ZONA CRÍTICA

  • Carlos León. Pink Réquiem 9, 2015.

Escribiendo sobre El Greco el historiador francés de entreguerras Elie Faure (tan admirado por Godard por la calidad literaria de su escritura) nos relata: “El cretense trajo de Venecia el lecho de púrpura y de flores de las regias agonías, aportó a este mundo de tragedia el fervor de las naturalezas ardientes en las que todas las nuevas formas de sensualidad y violencia penetran como lenguas de fuego, al igual que nos deslumbra pintando la verdosa uniformidad de la piedra acariciada por el pálido platear de los olivares, o por la sutil mancha rosa o azul de un muro pintado” (1). En verdad resulta imposible no estar de acuerdo con el autor de Pierrot le fou, la película precisamente donde hace recitar a Jean-Paul Belmondo unas frases de Elie Faure sobre Velázquez.

Con el título de Pink Requiem, y comisariada por María de Corral en Sala Alcalá 31, se presenta en Madrid una exposición de trabajos del artista Carlos León, en la cual se exhibe en torno a una cincuentena de obras creadas entre 1986 y los días anteriores a la inauguración de la muestra, siendo presentadas no pocas de ellas como dípticos y trípticos. Como anécdota un tanto lamentable, o triste, se ha de decir que esta es la primera ocasión que se puede ver en Madrid una considerable selección de obras (expresión quizás más apropiada que la de “antología”, calificación ya un tanto desvirtuada) de Carlos León, después de más de cuarenta años de trabajo ininterrumpido y muy seguro de su propio proceso creativo, si bien con anterioridad, y en un plazo temporal de los últimos cinco años, se han realizado muestras de este artista en Valladolid (Museo Patio Herreriano) y Santiago de Compostela (en el CGAC), más las individuales en galerías privadas.

La actual muestra, más cercana en intención y selección de obra a la presentada en la ciudad castellana que a la muy diferente de la celebrada en la capital gallega, se caracteriza por una selección muy segura de los trabajos a presentar (vale aquí la expresión “lo mejor de lo mejor”), sin olvidar brillantes ejemplos de pinturas entre “raras” y muy poco o nada vistas, así como otras no tan escondidas pero que se alejan mucho del encendido color de sus últimas pinturas. Me estoy refiriendo en concreto al impresionante lienzo ultima arva (1999), y a las cuatro pequeñas telas que, acompañando a ésta y realizadas el mismo año, conforman la serie El topario de Perséfone. Estas cinco obras “negras”, unidas en una misma sala, produce una impresión tan bella como impactante, máxime por ser esta sala digamos “interior” con respecto a otras más abiertas y aireadas. Esta solución de pequeños recintos, o “capillas”, quizás haya sido la mejor solución, en cuanto al montaje de la muestra, en un espacio tan difícil y riesgoso como éste.

Pasados los primeros años del actual milenio, Carlos León dejó de utilizar los pinceles para pintar, y también el lienzo donde plasmarlos. Desde entonces utiliza las manos, y el material donde reflejar los pigmentos son superposiciones de poliéster, y sobre todo el “dibond”, un tipo de aluminio que le permite mostrar el resultado final con una gran pulcritud visual y táctil, pero sobre todo le ofrece la posibilidad de pensar (dudas y estrategias incluidas) contemporáneamente al trabajo mismo de crear. Ciertamente pintar con las manos supone un cambio sustancial, no únicamente técnico, pues altera la dimensión creativa del artista, pero sobre todo desplaza el eje hacia la figura del “sujeto humano que pinta”, dado que se da una mayor activación de un “cuerpo creativo en movimiento” y con ello la incorporación de una sensualidad táctil, funcional y operativa, en la que el artista/pintor, además de pintar, también puede sentirse cultivador de su propio edén creativo, o creador de una floresta jamás vista ni catalogada. Surge entonces el color, o lo que es lo mismo: la naturaleza ardiente y libre, viciosa de polen y belleza. En este punto volvemos de nuevo a Elie Faure y El Greco, ese artista que aportó a “este mundo de tragedia el fervor de las naturalezas ardientes en las que todas las nuevas formas de sensualidad y violencia penetran como lenguas de fuego”.

Definir la obra de Carlos León como una “abstracción sensual” o “sensualizada” no sería, desde luego, ninguna mentira. Pero sí sería una obviedad y una redundancia. Lo importante, entonces, no es la definición en sí misma como lo que esconde, lo que oculta, esa enunciación. Lo “abstracto” (vocablo que necesita una urgente regeneración semántica) en la obra de nuestro artista es un universo narrativo que, poéticamente, se arrasa y derriba a sí mismo, que busca “el fervor de las naturalezas ardientes en un mundo de tragedia”. La dinámica y abierta abstracción que practica Carlos León es la propia de una sensualidad artísticamente “violenta”: surge de lo reconocible para conquistar una devastación de las formas susceptibles de ser narradas. Lo que finalmente vemos son, ciertamente, “lenguas de fuego”. Color incendiado. Cualidad “destructora”, en definitiva, que es la causante de que posea una obra pictórica, dentro del escenario artístico nacional, de una singularidad, belleza y originalidad, verdaderamente admirables. Me hace recordar ese magnífico poema de Vicente Aleixandre titulado El Vals, donde lo que empieza con cuerpo y forma termina convirtiéndose en una lujuriosa abstracción de danza y color:

“Las cabezas son nubes, la música es una larga goma,
las colas de plomo casi vuelan, y el estrépito
ha convertido a los corazones en oleadas de sangre,
en un licor blanco, que sabe a memoria o a cita.”

 

 

(1). Elie Faure, Historia del Arte, Edit. Poseidón, Buenos Aires, 1961, en traducción de Margarita Nelken (diputada socialista en las Cortes de la República Española de 1931)