mucho imágenes que condensan la imposibilidad ofreciéndose como primicias al espectador para que éste las guarde, las atesore como garantes de que al menos no olvidamos. Porque, aunque sigamos gastando tiempo, bebiendo refrescos, fumando cigarrillos, mascando chicle, nuestro tiempo solo puede experimentarse como ya gastado, ya consumido. Habitantes de lo póstumo, viviendo los últimos días, nuestro tiempo no puede ser más que un tiempo prestado. Si el arte vale para algo, si las obras de Marclay son importantes, es porque esa es la misión del arte: que no nos olvidemos de nuestra incapacidad para remontar la situación. Ahí es –en nuestra desesperanza– donde habita toda esperanza.