OPINIÓN

Hace mucho tiempo un artista (un importante artista extranjero, no importa su nombre) me decía que la definición de artista está excesivamente generalizada. Artista es el que pinta un cuadro, el que hace un dibujo, el que tiene una gran maestría, el que es habilidoso, desde un cocinero hasta un futbolista. Vista esta situación es fácil caer en la confusión y, dada la evolución de la historia del hombre, habría que redefinir la palabra “artista” y adjudicarla solamente a aquellos creadores que realizasen una aportación significativa, cualitativa al arte, y no a todas y cada una de las miles de personas que en todo el mundo pintan, dibujan, esculpen, con mejor o peor resultado. Pero no es tan fácil.


Tiempo después otro artista (éste un reconocido, aunque aún joven, artista español, no importa el nombre) insistía en diferenciar al artesano del artista. En calificar de artesano al que sabe hacer, al que tiene mano para hacer, al que puede repetir, con detalle, con habilidad, lo que dice ese otro que tal vez no sea tan habilidoso pero que tiene más ideas, que no copia, que no repite sino que realmente crea. Pero no es tan fácil en un panorama en el que la copia se convierte en el original y el original puede ser simplemente ignorado. Vivimos tiempos confusos que reúnen a más seguidores en torno a la estupidez que alrededor de la inteligencia. Si una anciana estúpida y ociosa “retoca” un cuadro de la iglesia (que no es suyo) destrozándolo, consigue convertirse en un puto “trending topic” y hasta el mundo del arte (a cualquier cosa se le llama mundo del arte) le ríe la gracia. No tengo muy claro qué es lo que hacemos perdiendo el tiempo intentando ser coherentes, éticos, etc. etc.


La realidad es que esa señora que se mete donde no la llama nadie también se considera una artista. Y tal vez ahí está el problema, ¿para ser artista qué hace falta? ¿Cada alumno de Bellas Artes que acaba la carrera es un artista? ¿Cada persona que ha expuesto un dibujo, pintura o fotografía en una exposición, feria, galería, concurso, etc. es un artista? ¿Quién decide quién es un artista? Es más, ¿hace falta que alguien decida quién es un artista? Y habría muchas más preguntas: ¿hacen falta los artistas?, ¿sirven para algo los artistas?, ¿hay un cupo de artistas por metro cuadrado? Hace tiempo me decía otro artista profesor en la escuela de Bellas Artes de Nueva York que cada año salen más “artistas” graduados de esa escuela que todos los artistas del Renacimiento que conocemos… y pregunto: ¿son más artistas los que salen de la escuela de Nueva York cada año o los que hacían lo que podían en el Renacimiento?


Lo cierto es que hoy en día hay muchas personas inquietas que investigan, hacen, trabajan y no consiguen ni mostrar sus trabajos ni que las galerías se interesen por su trabajo. Y no hablo de gente desconocida, sino de premiados en becas sucesivas, con exposiciones y con una obra que, si se pudiera ver, seguramente interesaría. Pero hoy por hoy no hay espacio para tantos, y las galerías están más interesadas en lo conocido que en lo desconocido… y hay tanto desconocido que da vértigo. En esta superabundancia de oferta habrá que repasar qué demanda existe. Y sobre todo habría que repensar los cauces, las estructuras de exposición y de mercado, y después, o antes de todo, habría que repensar si es arte todo lo que reluce.


Imagen: Detalle del Ecce Homo de Borja tras su “restauración”.

Hablamos continuamente de mercado, de las ferias, de las crisis que van y que vienen. Hablamos de las estructuras internas del sector, de las redes que se tejen entre unos grupos de interés y otros. Hablamos de los museos, de sus deficiencias, de los recortes en sus presupuestos. Hablamos, tal vez menos, de la crítica de arte, de los medios especializados y de la dificultad para su supervivencia. Hablamos también, cómo no, de los comisarios, esa especie de epidemia de la que forman parte jóvenes con temprana vocación, profesores de universidad tardíos, esposas de artistas, asistentes de galeristas, secretarias y asistentes de artistas, galeristas y un sinfín de meritorios que creen que ahí, en el comisariado, ahí sí que hay dinero, con lo que queda demostrado su nivel de inteligencia y su perspicacia. Pero de lo que se habla menos es de los artistas, y no me refiero a uno en particular, porque tal vez de ese sí que se hable con frecuencia.


Me refiero a los artistas como parte esencial del tejido que forma este sector de las artes visuales. Ese artista que tuvo un momento de gran esplendor en sus inicios y que hoy esta relegado en alguna facultad de Bellas Artes de cualquier rincón de España, si tuvo suerte. O ese artista que aunque haya tenido momentos gloriosos e incluso haya representado a España en bienales internacionales, incluso, sí, en la de Venecia, por qué no, hoy nadie se acuerda de él. Esos otros que no pueden exponer porque ninguna galería les concede un momento de atención. Artistas buenos, excelentes, mediocres e incluso pésimos, da igual, porque en ese olvido no influye necesariamente la calidad de sus trabajos ni el interés de sus propuestas. Incluso aquellos que se han mantenido fieles a sus principios, coherentes consigo mismos, esos tampoco han conseguido mantenerse en la memoria de casi nadie en apenas unos años.


Hace unos pocos años publicamos un libro, 100 artistas españoles confeccionado con las listas realizadas por los críticos de arte españoles más importantes del momento. Entre sus propuestas las repeticiones de los mismos nombres que hoy suenan en todas las bocas era algo general, escasos los nombres de artistas fuera de las grandes galerías y de las tendencias que hoy están de moda, increíbles las ausencias de nombres de artistas que fueron más que importantes en la década anterior, de artistas que cuando exponen no sólo venden todo lo colgado sino que aparecen en la prensa sistemáticamente. Todos eran olvidados, pero no por un crítico con mala memoria, sino por todos los críticos que realmente ejercen en la prensa española. Olvidados.


Ellos siguen trabajando, algunos exponen fuera de España de una manera casi oculta, nadie se molesta en mencionarlos aunque lleguen notas de prensa con sus nombres. Otros se dedican a pintar en silencio en sus talleres, intentando olvidarse de ese olvido, intentando pensar que lo único realmente importante es el placer o el dolor que ellos sienten cuando trabajan. Pero estoy segura de que todos ellos viven como una injusticia ese olvido de su trabajo, no ya de sus personas.


¿Cuántos artistas de los hoy olvidados y arrinconados tendremos que recuperar en el futuro cuando ya para ellos no tenga ninguna importancia? ¿Cuántos artistas que hoy parecen geniales serán solamente polvo de estrellas y en menos de lo que os de tiempo a pensarlo habrán sido ya olvidados, amontonados sobre el olvido infinito en el que están sepultados tantos artistas españoles de calidad, de interés y que realmente hacen un trabajo personal y significativo? La respuesta tal vez la tengan algunos de los que hoy, inexplicablemente, ocupan el espacio que en ley de justicia y calidad no les corresponde. Los críticos de memoria débil y conocimientos volubles. Tal vez la respuesta no la tenga nadie porque todos callamos y miramos para otro lado, generalmente al extranjero.


Imagen: David Teniers el Joven. Detalle de El mono pintor
Museo del Prado.