OPINIÓN

Venía pensando desde hace unos días en escribir algo serio, algo trascendente. Porque vivimos momentos complicados, momentos en los que parece que tengamos que decidir algo esencial para nuestro futuro… pero poco a poco esa idea se ha ido desvaneciendo. La política es cada vez algo más lejano de cada uno de nosotros. Cada cierto tiempo se nos reclama para votar, para contabilizar taquilla como se hace en los museos públicos a la hora de los presupuestos. Pero en todos los años que hay entre votación y votación a nadie le preocupa qué pasa con nosotros, los visitantes, la audiencia, el público, los ciudadanos. En ese tiempo nadie quiere saber si preferimos el arte conceptual o la figuración, si queremos tecnócratas o poetas, realmente no les importamos nada o casi nada durante todo ese tiempo en el que no se nos reclama para que seamos correctos y votemos, como no les importamos nada mientras estemos callados. A nadie.

Recuerdo series de televisión –casi todas norteamericanas–, que dejan evidente esta realidad de que los políticos no nos tienen en cuenta casi para nada y que una vez elegidos ya ni te cuento. Sin embargo eso no parece afectarnos, es decir, eso no afecta a esa masa de votantes que engrosan los porcentajes de unas estadísticas, de unas quinielas políticas cada vez más chapuceras. Como no les importa a los representantes de la cultura que haya que recurrir a Dalí o a Picasso, incluso al Pop para que las cifras cuadren a final de año y los presupuestos nos sean beneficiosos, amen. Así que en una sociedad a la que la política le importa menos que quién gane la liga, sinceramente, no encuentro mucha inspiración para hablar del arte político. Porque, ¿qué es realmente el arte político? Yo, que soy una antigua, he crecido creyendo firmemente que todo es política, que cada gesto, cada acción que realizamos es finalmente un acto político. Siempre he creído que las personas de a pie, es decir todos, somos agentes políticos no sólo por el voto, sino por nuestros actos y nuestras opiniones que, de alguna manera, se transforman en el voto pero no sólo ni únicamente en el voto. Por lo tanto, el arte es necesariamente político, y más aún, los artistas son seres políticos. Pero nunca oímos a un artista plástico hablar de política (en todo caso a los mayores, los que tienen más de 70 años, esos que últimamente ganan los premios nacionales y Velázquez), ni se les pregunta en los medios de comunicación como se les pregunta a los actores de teatro o de cine; a los escritores, no. Los artistas plásticos ya tienen bastante con hacer arte político, para que van a perder el tiempo haciendo política. Excepto Ai Wei Wei, claro, que ha conseguido que su obra más conocida sean sus declaraciones en twiter y youtube y que se ha erigido en el artista político del momento, lo cual me quita ya todas las ganas de hablar de política. Hace tiempo, un gran fotógrafo me dijo- casi disculpándose- que él no hacía arte político, que su obra era muy formalista, bella incluso, pero que el sí era un hombre activamente político y que donaba el 25% de todo lo que ganaba con su obra a una ONG dedicada a la vista (que trabajaba en países sin medios curando, operando y tratando las enfermedades que afectaban a la visión), que esa era su aportación personal a través de su obra a la mejora de la sociedad. Sin palabras, sin selfies, sin gestos excesivos, simplemente actuando. Como animal político también vota, se manifiesta, discute y protesta…. Porque no sólo de arte político vive el arte ni la política.

En un momento en el que lo “políticamente correcto” nos ha limado los colmillos y las garras hasta convertirnos en dóciles corderos, y que un mal chiste de juventud puede arruinar tu futuro profesional, cuando los universitarios censuran cualquier mala palabra, cualquier actitud combativa o distinta realmente, cuando la diferencia ya es monotonía, realmente no veo por qué hablar de un arte políticamente domado, correcto hasta la incorrección. Si el arte contemporáneo le importa a un porcentaje mínimo de la sociedad, la parte de arte político que ocupa una mínima parte de ese ínfimo porcentaje le interesa a tan pocos –además de a los que lo hacen, lo difunden, lo comercializan y lo exponen– que no sé si habrá alguno que me lea. Además, suele ser un arte de poca calidad y políticamente demasiado correcto para mi gusto. Prefiero pensar en que la próxima semana volveré para escribirles, siguiendo a Peter Handke, que la invención y la ficción son la única verdad.