Se habla continuamente de que el arte contemporáneo ha dado la espalda a la religión, a la espiritualidad, y es algo completamente falso. El Museo Guggenheim se convierte hasta noviembre en una suerte de espacio mágico, de lugar de reflexión espiritual, con la exposición retrospectiva de la obra de Bill Viola. El hombre actual tiene un nivel de espiritualidad bajo, la sociedad actual parece querer vivir al margen de la profunda humanidad del ser, pero el arte siempre ha estado ahí para salvarnos de este vacío. No sólo el trabajo de Viola sino otros muchos (por ejemplo Anish Kapoor) trabajan en una senda de búsqueda y de introspección donde los sentimientos están presentes. Pero Bill Viola se ha convertido a lo largo de los últimos cuarenta años en un especie de asceta, de monje que a través de la tecnología recupera esa parte cercana a la religión (a todas las religiones) y a la espiritualidad. Bill Viola (Nueva York, 1951) es considerado hoy en día como el artista más importante de su generación, posiblemente el más importante después de Nam June Paik dentro del desarrollo histórico del video arte, pero si bien Paik fue un pionero y estaba volcado en el aspecto físico y tecnológico del nuevo lenguaje, Viola lo utiliza como una herramienta, tal vez hoy sea la herramienta perfecta. Son tres los ejes de inflexión en la obra de Viola: la espiritualidad, la historia del arte y la tecnología. La unión de estos tres elementos alcanza la perfección en algunas de las piezas que podemos ver en esta muestra retrospectiva que escoge posiblemente lo mejor de su trayectoria, pero en la que podían haber estado otras piezas ausentes aquí de sus primeros momentos, muy interesantes por su carácter iniciático y por sus elementos conceptuales, aunque su resultado no sea tan espectacular como suele ser de un tiempo a esta parte. Pero no olvidemos que se trata de una retrospectiva y por lo tanto se procura mostrar, paradójicamente, lo más reciente, con una visión de grandeza muy a la americana. Desgraciadamente tenemos la sensación de que estamos ante una de las últimas, si no de la última, de las grandes exposiciones del artista.

De estos tres temas (espiritualidad, historia del arte y tecnología) a mí particularmente me interesa más la tecnología, pues considero que la delicadeza con la que ha adaptado esa fría y aséptica parte material de la tecnología a las artes visuales es de una maestría y de una inteligencia muy poco habitual. La utilización de varias cámaras en una misma grabación, la superposición de imágenes, los diferentes tiempos de personajes y fondos en un solo vídeo… los montajes y la edición de sus obras, alcanzan por si solos la categoría de obras maestras. Pero si a esto añadimos los otros dos elementos, dotando a esta inteligencia técnica la categoría moral de una obra dedicada a la búsqueda de explicación del sentido de la vida, a la indagación en el individuo, en definitiva al río de la vida, y además lo hace recurriendo a la historia del arte y de la belleza, el éxito sólo puede ser absoluto. Porque en esta exposición podremos demostrar que lo más nuevo no tiene por qué ser rechazado por el gran público, que la emoción del arte sigue viva hoy, en el siglo XXI, y que cualquier espectador sin importar su nivel de conocimientos, su origen ni edad, raza o sexo, se sentirá emocionado, y sobre todo “sentirá”, frente a algunas de estas proyecciones. Sentirá lo mismo que un creyente frente al altar de sus dioses, porque este altar es el altar de los hombres.

Bill Viola es sin duda un americano culto, conocedor de la historia del arte, del clasicismo de donde bebe continuamente, y esta exposición la influencia del Renacimiento y de Goya, por decir solamente dos referencias, es más que evidente. Pero también del cine experimental, aunque esta influencia no será tan obvia para el espectador. Esta influencia del arte clásico, del peso de la historia, la podemos ver no sólo en las formas y los contenidos sino en los formatos: grande para las obras épicas, pequeño, seriado y en blanco y negro, para los “bocetos y dibujos de fragmentos”, como un buen pintor religioso, como un buen pintor del Renacimiento en su taller, como Goya , Zurbarán o Ribera. El resultado es impecable, admiración, sorpresa, reconocimiento, el artista hace saltar al espectador suavemente desde la sorpresa a la aceptación, a la admiración y al recogimiento. Estamos ante un video religiosos, aunque su religión no sea ninguna sino toda a la vez. Naturalmente a todo este discurrir de sentimientos y percepciones ayuda la puesta en escena, esa profunda oscuridad por la que pasamos de sala en sala, por la iluminación perfecta de las pantallas, por esos formatos gigantescos de algunas pantallas y en contraposición por las pequeñas pantallas que de repente nos hacen replegarnos sobre nosotros. Vemos, paso a paso, desfilar lo nuevo y lo clásico. La música, esencial para toda la obra de Viola, tampoco es inocua, su importancia viene desde el origen de su formación. Sus vídeos son figurativos, aunque alguno acabe siendo totalmente abstracto, su estructura narrativa es simbólica y moralista… todo a lo que estamos habituados cuando pensamos en arte. Todo esto conlleva al incuestionable éxito ante un público que puede pasar horas en sus exposiciones, admirando la perfección de la realidad como se admira la perfección de un pintor.

La muerte, la vida, la transformación, la vejez, el paso por una vida que es solamente una fase en un camino más largo, es el tema permanente en toda su obra, pero también lo es el cuerpo, humano y los elementos en los que se forma, con que vive y se transforma: el agua, el fuego, la tierra, y el aire, pero sobre todo el agua, donde él estuvo a punto de morir ahogado en su infancia, su fluir, su idea de cobijo. Ofelia y Narciso están aquí presentes, como las vírgenes y las mujeres de la historia de la religión en el video The Meeting. La muerte de su madre y el nacimiento de un niño son el corazón de la muestra, dos videos en blanco y negro enfrentados a una distancia de apenas centímetros uno de otro conforman un bloque escultórico de una intimidad dolorosa. La muerte y la vida, el encuentro, la separación, el abandono. La obra de Bill Viola no puede más que fascinar al espectador porque simplemente esta hablando de ese espectador, de nosotros uno por uno, de las mismas cosas que a todos nosotros nos hacen pensar y reflexionar, sobre lo que rezan los que aún rezan, sobre los que otros meditan, y sobre lo que todos soñamos.

En el espléndido catálogo se llega a conocer a Viola hombre, ese hombre ya enfermo que se asoma al último tramo de su paso por este mundo, que escribe: “El nacimiento no es un comienzo, la muerte no es un final”. Bill Viola es un lector y buen conocedor del budismo, el catolicismo y otras muchas religiones, un hombre introspectivo que piensa y estudia sobre la propia condición humana, cada vez más ascético y según pasa el tiempo más volcado en la idea de tránsito. Que nos ofrece su obra como una comunión y que nos demuestra que no hay arte antiguo y arte moderno, que lo contemporáneo puede ser eterno. Que, simplemente, nos demuestra que el arte sigue siendo lo de siempre: un espejo de los problemas, los miedos y las búsquedas del ser humano.

(Bill Viola: Retrospectiva en el Museo Guggenheim, Bilbao. Desde el 30 de junio hasta el 9 de noviembre de 2017. Patrocinada por Iberdrola)