OPINIÓN

Que las artes visuales forman parte de esa red extensa y difusa que se llama cultura es algo que prácticamente nadie duda. El problema puede residir en que esa red que forma la cultura con las líneas que unen la pintura con la música, el teatro con la danza, el pensamiento con el cine y así en un infinito de probabilidades, se ha convertido en un nido de abeja en el que cabe con igual intensidad un cocinero que un filosofo, una folklórica que el director de una orquesta. Y en esa amalgama del pensamiento débil la cultura sale perdiendo y el arte, las artes visuales, prácticamente desaparecen.


Hace ya muchos años que no acudo a esas reuniones de la casa real con el mundo de la cultura. Reuniones que se acercaban más a una tribuna de las Ventas durante San Isidro que a una tertulia del Gijón. Allí estábamos un puñado de teóricos, críticos, escritores y artistas, ensombrecidos por las folklóricas de turno, los toreros, los futbolistas, alguna vedette, actores de segunda fila… Y puedo afirmar que los que menos importábamos éramos los representantes de lo que se venía denominando cultura. Hoy en día las páginas de cultura en los medios de comunicación se unen a las de sociedad, de tal forma que esa mezcla de vedettes y escritores se ha vuelto aún más perversa y Belén Esteban y su impresentable lenguaje (su absoluta falta de cultura) es más conocida, querida y respetada que un artista, un músico o un poeta.


Las artes plásticas ocupan cada vez menos espacio, tienen menos importancia y sus estructuras son cada vez más opacas para la sociedad. Gran parte de culpa en este distanciamiento lo tenemos los que se supone que deberíamos acercar el arte al público, con un lenguaje y unos planteamientos absurdamente crípticos, con una literatura ensimismada que no se dirige realmente a nadie ni trata finalmente de nada. Pero no menos culpa tienen esos gestores culturales, devenidos en directores de museos que alejan al más valiente de sus salas con unas programaciones aburridas y unas actitudes prepotentes, y para qué hablar de los artistas que entre lo inadecuado y lo vacío se quedan con ellos mismos y sus tarifas, sus derechos y sus economías.


Y la economía, cabalgando sobre el caballo desbocado de la crisis, hace que el mundo del arte parezca un mercado en rebajas, cuando no simplemente un mercadillo de pueblo. El coro de quejas y la letanía de los pedigüeños cierra un panorama en el que, como en la España del pelotazo y la corrupción, sólo tienen cabida los que saben tirar de amigos, “dar un braguetazo institucional”… y el arte ¿dónde queda el arte? Ya no tenemos categoría ni de bufones, somos apenas nada, y lo que seamos cada vez está mas lejos de eso que llamamos cultura.


La guinda la están poniendo, con la ayuda del poder político y de un gran parte de los artistas (esos que se supone que quieren expresarse y comunicar con la sociedad), las agencias de recaudación de los derechos de autor. Tanto la SGAE como VEGAP, fiel seguidora de su estilo recaudatorio, pueden llegar a conseguir que en unos pocos años nadie pueda ver reproducida una obra de arte. El acceso libre a la cultura no parece tener quien le defienda en una sociedad en la que hay que pagar por todo y siempre. Dentro de poco para ver la obra de los artistas habrá que ir al museo, donde sólo se verá la de los pocos artistas que llegan hasta allí. Y para ese entonces nadie sabrá ni lo que es un museo ni para lo que sirve, con lo que el negocio se habrá acabado para todos. Entonces la única imagen que conoceremos y que se podrá ver será las de las “belenes estebanes” de turno, que seguirán conectando libremente con una sociedad cada vez más analfabeta gracias a los que gestionan el mundo de la cultura.


Elina Brotherus. The Wanderer, detalle, 2004. Cortesía de la artista